Hace mucho tiempo que no sabíamos de un 11 de septiembre tan pálido, tan desnudo de memoria, tan intensamente chato y desfigurado en su necesidad histórica de recordar; tan flácido y “fuera de sí”; ahí donde lo que ha ocupado el espacio –quizás todo el espacio– son relatos que progresivamente han ido construyendo una suerte de nueva “matriz sociopolítica” (un gran concepto de Manuel Antonio Garretón); un imaginario sociológico transversal en el cual priman los discursos nacionalistas, del odio y securitarios: una matriz “nacional-odio-securitaria”, diremos.
Justamente, en una conversación con Manuel Antonio Garretón hace algún tiempo, éste soltó una frase que no pude olvidar; una de esas que quedan impresas en algún lugar, no se sabe muy bien dónde, pero se arraigan y pueden cambiar la forma de experimentar el paso por el mundo si es que se les toma en serio; si es que se hace el intento por adherirlas a la existencia no solo cotidiana de cada uno, sino que, igual, extendiéndola a los demás como un testimonio sin firma o una herencia sin destinatario. Una que debe ser corrompida, es decir, legarla de otro modo, no traspasarla como un simple recado inalterable, sino como algo que va de mano en mano y deviene polisémica. Porque “Nadie tiene derecho de propiedad sobre la herencia”, dirá Derrida.
En este sentido es que la cuestión va de un legado que no es de nadie y entonces es de todos, porque tiene que ver con el mundo, con la vida y la muerte; con la historia y la tragedia personal, tal vez; de eso absoluto que llamaremos “ser” y que fue degradado por la agencia de una barbarie (11/09/1973). Sin embargo y de igual manera, con la catástrofe de un país que después 52 años no ha podido habilitarse de cara a la brutalidad y la enajenación y que, aún más, ha visto cómo renacen sin mayores complejos las prédicas del odio, del negacionismo o de la alabanza al crimen; lugares de enunciación desde los que se hace posible decir aberraciones que perforan la dignidad y consciencia de un pueblo. Por ejemplo: “en este tramo de tiempo (73-74) sí se justificaba el asesinato, la tortura y la desaparición, pero después no…” (E. Matthei), o que “(…) de darse las condiciones, se apoyaría nuevamente una sublevación de las FFAA y la consolidación de un nuevo Golpe” (J. Kaiser).
Hablamos de un país que justo en este momento de su historia ha tenido que resentir el ascenso de las derechas ultra que son el eco de lo que pasa en gran parte del planeta, pero que curiosamente en Chile tomó más de un rostro. Sin embargo, y en su fuero tan íntimo como público, comparten un mismo ethos, una misma forma de entender “el 11” como un quiebre institucional –organizado y racionalmente planificado– legítimo y urgente; que llegaba casi como consecuencia histórica “obvia” a la luz del lastre de caos y destrucción que habría acarreado la Unidad Popular en los mil días que, literalmente, le permitieron gobernar.
¿Pensamos alguna vez que después de 25 años del regreso a la democracia (por más notarial y travestida que haya sido, como lo sostenía Tomás Moulian) los discursos pro Pinochet, es decir, pro exterminio, saldrían de ese armario histórico, sin complejos, a gritar en todos los puntos cardinales lo que tuvieron que callar por décadas? ¿en qué instante el supuesto “consenso” respecto del “nunca más” –que “nunca fue”– volvió a ser consumido por las arengas y el orgullo de llamarse pinochetista? ¿sabemos realmente el riesgo que corremos de cara a un gobierno de ultraderecha?
Nada de esto es paranoia, Kast es un miembro importante de uno de los grupos de extrema derecha mundiales que reúne a partidos ultraconservadores y que se hace llamar Political Network for Value (“Red Política por los Valores”), cuyo objetivo es influir –articulando un entramado global con países de Europa, Norteamérica y Sudamérica– promoviendo cuestiones como la familia tradicional, la xenofobia, el rechazo a las disidencias sexo-genéricas, a los derechos reproductivos de las mujeres favoreciendo, a su vez, la intervención en el currículos escolares (fuera la “ideología de género”), y en las universidades cortando fondos para la investigación en Humanidades y las Ciencias Sociales, tal como Milei, Trump, Erdoğan y Meloni lo han hecho en sus respectivos países, en fin; todo un tinglado de pulsiones segregacionistas que apuntan a descocer y liberar un imaginario de la tachadura, de la borradura de las diferencias y de lo alter-nativo.
Entonces la tragedia.
La palabra "tragedia" se asocia a los rituales griegos en los que se cantaba y se sacrificaba un chivo en honor a Dionisio (mucho antes de ser usada como género literario y teatral). Y desde aquí nos preguntamos: ¿cantaremos nosotros a modo de un coro trágico la llegada de un nuevo César? ¿seremos el laboratorio de un Dionisio despótico que no se detendrá al momento de dar curso a las políticas del odio fundadas, a su vez, en la anarquía de la crueldad? ¿invocaremos desde el voto y nuestro ejercicio “ciudadano” a un novel prototipo de régimen donde el pensamiento disidente sea sistemáticamente asediado y la rebeldía castigada?
Ya es casi 11 de septiembre y nada parece indicar que será una fecha importante, salvo para los familiares de detenidos desaparecidos, los sobrevivientes y, por su parte, para los fanáticos que asumen la fecha como una efeméride que no se “conmemora” (“reunión de diferentes memorias”) sino que se celebra como si fuera una segunda independencia de Chile; para estos “el 11” es una fiesta, para los primeros: el día de los muertos.
La frase que Manuel Antonio Garretón me dijo aquella vez fue que “(…) en la vida, ser valiente o ser cobarde es algo que no podemos elegir”. Con el tiempo fui entendiendo más el sentido de esta suerte de aforismo que venía del amigo/maestro. Durante lo que duró la dictadura muchas veces no hubo opciones, no se pudo ser todo lo valiente que, tal vez, se quiso, mas eso no fue cobardía, fue, en sencillo, no tener opciones.
Hoy las tenemos, podemos evitar la brutalidad no pensando en que seremos cobardes o valientes, sino en el país que pretendemos heredar a los que nos continuarán y que no querrán habitar en el páramo del miedo y en la definitiva ausencia de opciones ¿Cuál es el país que queremos dejar si asumimos que nuestras decisiones de hoy serán caja de resonancia en futuro cercano y más allá? ¿hemos asumido o ponderado esta enorme responsabilidad?
Lo que se juega en esta historia es la historia misma.
Javier Agüero Águila
Dr. en Filosofía
Profesor Universidad de los Lagos
