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Sobre la gratuidad de la información y la experiencia de Le Monde Diplomatique

“No hay tiempo”

Los que desesperan por la falta de atención a su causa, a su actividad, se encuentran con frecuencia con la misma explicación: “No hay tiempo”. No hay tiempo de ahondar en un libro “demasiado largo”, de pasear por la calle o de ir a un museo, de mirar un film de más de noventa minutos. Ni de leer un artículo que aborde un tema que no sea familiar. Ni de militar ni de hacer lo que sea sin ser interrumpido enseguida, en cualquier parte por un llamado que requiere su atención urgente sobre otro asunto.

De alguna manera, esta falta de tiempo es consecuencia de la aparición de tecnologías que nos han permitido… ganar tiempo: la velocidad de los desplazamientos aumentó, la de las investigaciones, la de la transmisión de información y de correspondencia también, a menudo a un costo modesto o irrisorio. Pero, simultáneamente, la exigencia de velocidad no cesó de hipotecar el empleo del tiempo de cada uno de nosotros, y la cantidad de tareas a realizar se disparó. Siempre conectado. Prohibida la distracción. No hay tiempo (1).

A veces también es el dinero el que falta: ya no nos alcanza. Un periódico como Le Monde diplomatique, que cuesta más barato que un paquete de cigarrillos, implica un gasto que para muchos empleados, desocupados, precarizados o jubilados no es despreciable. Estas razones, entre otras, explican la desafección de la prensa paga. Una fracción de sus antiguos lectores la abandona a medida que la ventana de papel abierta al mundo, la espera del cartero o el kiosquero se convierten en una obligación de lectura adicional en un calendario ya sobrecargado –y sobre todo si hay que pagar. Uno de los dueños de Free y de Le Monde, Xavier Niel, anticipa que, en una generación, los diarios habrán desaparecido.

Si el pago se hiciera en pantalla o en tabletas, no habría quizás motivo de alarmarse: una cosa remplazaría a la otra. Más aún, la ciencia, la cultura, los placeres, la información se difundirían más rápido incluso en los lugares más apartados. Por otra parte, muchos periódicos concebidos sin otro proyecto de redacción más que redondear las ganancias (o la influencia) de sus propietarios pueden muy bien sucumbir sin que la democracia sufra la pérdida. Pero las nuevas tecnologías de la información no aseguran al periodismo ni los empleos ni los recursos que la antigua tecnología proveía. Sólo trabajando a título de beneficencia, es decir, obteniendo sus ingresos de otra parte, como la mayoría de los blogueros, la profesión está a salvo de la peor de las amenazas: un futuro incierto Un tren, el metro, un café, un congreso político: antes, en estos espacios, reinaba la prensa. En este momento ¿cuántas personas despliegan un diario que no sea “gratuito”?. ¿Es sólo una impresión? Las cifras se imponen y confirman la realidad de un abandono. En Europa del Oeste y en Estados Unidos, la difusión de los diarios declinó en un 17% en el transcurso de los cinco últimos años. Y el retroceso aumenta. En Francia, en un período de fiebre electoral ya no se recurre a los kioscos; de enero a agosto de 2012, los diarios generalistas acusaron un retroceso promedio de sus ventas en un 7,6% en relación con el año precedente. Aun en el momento de los juegos olímpicos, en julio y en agosto último, L’Équipe, un diario deportivo en situación de monopolio vio bajar sus ventas.

Con la esperanza de frenar este deslizamiento hacia abajo, el periodismo aferrado al contante y sonante multiplica las tapas atrayentes que violan la intimidad de las personas, o los artículos que asustan al comparar lo que sea (incluidas las provocaciones aisladas de los caricaturistas o las reuniones de grupúsculos de integristas) con los “años más sombríos de nuestra historia”. Los canales de noticias siembran aun más confusión. Adivinar qué exageración va a movilizar la atención de los medios, ocultar una información que reclamaría del lector algo más que un “me gusta” al pie de un blog irritado se ha vuelto un juego de niños. La mayoría de los dueños de diarios piensan que aumentando la vulgaridad y el catastrofismo provocarán “buzz” durante algunas horas. Pero, en este sentido, ¿cómo lograr que el lector pague lo que puede encontrar gratuita y profusamente en otra parte?

En particular en la Red. En la actualidad, a los treinta y cinco millones de franceses que leen cada día un diario se agregan o se superponen veinticinco millones de internautas que, todo los meses, consultan al menos un lugar de prensa. Pero los internautas están acostumbrados a creer que el reino de la sociedad sin dinero había llegado –salvo cuando se precipitan para comprar (eso sí, muy caros)–, su computadora, su smartphone o su tableta para consultar por otra parte una prensa que se les ofrece. La audiencia on line no significa pues gran cosa a los que investigan, editan, corrigen, verifican la información. Así se edifica poco a poco una estructura económica parasitaria que concede a algunos todos los beneficios del comercio. Y que factura a los otros todos los costes de la “gratuidad” (2).

Un diario como The Guardian, por ejemplo, se convirtió, gracias a su sitio Internet en el número uno de la audiencia en el Reino Unido y tercero en el mundo, sin que esto le haya impedido perder –al contrario, habría que decir– 57 millones de euros el año último, y dejar sin trabajo a un centenar de periodistas. Pues aunque requiera cada vez más inversiones, el aumento del tráfico numérico de los diarios coincide en general con la reducción de sus ventas en kioscos. Seguramente, cerca de seis millones de británicos leen al menos un artículo del The Guardian por (...)

Artículo completo: 2 875 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de octubre 2012
a la venta en quioscos
y en la librería de Le Monde Diplomatique
San Antonio 434, local 14, Santiago
Teléfono: 22 608 35 24
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl

Adquiéralo por internet en:
www.editorialauncreemos.cl

Serge Halimi

Director de Le Monde Diplomatique.
Este artículo, aunque está destinado a los lectores de Le Monde Diplomatique de Francia, nos parece muy importante que lo conozcan también los lectores de la edición chilena.
Traducción: Florencia Giménez Zapiola

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