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Una minera brasileña implantada en los cinco continentes

Revuelta global contra Vale

Tres empresas multinacionales se reparten la producción de mineral de hierro a escala planetaria. Un “cartel” dominado por la brasileña Vale que, desde hace algunos años, debe hacer frente a una nueva resistencia: trabajadores, ecologistas y campesinos se globalizaron para denunciar los estragos de la actividad minera.

Sudbury, 11 de marzo de 2010. En esta pequeña ciudad situada 400 kilómetros al norte de Toronto (Canadá), los mineros de la compañía Vale-Inco esperan, en fila india, su turno para ingresar al cuarto oscuro. Hace ocho meses que están en huelga y, la semana anterior, se rompieron las negociaciones iniciadas entre la dirección de la compañía y United Steel Workers (USW), el sindicato de los metalúrgicos. En el origen del conflicto, una nueva versión del convenio colectivo: congelamiento de los salarios de tres años, discusión sobre las condiciones de su indexación por inflación, modificación del régimen de jubilaciones y reducción de la prima anual ligada a la rentabilidad de la empresa (en promedio hasta entonces, 25% del salario básico). Al retirarse de la mesa de votación, un huelguista quema el documento donde se enumeran las propuestas de la dirección. Muchos otros lo imitan. El resultado del escrutinio es inapelable: 88,7% de los empleados deciden continuar las movilizaciones.

No es la primera vez que los mineros llevan adelante una huelga dura. Hace más de un siglo que la International Nickel Company of Canada (Inco) explota el níquel de la región, y el USW fue imponiéndose, al paso de los conflictos, como interlocutor ineludible de la dirección. De manera que, si bien al sobrevolar la región pueden observarse los estragos de la actividad minera en el medio ambiente, las sucesivas luchas arrancaron importantes derechos sociales que benefician a la comunidad en su conjunto. O mejor dicho, “beneficiaban”.

En 2006, la compra de la compañía canadiense por la multinacional brasileña Vale cambió las reglas del juego. Si bien la sede de la nueva sociedad (Vale-Inco) sigue estando en Canadá, los conflictos ya no se resuelven al ritmo del “quadrille”… sino del samba. Y los mineros no siempre salen ganando.

Con el argumento de la crisis financiera, los directivos de Vale-Inco no tardaron mucho en deshacer las promesas que habían aplacado las dudas de Ottawa respecto a la compra de una empresa canadiense por parte de una competidora extranjera. El conflicto originado en los cuestionamientos al convenio colectivo le ofreció a la dirección la oportunidad de liberarse de las reglas (más o menos tácitas) de negociación vigentes hasta ese momento. Indignados, los mineros canadienses descubren nuevas prácticas: “¡Nunca antes unos ‘carneros’ habían roto nuestras huelgas!”, cuenta Pascal Boucher, dirigente de la sección local del USW. Esta formación acelerada en “diálogo social” moderno incluye un módulo “hostigamiento”, suministrado por los agentes de las empresas de seguridad al servicio de la compañía: “Llegan incluso a perseguirnos, a estacionar frente a nuestras casas y filmar sin disimulo nuestros movimientos”. Algo nunca visto en Sudbury…

Según Doug Olthuis, encargado de asuntos internacionales del USW, esta evolución se explica por una nueva relación de fuerzas, derivada del cambio de escala de la compañía: “El níquel de Sudbury representaba el 30% de la cifra de negocios de Inco. Pero no significa más que un 3% de la de Vale. Para ellos, ya ninguna mina es indispensable; las capacidades de negociación del sindicato se ven por lo tanto reducidas”. ¿Acaso el grupo se habrá vuelto demasiado grande como para ofrecerle resistencia?

Era de expansión agresiva

El estado brasileño de Minas Gerais, cuna de Vale, es una región de tradición minera. Tras la era del oro (en el siglo XVIII), vino la del hierro, que durante la Segunda Guerra Mundial adquirió una importancia estratégica para los aliados. Los acuerdos de Washington, firmados en 1942 entre los gobiernos estadounidense, británico y brasileño, previeron la transferencia de las minas explotadas hasta entonces por la British Itabira Company a una sociedad brasileña de economía mixta, creada para la ocasión (con ayuda de créditos estadounidenses): la Companhia Vale do Rio Doce (CVRD).

Diez años después, el estado mineiro tomó el control de la CVRD y la empresa consolidó su posición en el “cuadrilátero minero” de Minas Gerais. Luego del descubrimiento de los yacimientos de hierro de la Serra do Carajás, extendió sus operaciones al estado amazónico de Pará y se convirtió, en los años 80, en el primer exportador mundial de mineral de hierro. En 1997, la Vale do Rio Doce figura entre las empresas más rentables del país: el gobierno de Fernando Henrique Cardoso concluye que ha llegado la hora de privatizarla.

La operación se efectuó en condiciones cuanto menos dudosas. Vendida –algunos dirán “liquidada”– en 3.140 millones de dólares, la empresa vale hoy 40 veces más (139.000 millones de dólares). ¿Sus reservas en mineral de hierro se estimaban en 2.000 millones de toneladas poco antes de la venta? Se triplicaron en los días siguientes. Más aun: unas sesenta filiales no fueron tomadas en cuenta en la evaluación de los activos de la compañía, realizada con la ayuda del grupo bancario Bradesco… que se convirtió en uno de los principales accionistas de la nueva empresa privada (1).

A partir de 2001, la llegada de Roger Agnelli a los comandos de la sociedad abre una nueva era de expansión agresiva en el extranjero (ver “Puentes”). Convertida en multinacional, la firma se eleva al rango de primer proveedor de mineral de hierro de China, y extiende sus actividades a los metales no ferrosos: níquel, cobre, manganeso, bauxita, fosfatos… En 2006, con la adquisición de Inco, la sociedad se convierte en la segunda empresa minera del mundo luego de BHP Billiton. La operación le permite además hacer pie en Canadá, Indonesia y Nueva Caledonia. Al año siguiente, pasa a llamarse simplemente Vale y continúa su expansión: en el carbón (obtiene concesiones en el distrito de Moatize, en Mozambique, donde están localizadas las más importantes reservas sin explotar del planeta) y en fertilizantes químicos (con la compra de las partes de Bunge en la empresa Fosfertil).

Hoy, sus actividades abarcan más de treinta países, en los cinco continentes. El conglomerado reúne a unas sesenta empresas, emplea a 150.000 asalariados, posee nueve mil kilómetros de vías férreas, ocho puertos, varias centrales hidroeléctricas. En 2008, año récord, Vale alcanzó 13.300 millones de dólares de ganancias (2) y distribuyó 2.750 millones de dólares entre sus accionistas, un “paquete” sensiblemente más importante que el destinado a los salarios (1.900 millones de dólares).

Desgraciadamente, no todos los brasileños son accionistas de Vale. A lo largo de la vía de tren que une las minas de Carajás con el puerto de São Luís, los felices especuladores bursátiles son aun menos numerosos que en otras partes. De manera que lo que viene a la mente aquí cuando se menciona el nombre de Vale no son los dividendos.

José Ribama, dirigente del sindicato de los trabajadores rurales de Canaã dos Carajás –comuna en la que están en ejecución o a punto de estarlo cinco proyectos de explotación minera– cuenta “las explosiones, el estruendo de las máquinas, el paso de cientos de camiones que afectan la vida cotidiana de los habitantes y que espantan a los animales. Millones de toneladas de estériles (3) y otros desechos acumulados al aire libre y arrastrados por las lluvias, que contaminan el agua y los suelos”. Y eso no es todo: “Para poner en actividad nuevas minas, Vale compra tierras y hace colocar alambradas de púa. Los campesinos que no quieren vender quedan rodeados y los obreros agrícolas son amenazados de expulsión”.

A unos cincuenta kilómetros de allí, en Parauapebas, (...)

Artículo completo: 3 863 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de noviembre 2010
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Philippe Revelli

Periodista y fotógrafo.

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