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Los recursos de la “militancia Avatar”

En febrero pasado, cinco militantes palestinos, israelíes e internacionales desfilaron por localidad ocupada de Bil’in, con el cuerpo pintado de azul como los Navi, el pueblo protagonista de la película de ciencia ficción Avatar, de James Cameron. El ejército israelí lanzó gases lacrimógenos y bombas sonoras contra esos manifestantes de piel azul ataviados con keffiehs y pañuelos, que lucían colas y orejas puntiagudas. Imágenes video del incidente, yuxtapuestas a secuencias tomadas de la película hollywoodense, fueron luego difundidas en YouTube. Allí se puede oír a los personajes proclamar: “¡Vamos a mostrarle al Pueblo del cielo que no puede apropiarse de todo lo que desea! ¡Esta es nuestra tierra!”.

La ficción de James Cameron hizo correr mucha tinta. Un crítico cinematográfico del Vaticano dijo que es una apología del “culto a la naturaleza”, mientras que para algunos militantes ecologistas es “la mayor epopeya jamás captada en celuloide en honor del medio ambiente”. Muchos militantes de izquierda se burlaron de las contradicciones de la película, que a la vez condena el colonialismo y reproduce los fantasmas de culpabilidad de los blancos progresistas; y la rebautizaron “Baila con Pitufos”. Un militante de la comunidad cherokee, Daniel Heath Justice, estimó que el film llama la atención sobre el destino de los pueblos originarios, aún cuando Cameron simplifica a ultranza los males del colonialismo al crear una representación odiosa pero confusa del complejo militar-industrial. Sin embargo, cada uno a su manera, esos críticos rompen con la visión de una cultura de masas trivial e insignificante, que apunta a distraer de los problemas del mundo real.

Los manifestantes de Bil’in vincularon la lucha de los Navi por su Edén, a sus propias tentativas de recuperar sus tierras (el video difundido por YouTube insiste en el contraste entre los exuberantes bosques de Pandora y las tierras áridas y polvorientas de los territorios ocupados). La desmesurada imaginería de Avatar les brindó una representación de su propio combate. Y gracias a la poderosa maquinaria publicitaria hollywoodense, esas imágenes son ahora reconocibles en todo el mundo. La visión de una extraña criatura de piel azul retorciéndose de dolor en medio del polvo, sofocada bajo el efecto de los gases lacrimógenos, causó impresión y reactivó mensajes que se busca ignorar.

Al apropiarse de Avatar, los militantes neutralizaron algunas de las objeciones más corrientes que se hacen a la película. Cronistas conservadores le reprochaban fomentar un sentimiento anti estadounidense, pero en la medida en que las imágenes de Navi fueron retomadas por grupos de protesta en todo el mundo, el mito fue recentrado en las encarnaciones locales del complejo militar-industrial. En Bil’in, aquel enfrentaba los palestinos al ejército israelí; en China, la población autóctona al gobierno de Pekín; en Brasil, los indios de la Amazonía a las compañías forestales. Sin llegar a pintarse de azul, intelectuales como la novelista india Arundhati Roy y el filósofo esloveno Slavoj Zizek, aprovecharon los debates generados por Avatar para recordar la situación crítica de las tribus originarias indias Dongria Kondh, que tratan de impedir el acceso a sus territorios sagrados, codiciados por las minas de bauxita. Es decir, que Estados Unidos no es el único “Imperio del mal” del planeta Tierra. Algunos críticos de izquierda temen que haber puesto el acento en los (...)

Artículo completo: 1 709 palabras.

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Henry Jenkins

Ex director del programa de estudios comparados de medios, en el Massachusetts Institute of Technology (MIT); decano del departamento de comunicación, periodismo y arte cinematográfico de la Universidad de California del Sur. Autor de Fans, Bloggers and Gamers: Exploring Participatory Culture, New York University Press, 2006.

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