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El suicidio a través del ALCA

El suicidio a través del ALCA

Julio de 2002

Por Carlos Gabetta

Los políticos, al menos la mayoría de los latinoamericanos, no hacen previsiones ni tienen memoria; como ciertos animales, viven en el presente absoluto. Este artículo se escribe una semana antes de la visita del presidente mexicano Vicente Fox a Argentina para reunirse con sus pares sudamericanos y es razonable imaginar -aunque con ellos nunca se sabe- que la gravedad de la crisis que golpea a sus países debería impulsarlos a quebrar esa regla de supervivencia para evocar los resultados concretos obtenidos hasta ahora por México en el Tratado de Libre Comercio (TLC), acordado el 12-8-1992 con Canadá y Estados Unidos.

 

Sería pertinente, porque el TLC es el puntapié inicial, el modelo, del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) propiciada por Estados Unidos: un simple pacto de desregulación comercial entre la mayor potencia económica, financiera, cultural, mediática, científica, tecnológica y militar mundial y un conjunto de países que, con variantes y a excepción de Canadá, hacen a su lado figura de desharrapados. Baste decir que el PBI de Estados Unidos es superior al del conjunto de sus eventuales socios americanos.

 

Los defensores del TLC dicen que las exportaciones y las inversiones aumentaron espectacularmente, al tiempo que minimizan los datos negativos con el argumento, tan clásico como carente de demostración, de que es preciso "profundizar las reformas estructurales". Se trata del tipo de conclusión situada precisamente en la relatividad del presente absoluto en que se mueven los políticos y sus economistas. Porque ¿cuál es la experiencia concreta de México en el TLC? Del mismo modo que la Argentina de Carlos Menem y otros países que, aún sin TLC, liberalizaron y privatizaron a tontas y a locas y corrupción mediante sus economías, las balanzas comercial y de cuentas corrientes de México arrojan saldos negativos serios; en 1995 el país sufrió una grave crisis financiera (el "saneamiento" bancario costó 75.000 millones de dólares y se ha convertido en deuda pública) (1) y la brecha entre ricos y pobres ha aumentado (2). "La economía nacional, excesivamente dependiente de la norteamericana, a cuyos mercados exporta el 90% de sus mercancías, apenas crecerá este año 1,5%; la pobreza todavía castiga al 50% de los 100 millones de mexicanos; los delincuentes operan con una impunidad alarmante; la corrupción, muy antigua, parece imbatible" (3). Las dificultades de México son tan grandes que su ministro de Hacienda, Francisco Gil Díaz, advirtió que su país podría afrontar una crisis similar a la de Argentina. Vale la pena reproducir lo que dijo después de reseñar los problemas presupuestarios y financieros y todo lo privatizado en estos años: "en algún momento no vamos a tener qué vender y ese momento está muy cercano" (4).

 

"Los verdaderos problemas de México, la salud, la educación, la vivienda y la inseguridad, continúan imbatibles, pese al triunfalismo de algunos anuncios" (5). ¿Se solucionarán dentro del TLC? ¿Será verdad que profundizando las reformas neoliberales caerán las prometidas brevas? Cuando el Congreso estadounidense aprobó el TLC en 1993, los sindicatos advirtieron que costaría miles de empleos en Estados Unidos (sin contar los efectos ambientales y la disminución de controles de calidad), ya que muchas empresas se trasladarían a México atraídas por las enormes diferencias salariales. Y así fue: el TLC legalizó y aceleró un proceso comenzado en 1970. De 120 empresas instaladas en la frontera, se pasó a más de 3.700 en 2000 y en ese período el salario creció de 100 dólares semanales a 200. Pero desde hace dos años más de 500 empresas se han trasladado abruptamente a China y Vietnam, donde el salario es de 0,25 dólares la hora, contra 3 en México. Más de 250.000 trabajadores se han quedado sin (...)

Artículo completo: 1 945 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de julio 2002
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