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Entre los discursos de moda y las aspiraciones de una ciudadanía con aroma a postmodernidad

Interculturalidad, Educación y Conflicto social

En nuestro país, la proliferación de términos como interculturalidad, multiculturalismo y educación intercultural en el discurso público, académico y cotidiano, convoca un análisis tanto de los contextos, como de los significados que gravitan en torno a vocablos que hasta hace no muy poco se restringían a los estrechos ámbitos de los estudios culturales de la antropología y la educación y, más aún, al restringido campo de los estudios en etnicidad y bilingüismo.

En los hechos, podríamos estar ante aquella situación observada por Clifford Geertz (1989) al inicio del capítulo I de su libro “La Interpretación de las Culturas” (citando a Susanne Langer), según la cual, ciertas ideas parecieran estallar en el paisaje intelectual con una fuerza atribuible a que súbitamente vemos en ellas el potencial de resolver, no sólo alguno, sino todos los problemas que emergen como fundamentales, a modo de una “fórmula mágica de alguna nueva ciencia positiva, como si fuera el centro conceptual alrededor del cual es posible construir un nuevo sistema general de análisis”.

De ser ése el caso, el propio desarrollo planteado por el autor, auguraría un escenario fecundo para la comprensión de dimensiones de realidad históricamente invisibilizadas por los lenguajes homogenizadores de la cultura y la educación, en tanto llegaría un momento en que, como resultado de los procesos de profundización, lograríamos delimitar y avanzar en los campos específicos que serían objeto de un abordaje fecundo desde dichas ideas y conceptos.

Una segunda tesis de ésta así llamada “moda” por más de un investigador de corriente crítica, podría radicar en la fuerza con que ciertos conflictos sociales han irrumpido en el imaginario colectivo del “nosotros”, desestabilizando nuestro cotidiano. Entre ellos, las demandas de nuestros pueblos originarios, cuyo origen se remonta a los particulares modos en que hemos construido las nociones de desarrollo, progreso e identidad nacional. En este escenario, estaríamos transitando desde aquella concepción que aún hacia principios del siglo XX, veía en los pueblos originarios aquella “raza inferior de indios salvajes” cuya expulsión del sur del país era enarbolada como mecanismo de atracción de colonos alemanes, hacia un razonamiento inclusivo de nuestra diversidad cultural étnica –forzado por cierto- pero que nos permitiría resolver el conflicto aunque sea discursivamente, en pos de ese “imaginario del orden” que en el informe PNUD se identificaba como el hilo conductor de nuestra institucionalidad. “La especificidad del imaginario chileno –nos alertaba el informe- parece radicar en la sacralización del (...)

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María Soledad Erazo Jiménez

Directora Doctorado en Ciencias de la Educación, Mención Educación Intercultural. Universidad de Santiago de Chile.

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