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Emerge la necesidad de fijar mecanismos de financiamiento a la política y la participación ciudadana

La democracia desmoralizada

Desmoralizarse es romper con las normas morales y las convenciones sociales. Esas reglas pueden ser imperfectas pero son el mínimo consenso que nos cohesiona como sociedad. Pero desmoralizarse también es perder el entusiasmo, la pasión, las ganas, la entereza.

Los generales cuidan que la moral de sus tropas esté siempre alta, y los entrenadores de futbol inventan todo tipo de estrategias para minar la moral de los equipos adversarios. Por eso hablar de desmoralización tiene dos sentidos. Es una referencia a la inmoralidad de la política. Pero por otro es la pérdida de sentido de la participación democrática. Ambas dimensiones están integradas y no es posible pensar una sin la otra. Desde el estallido del caso Penta, seguido por Caval y SQM, a cada escándalo le sucede una ola de indignación que atrapa a la opinión pública en los discursos antipolíticos que aspiran a barrer a la casta dirigente, a los partidos, a los parlamentarios, y en general a todos los que manejan una cuota de poder en el país. ¿Limpieza necesaria? Tal vez, pero se corre el riesgo de arrastrar a la ciudadanía en una espiral de cinismo que contribuya a mantener el statu quo, ante la falta de alternativas. De allí que el circulo vicioso de desmoralización de la democracia termine desmoralizando a los ciudadanos...

Artículo completo: 234 palabras.

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Álvaro Ramis

Teólogo, doctor en ética aplicada

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