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Mentiras de Estado

Julio de 2003

Editorial de Ignacio Ramonet

Director de Le Monde diplomatique, Francia.

Simulación y engaño siempre fueron armas para vencer en una guerra. Ahora, en cambio, se apela a ellas para provocarla. Y para presentarla al mundo. Las revelaciones respecto de la conducta del presidente George W. Bush -acompañado sin chistar por Anthony Blair y José María Aznar- indican una novedad aun en el nutrido historial de patrañas de EE.UU. en circunstancias análogas. Difundidas a escala planetaria por los medios masivos de comunicación y repetidas por intelectuales, analistas y gobernantes, esas falacias para inducir y justificar la invasión a Irak constituyen una herida severa a la democracia y al derecho humano a la información en todo el mundo.

"Antes que proferir una inexactitud, prefiero morir".

George Washington

Es la vieja historia del ladrón que grita: "¡Atrapen al ladrón!". ¿Cómo era que había titulado George W. Bush el célebre informe de acusación contra Saddam Hussein que presentó el 12 de septiembre de 2002 ante el Consejo de Seguridad de la ONU?: "Una década de mentiras y desafíos". Sin embargo, era esa lista de "pruebas" presentadas por Bush la que constituía un rosario de mentiras. Irak -decía Bush en síntesis- mantiene estrechas relaciones con la red terrorista de Al-Qaeda y amenaza la seguridad de Estados Unidos, pues posee "armas de destrucción masiva" (ADM), expresión terrorífica fabricada por sus asesores en comunicación.

Tres meses después de la victoria de las fuerzas estadounidenses (y de sus colaboradores británicos) en la Mesopotamia asiática, sabemos que esas afirmaciones, cuya veracidad habíamos puesto en duda oportunamente (1), eran falsas. Resulta cada vez más evidente que Washington manipuló las informaciones sobre las ADM. El equipo de 1.400 inspectores del Iraq Survey Group que dirige el general Dayton sigue sin hallar la más mínima prueba. Y actualmente comienza a verse que, en el instante mismo en que Bush profería tales acusaciones, ya había recibido informes de los servicios de inteligencia probando que todo eso era falso (2). Según Jane Harman, representante demócrata por California, estaríamos en presencia de "la mayor maniobra de tergiversación de todos los tiempos" (3). Por primera vez en su historia, Estados Unidos se interroga sobre las verdaderas razones de una guerra cuando el conflicto ya terminó...

 

En esa gigantesca manipulación desempeñó un rol central una dependencia secreta del Pentágono llamada Oficina de planes especiales (Office of Special Plans, OSP). Según reveló Seymour M. Hersh en un artículo publicado por la revista The New Yorker el 6-5-03 (4), la OSP fue creada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 por Paul Wolfowitz, número dos del Departamento de Defensa. Dirigida por un halcón convencido, Abram Shulsky, esa oficina tiene la misión de analizar los datos recogidos por las diferentes agencias de informaciones (CIA, DIA, NSA) para sintetizarlos y someterlos al gobierno. Dando crédito a testimonios de exiliados cercanos al Congreso Nacional Iraquí (organización financiada por el Pentágono) y de su presidente, el muy cuestionable Ahmed Chalabi (ver páginas 30-31), la OSP habría exagerado en gran medida la amenaza de armas de destrucción masiva y también las vinculaciones de Saddam Hussein con Al-Qaeda.

 

Escandalizado por las manipulaciones, un grupo anónimo de ex especialistas de la CIA y del Departamento de Estado -que se expresaba en nombre de Veteran Intelligence Professionals for Sanity- afirmó el 29 de mayo, en un memorándum dirigido al presidente Bush, que en el pasado ciertas informaciones habían "sido falsificadas por motivos políticos, pero nunca de una manera tan sistemática para engañar a nuestros representantes electos con el fin de autorizar una guerra" (5).

 

El propio Colin Powell fue manipulado y se juega su futuro político. Powell habría resistido las presiones de la Casa Blanca y del Pentágono para difundir informaciones muy cuestionables. Antes de pronunciar su famoso discurso del 5 de febrero de 2003 en el Consejo de Seguridad, había leído un borrador preparado por Lewis Libby, director de gabinete del vicepresidente Richard Cheney. Ese documento contenía informaciones tan dudosas que Powell, enfurecido, habría lanzado las hojas al aire y exclamado: "Yo no voy a leer esto. Es una mierda" (6). Finalmente, el Secretario de Estado exigió que George Tenet, director de la CIA, estuviera sentado detrás de él en aquella ocasión, de manera bien visible, y que compartiese la responsabilidad de lo que decía.

Engaño deliberado

En una entrevista a la revista Vanity Fair, publicada el 30 de mayo pasado, Wolfowitz reconoció la mentira de Estado, al confesar que la decisión de agitar la amenaza de las ADM para justificar una guerra preventiva contra Irak había sido adoptada "por motivos burocráticos". Y precisó: "Coincidimos en un punto, el de las armas de destrucción masiva, porque era el único sobre el que todos estaban de acuerdo" (7).

Es decir, que el presidente de Estados Unidos mintió. Buscando desesperadamente un casus belli para sortear el obstáculo que representaba la ONU y unir algunos cómplices de su proyecto de conquista de Irak (el Reino Unido, España) Bush no dudó en fabricar una de las mayores mentiras de Estado.

Y no fue el único. Ante la Cámara de los Comunes de Londres, el 24 de septiembre de 2002, su aliado Anthony Blair, primer ministro británico, declaró: "Irak posee armas químicas y biológicas. (...) Sus misiles pueden ser desplegados en 45 minutos". En su intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el 5 de febrero pasado, Powell declaró: "Saddam Hussein inició investigaciones sobre docenas de agentes biológicos, provocando enfermedades como la gangrena gaseosa, la peste, el tifus, el cólera, la viruela y la fiebre hemorrágica". Por su parte, el vicepresidente Cheney afirmaba en marzo de 2003, en vísperas de la guerra: "Creemos que Saddam Hussein logró reconstruir armas nucleares" (8).

En innumerables declaraciones el presidente Bush insistió en las mismas acusaciones. En un discurso difundido por radio a toda la nación, el 8 de febrero de 2003, llegó a dar los siguientes detalles: "Irak envió a trabajar con Al-Qaeda expertos en explosivos y en falsificación de documentos. Y además brindó a Al-Qaeda entrenamiento en el manejo de armas biológicas y químicas. Un agente de Al-Qaeda fue enviado a Irak en varias ocasiones a fines de la década de 1990 para ayudar a Bagdad a dotarse de venenos y de gases".

Reiteradas y amplificadas por los grandes medios belicistas, convertidos en órganos de propaganda, todas esas denuncias fueron repetidas ad nauseam por los canales de televisión Fox News, CNN y MSNC, por la cadena radial Clear Channel (1.225 estaciones en Estados Unidos) y hasta por diarios prestigiosos como The Washington Post o The Wall Street Journal. Esas acusaciones falsas fueron el argumento principal de todos los belicistas del mundo. En Francia, por ejemplo, fueron retomadas sin asomo de vergüenza por personalidades como Pierre Lelouche, Bernard Kouchner, Yves Roucaute, Pascal Bruckner, Guy Millière, André Glucksmann, Alain Finkelkraut, Pierre Rigoulot, etc. (9).

 

Las acusaciones fueron igualmente repetidas por todos los aliados de Bush, empezando por el más fiel de todos, José María Aznar, presidente del gobierno español, quien afirmó en las Cortes de Madrid el 5 de febrero de 2003: "Todos sabemos que Saddam Hussein tiene armas de destrucción masiva. (...) Todos sabemos que tiene armas químicas" (10). Pocos días antes, el 30 de enero, ejecutando un pedido (...)

Artículo completo: 3 948 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de julio 2003
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