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Los efectos de la deforestación de la Amazonia

San Pablo seco

Un restaurante elegante en el centro de San Pablo, la capital económica de Brasil. El sommelier presenta a sus clientes una botella de vino que manipula como si se tratara de un bebé. Sin embargo, sirve el contenido en vasitos de plástico. En los baños, inmaculados, el sifón del lavatorio fue desmontado y el agua de la pileta desagota en una palangana.

Encima de la taza del inodoro, un cartel indica: “Estimados clientes, se agradece el uso del agua recuperada para la descarga de agua”. Desde hace varios meses, la ciudad de los superlativos –la más poblada del país, la más colmada de autos, la más rica– es también la de las escenas más extrañas. Pues, en una de las megalópolis del mundo que tuvo el mayor crecimiento económico de la última década, el agua comienza a faltar de manera cruel.

En el Estado federado de San Pablo, de cuarenta y un millones de habitantes, los conservadores están en los asuntos públicos desde hace veinticuatro años. Durante el último debate televisivo de la campaña para el cargo de gobernador, en octubre último, las reservas de agua ya se estaban reduciendo. Interrogado sobre este punto, Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileño (PSDB, derecha), se mostró categórico: “El agua no falta y no faltará en San Pablo”. Ganó las elecciones, pero en las redes sociales se viralizó este fragmento...

Artículo completo: 250 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de abril 2015
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Anne Vigna

Periodista.

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