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100 años del Trabajo Social Chileno (1925-2025): Problemas y desafíos pendientes bajo el neoliberalismo. Por Paula Vidal Molina[1]

Este comentario lo escribí bajo sentimientos de indignación y profunda preocupación por los problemas de nuestro tiempo, las muertes de miles de infancias y familias Palestinas en Gaza, las violencias, los conflictos bélicos, las desigualdades y opresiones crónicas, como también la fragilidad incluso de la democracia liberal que tenemos.

Para comprender por qué hoy, en pleno siglo XXI, resurgen con tanta fuerza discursos autoritarios y antidemocráticos, es necesario mirar hacia atrás. La historia del Trabajo Social, desde su nacimiento en 1925, nos muestra cómo las transformaciones del capitalismo y del Estado han marcado también la profesión. Es en este recorrido donde podemos entender cómo se fue gestando el neoliberalismo que hoy condiciona nuestras democracias y nuestra práctica profesional.

Sabemos que se está celebrando el centenario del TS en varias universidades de la región, y que oficialmente, entre el 13 y 15 de octubre, nos encontraremos en el XXIV Seminario Latinoamericano en Santiago de Chile, organizado por la Asociación Latinoamericana de Enseñanza e Investigación de Trabajo Social, ahí nos juntaremos a nivel de la región para hacer memoria y comprender el presente e identificar los desafíos que tenemos como profesión y disciplina frente a nuestras sociedades en el presente y futuro.

Cuando hablamos de un siglo del TS en América Latina, hacemos referencia a la “Escuela de Servicio Social de la Junta Nacional de Beneficencia”, más tarde llamada, Escuela Dr. Alejandro del Río, y que marcó el nacimiento del Trabajo Social chileno y latinoamericano el 4 de mayo de 1925. Esta fue la escuela que, posteriormente, a fines de la década de 1960 y el comienzo de 1970 se integró o fusionó con la escuela Dr. Lucio Córdova de la Universidad de Chile (fundada en 1940, durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda).

Como lo han planteado Marilda Iamamoto y José Paulo Netto, adhiero a la idea de que la génesis de la profesión es producto de una composición compleja entre orden monopólica del capital, la “cuestión social” (sus refracciones) y la reorganización de los estados nacionales Donde la cuestión social expresa el conflicto de clase o la contradicción fundamental entre capital y trabajo[2] y que se ha manifestado como el pauperismo, condiciones laborales precarias, las desigualdades extremas, los problemas de vivienda, de salud y educación, entre tantos otros. Sin embargo, sabemos que estas manifestaciones expresaron el estatus de “cuestión social” en la medida en que la clase trabajadora apareció en lo público tornándose un sujeto socio-político en el marco de la sociedad burguesa, exigiendo que el Estado, más allá de la represión y la caridad, interviniera en estas manifestaciones.

La particularidad del caso chileno es que en 1860 comenzó el proceso de transición del modo de producción colonial hacia el modo de producción capitalista de la mano de un incipiente proceso industrializador, que hizo que se acelerase la migración campesina y de peones desde el campo a la ciudad y hacia las zonas mineras, en busca de mejores condiciones de vida y de trabajo. El desarrollo del capitalismo configuró la burguesía industrial y el movimiento obrero conformado por mujeres, hombres y niños populares, campesinos, peones, que se proletarizaron en la medida en que solo podían vender su fuerza de trabajo.

Desde 1880 se consolidó una economía basada en la exportación de salitre y consagró la propiedad extranjera –inglesa- de los yacimientos- esto redefinió la organización obrera, las formas de protesta y sus objetivos reivindicativos. A principios del siglo XX, apareció la huelga obrera moderna, como forma de protesta que se propuso arrancar conquistas a la patronal, y emergió el sindicalismo en el espacio público, como una organización de la lucha de clases, con orientación anarquista y socialista.

Entonces, en medio de las secuelas de la cuestión social, y ante la organización y combatividad de la clase trabajadora y su progresiva tensión con la clase dominante, el Estado se comprometió a la regulación de algunos derechos laborales, lo cual fue materializando un tipo de sociedad con un rol del Estado, que se fue extendiendo en el siglo XX hasta el golpe civil militar de 1973. En ese marco, y de la mano de la salud pública, se fueron generando las condiciones para la emergencia de la profesión, a partir de la incorporación de los derechos sociales en la Constitución de 1925.

La demanda por la fundación de la primera escuela laica de formación de las entonces denominadas Visitadoras Sociales / Asistentes Sociales/Trabajadores Sociales y, consecutivamente, de la institucionalización de la profesión en el Ministerio de Higiene, Asistencia y Previsión, surgió a partir de la demanda estatal de educación familiar y sanitaria, complementaria al trabajo médico-social, en tanto que la higiene personal y las condiciones habitacionales eran entendidas como condicionantes elementales de la salud, lo que inauguró la institucionalización del entonces Servicio Social al nivel de las profesiones y de la división social y técnica del trabajo.

Como dice Netto, la profesionalización del Trabajo Social no ocurrió como evolución de la ayuda o la organización de la caridad, sino relacionada con la dinámica de la organización capitalista.

Es en este marco donde se consolidó la constitución –en 1929- de la segunda escuela chilena de formación de visitadoras sociales, la escuela Elvira Matte de Cruchaga, vinculada a la Universidad Católica, cuya formación espiritual de sus alumnas, se vió favorecida por el establecimiento de la sede de la Unión Católica Internacional de Servicio Social (UCISS) en Chile, y que fue fundamental para la difusión de la profesión en toda la región latinoamericana, inspirada en la escuela católica chilena.

Durante la década de 1950, a partir del asesoramiento de las comisiones técnicas de la ONU en las escuelas, pero también con la instalación de gobiernos desarrollistas en la región y el papel adquirido por los Estados Unidos en su relación con América Latina, se promovió la formación de profesionales del Trabajo Social en su versión norteamericana, con un fuerte impulso a la planificación, el desarrollo de comunidades y la formación de equipos técnicos y profesionales.

Existe consenso en la literatura, que el Movimiento de Reconceptualización, ocurrido a partir de la articulación profesional latinoamericana, se constituyó en un amplio movimiento de crítica al Servicio Social tradicional reducido a la dimensión asistencial, paternalista y metodologista y canalizó esfuerzos para (re)pensar la profesión en el ámbito de las transformaciones de la sociedad concreta latinoamericana, por tanto, se articuló orgánicamente a las tendencias críticas que surgieron dentro de las ciencias sociales y los movimientos estudiantiles y sindicales.

De modo particular en Chile, el Movimiento reconceptualizador sintonizó con la movilización de la clase trabajadora y los pobladores en el gobierno de Salvador Allende y de la Unidad Popular, como también, desde 1966, con la Reforma Universitaria que cuestionaba el rol de la universidad pública en la sociedad. Cuestión no menos importante para la formación del TS, ya que para el año 1967 existían en Chile solo 11 escuelas de Servicio Social, de las cuales 7 eran sedes pertenecientes a la Universidad de Chile y las otras eran principalmente privadas.[3]

El diagnóstico que tenía Allende y la Unidad Popular, sobre Chile, era que desde 1950, la economía chilena era monopólica, dependiente, oligárquica y capitalista, y que, por un lado, la dependencia se observaba en la naturaleza monoexportadora de su economía, por otro lado, la desigualdad del ingreso y la riqueza, se encontraban estancadas, ya que los frutos del desarrollo económico se concentraban en una pequeña elite.

La “vía chilena al socialismo”, propuesta por Salvador Allende permitió abrir un proceso de inserción de estudiantes y profesionales “reconceptualizados” en los territorios, en los sectores populares que, en muchos casos se nutrieron de las fuentes teórico-ideológica de la época como, Paulo Freire, los teóricos de la dependencia y las lecturas de Marx y Engels, que se daban mediadas, ya sea, por la creciente vinculación de estos con la militancia en los partidos de la izquierda chilena, como el Partido Comunista Chileno, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Partido Socialista (Vidal, 2016).

El golpe civil militar de 1973, primero, terminó con la vida de Allende y miles de chilenos, de los cuales 18 trabajadores sociales (entre estudiantes y profesionales), donde tenemos 12 detenidos desaparecidos y 6 ejecutados políticos. En segundo lugar, el golpe terminó la vía chilena al socialismo como primera e inédita experiencia mundial de construir el socialismo por una vía institucional dentro de la sociedad burguesa, y en tercer lugar, instituyó no solo una de las dictaduras más sangrienta y duraderas, con una extensión de 17 años, sino el modelo económico y social que cambiaría de raíz las condiciones de vida y de trabajo en Chile, el neoliberalismo, que hasta hoy organiza la sociedad e impacta a nuestra profesión.

Pero, ¿Qué es el neoliberalismo?, es la expresión que se emplea para designar una escuela de pensamiento que se originó en la Sociedad Mont-Pelerin, fundada, en 1947, en Suiza como iniciativa de Hayek, y que poseen una visión de sociedad, con una teoría económica y un proyecto político-social que se basa en las ideas de la escuela austriaca de economía cuyos principales exponentes son Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, y en los aportes del economista Milton Friedman, líder de la escuela de Chicago y que también formó a los chicago boys chilenos, primeros economistas que tradujeron su modelo en el documento “El Ladrillo” (1973), que se transformó en el plan económico aplicado por la dictadura militar de Pinochet, desde 1975. Recordemos que tanto Hayek como Friedman visitaron Chile en 1975, 1977 y 1981 validando públicamente el “experimento chileno”.

A pesar de algunas diferencias internas entre las obras de estos, defienden los pilares de la libertad individual negativa y al individuo, al mercado, el respeto de la propiedad y los contratos, la desigualdad natural de los hombres y mujeres, rechazan la economía planificada centralmente, porque consideran que el mercado se autoregula. Un concepto central para el Trabajo Social como es el de justicia social, para Hayek es un atavismo tribal.

Ahora bien, existe una montaña de literatura al respecto que aborda diversos ámbitos y niveles del neoliberalismo, algunos concentrados en los problemas de la subjetivación neoliberal, o los rasgos de una racionalidad que permea todas las esferas de la vida social, siguiendo a Dardot y Laval, otros analizan los problemas geopolíticos, económicos asociados, de elites asociados, también estudios dan cuenta de análisis de las distintas facetas de las clases capitalistas y sus formas de dominación (articulando consenso, dominación, hegemonía), los problemas de la dinámica del movimiento popular y el sujeto popular como principal actor y motor de los cambios sociales. Para Harvey, el neoliberalismo es una teoría de las prácticas político-económicas que propone que el bienestar humano puede ser mejor promovido liberándose las libertades y capacidades emprendedoras individuales en el ámbito de una estructura de instituciones caracterizada por sólidos derechos a la propiedad privada, libres mercados y libre comercio donde las intervenciones del Estado en los mercados (una vez creados) deben ser mantenidos en un nivel mínimo.

Por su parte, Claudio Katz, considera que el neoliberalismo es una modalidad contemporánea del capitalismo que pretende aumentar la tasa de explotación de los trabajadores para incrementar los beneficios de las clases dominantes, y en el caso del capitalismo latinoamericano, busca complementar ese incremento de la tasa de explotación con mayor apropiación de los recursos naturales y mayores lucros financieros heredados del endeudamiento de la región. También, menciona que ha habido 3 ciclos o períodos diferentes del neoliberalismo, por lo tanto, no ha sido siempre lo mismo.

Identifica el primer periodo como la irrupción del neoliberalismo que se inaugura en Chile con un golpe civil militar en 1973, pero que recién se comienza a implementar propiamente tal en la segunda mitad de los años 70 y que va hasta los años 80. El segundo período, lo ubican en la década de los años 90 en que se expande y construye como experiencia histórica con medidas promovidas por el FMI, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, entre otras, y que va a potenciar la expansión de grandes corporaciones transnacionales, la formación de la Banca Mundial y el proceso de mundialización del capital, condicionando fuertemente las decisiones de los gobiernos y democracias, especialmente a través del endeudamiento público con organismos financieros internacionales. Por último, el tercer momento se encuentra en la primera década del siglo XXI y que permite levantar los procesos políticos en Nuestra América críticos y alternativos al neoliberalismo.

Para Claudio Katz, el neoliberalismo emergió con una función política, contrarrevolucionaria y por eso debutó con el golpe de Pinochet en Chile contra la UP, pero sobre todo el neoliberalismo inicial buscó disolver y aplastar el periodo revolucionario y de luchas iniciado con el triunfo de la revolución cubana como un proceso liberador de la opresión imperialista estadounidense y contra los privilegios que mantenían los poderosos de América Latina a costa del sufrimiento de las mayorías populares.

Si bien, los trazos pueden verse con algún grado general de tendencias en los países, en el caso chileno, significó que el Estado ejerció represión selectiva para contener el descontento social, creó un marco institucional con centralización de los poderes en el Presidente, mediante la instauración de una nueva Constitución, se legitimó el Mercado y Crecimiento Económico como vías para alcanzar el Desarrollo. En el Estado se impuso: la idea de que este debía abstenerse de desempeñar toda actividad que pueden realizar los agentes privados, que solo debe garantizar la ley y orden, al mismo tiempo se impuso el principio de no discriminación que impedía que el estado implementara una política para favorecer un grupo de la sociedad por criterios sociales, también se impuso la Tecnificación de las decisiones públicas para separar la política de la gestión del Estado en lo económico (técnico es neutral) y la Modernización del Estado (achicamiento, desburocratización, eficiente). En lo económico, se impuso la entrada de capitales extranjeros al país (ej. bancos extranjeros) y su repatriación o salida de dólares masiva sin restricciones. También se impuso la Privatización de empresas del Estado que se habían estatizado con la Unidad Popular.

También se disminuyó el financiamiento del Estado, especialmente la inversión social, amparados en la Constitución de 1980 (que dura hasta hoy) se realizaron Reformas estructurales que afectaron los Derechos Sociales y la idea de universalidad de las políticas sociales, transformándolas, por un lado, el políticas ultra focalizadas en la extrema pobreza, bajo el supuesto de que los beneficios del libre mercado “chorreaban” a toda la sociedad, y por otro lado, los derechos sociales pasaron a concebirse como un servicio en el ámbito de las políticas de salud, educación, en las pensiones de jubilación y, especialmente, en el ámbito laboral se flexibilizó el mercado del trabajo y se debilitó el sindicalismo, persiguiendo a los dirigentes sindicales, pero con la legislación laboral de 1979, se reorganizó completamente el mundo del trabajo, destruyendo el poder sindical y de clase como se logró construir en Chile en el Siglo XX, porque –a diferencias del que alcanzó a existir durante la UP- estableció un sindicalismo fragmentado y de empresa, limitando la negociación colectiva a nivel micro, restringiendo la huelga a situaciones muy acotadas, debilitando la organización y el poder sindical y precarizando las condiciones laborales de la clase trabajadora en su conjunto, que generan formas de la cuestión social hoy.

Rápidamente podemos decir que el ejercicio profesional está cruzado por condiciones laborales y por la introducción de la tecnología en las políticas sociales. Por un lado, tenemos condiciones laborales precarizantes, tendencias que visibilizamos desde la primera década del siglo XXI, con contratos sin estabilidad laboral, bajos salarios, alta rotación, pluriempleabilidad, alto riesgo de mecanización de la intervención que se unen a las tendencias que existen hoy en América Latina, según los estudios que se vienen haciendo desde hace varios años en ejemplo, en Argentina, Brasil, México, Uruguay o Colombia. Por otro lado, tenemos las transformaciones del mundo del trabajo a raíz del uso de las tecnologías digitales (como la banda ancha y las comunicaciones inalámbricas, el internet de las cosas, la impresión tri-dimensional, y las diferentes variantes de inteligencia artificial) que representa un punto de inflexión en términos de impacto en el mercado laboral y que se ha extendido y profundizado en el espacio laboral desde la pandemia, lo cual genera nuevos desafíos a la profesión, porque estos cambios se instalan bajo el neoliberalismo, en una institucionalidad y unas políticas sociales de bajo financiamiento, que mantienen y reproducen la precarización de las relaciones y vínculos de trabajo que terminan condicionando la calidad y autonomía del trabajo realizado por el profesional.

Asimismo, con la incorporación del desarrollo tecnológico y digital de la información, la operacionalización de las políticas sociales, en la mayoría definidas desde el nivel central o desde arriba, pasan a transformarse en un sistema con acciones técnicas y de control de los procesos de trabajo, amparados bajo la idea de mayor eficiencia y eficacia, que se impone como una racionalidad que imprime una nueva configuración al trabajo profesional y a la oferta de estos servicios. En estas condiciones de automatización de procesos, rápidamente puede reemplazar el trabajo profesional por un técnico bien adiestrado, es decir, al o la profesional cualificada y su comprensión teórica, crítica y técnica sobre las demandas del usuario.

En este escenario, de transformaciones producto del neoliberalismo y la introducción de las Tecnologías (TIC) y la IA, estamos desafiados, no solo para evitar la pérdida de puestos de trabajo, de nuestra autonomía profesional ante la racionalidad que se impone mediante el sistema tecnológico en los espacios de Trabajo, también para evitar la ampliación de los procesos de precarización, a partir de la intensificación del trabajo o la invisibilización del Trabajo Social, la fragmentación del colectivo profesional en los espacios laborales o los impactos en la situación de salud de los y las trabajadoras, con consecuencias concretas en la fragilización de la organización colectiva y de las luchas, pero también en las barreras de acceso a la población a las políticas sociales.

Pero, a partir de estas transformaciones también es importante marcar que la tecnología puede servir para procesos de colectivización de la información y para unir las luchas de diversas asociaciones de trabajadores de todas las instituciones y de sindicatos, porque es en este terreno de combate que se va a configurar la incorporación de tecnología e inteligencia artificial.

Entones, a 100 años del nacimiento del Trabajo Social en nuestro país, y en América Latina, el desafío que tenemos es enorme porque estamos frente a la crisis estructural del capital y a la gravedad y el recrudecimiento de las expresiones de la cuestión social bajo el neoliberalismo, que son urgentes de enfrentar, y esto nos llama a evaluar las perspectivas críticas, sus alcances y límites frente a este momento histórico.

Desde mi punto de vista, la perspectiva histórico crítica es superadora de otras porque se plantea que la actuación profesional, posee una dirección teórico-metodológico, técnico-operativo y ético-político, donde el proyecto de profesión se articula a un proyecto de sociedad, que está vinculado al actuar junto a la clase trabajadora y los movimientos sociales en la superación de las relaciones sociales establecidas por el modo de producción capitalista. Por lo tanto, los procesos de transformación social que tiene en el horizonte se articulan al proyecto intelectual de Marx que es guiado por la visión futura de una sociedad emancipada.

Bibliografía:

Vidal, Paula (2016). Conservación y Renovación del Trabajo Social Chileno. 1960-1973. La escuela Dr. Lucio Córdova. En Vidal, P. Trabajo Social en Chile. Un Siglo de Trayectoria. Ril ediciones. Santiago. Chile.


[1] Prof. Asociada del Depto. de Trabajo Social, Universidad de Chile. Dra. en Trabajo Social, Universidade Federal de Río de Janeiro, Postdoctora en Estudios Latinoamericanos (Trandes, Freie Universität Berlin, Alemania), Doctoranda en Historia, Universidad de La Plata, Argentina. Expresidenta de la Asociación de Académicas y Académicos de la Universidad de Chile y exintegrante del Directorio Ejecutivo del Colegio de Trabajadoras y Trabajadores Sociales de Chile, Investigadora Fondecyt.

[2] Esta contradicción hace que el trabajo sea cada vez más social o realizado colectivamente y la apropiación de su producto o plusvalía sea realizada por una minoría capitalista

[3] Como la escuela Elvira Matte (de la Pontificia Universidad Católica de Chile en Santiago), la escuela de Servicio Social de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (fundada en 1956), la escuela de Servicio Social de la Universidad de Concepción y la escuela “Dr. Alejandro del Río” (dependiente de lo que hoy conocemos como Ministerio de Salud) que fue fusionada en 1969 con la escuela “Dr. Lucio Córdova” de la Universidad de Chile (Vidal, 2016).

 

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