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Haciendo universidad para una nueva sociedad

De dónde venimos y adónde vamos

Solo el paso del tiempo nos permitirá entender, verdaderamente, el peso y la envergadura de lo que sucedió el 2011. Solo el paso del tiempo permitirá unir los puntos y proyectar la línea de los sucesos recientes hacia el próximo período. Sin embargo, haremos aquí el ejercicio de intentar detenernos a observar cuánto se ha recorrido y adivinar a lo lejos lo que quedará por caminar. Lo acontecido, aunque único en su especie, sí comparte en género con un hecho pasado. Un momento en que los jóvenes se unieron bajo el alero de dos principios fundamentales: universidad para todos y democracia. Mirando ese momento obtendremos algunas luces sobre el presente.

Por universidad para todos se entendía que ésta debía estar abierta a la ciudadanía. Esto se materializaba, por un lado, al asegurar el acceso para todos los que tuvieran las condiciones para cursar los estudios universitarios, sin importar la cuna y, por otro lado, que el conocimiento generado debía estar orientado a las necesidades de los más humildes y las grandes mayorías.

Por democracia se entendía la participación de todos los estamentos de la comunidad universitaria en la toma de decisión y la elección de las autoridades.

El hecho histórico al que me refiero es el movimiento de Reforma de 1967. En aquel tiempo, y de modo no muy distinto al actual, la Universidad Católica era considerada como una de las más importantes fortalezas de las ideas reaccionarias en Chile. Sin embargo, ésta tuvo una importante participación en las reformas e incluso llegó a liderarlas. Esta aparente paradoja puede entenderse por los profundos cambios que comenzó a experimentar la sociedad, que incluso se apreció en la reacción de la Iglesia Católica con una renovación que comenzó con el Concilio Vaticano II y por sus repercusiones en los mensajes de Medellín y Buga. Así lo explicaría el teólogo Gustavo Gutiérrez Merino: “La teología es una reflexión sobre la fe y la fe lo que tiene que hacer es movilizar a las personas para cambiar”.

De todos lados se oían llamados que reclamaban “una nueva universidad para un nuevo hombre”. Terminar con el carácter elitista y la indiferencia frente a su entorno era un deber que nuestra universidad comenzaba a comprender.

Universidad para todos y democracia. Dos elementos que parecen rodear los reclamos estudiantiles por más de 40 años. Reclamaciones que a veces son apagadas, solo para resurgir con aún más fuerza.

Frente a esta recurrencia nos preguntamos por qué estos dos principios nos mueven, una y otra vez, a presionar a nuestra universidad y país para embarcarse en este proceso de desarrollo cultural y social y oponerse a la mirada reduccionista de la universidad, que desea hacernos creer que el rol de las casas de estudio es solo acumular conocimiento pasivamente. Podemos encontrar una respuesta en la siguiente afirmación del Padre Alberto Hurtado: “La Universidad ha de formar hombres, antes que todo. Hombres, no archivos ambulantes ni grandes eruditos. La actitud principal del profesor ha de ser la de dar una visión de conjunto. No un mero hábito, sino una visión de conjunto. La Universidad debe dar ese hábito hacia (...)

Artículo completo: 1 604 palabras.

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Noam Titelman

Presidente de la Federación de Estudiantes Pontificia Universidad Católica de Chile (FEUC). www.feuc.cl

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