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Socialdemocracia, una prolongada agonía política

El tiempo de la indignación

Sobre el fondo de una crisis económica persistente en la mayoría de los países occidentales, la emergencia de nuevas fuerzas contestatarias testimonia una gran impaciencia política, que se transforma a menudo en indignación.

La persistente impopularidad de los dirigentes socialistas franceses no tiene que ver con una excepción nacional que se podría imputar a las malas cifras de empleo o a la negación sistemática de los principales ideales de la izquierda. El agotamiento de un ciclo ideológico que encarnó hace veinte años la “tercera vía” de William Clinton, Anthony Blair, Felipe González, Dominique Strauss-Kahn y Gerhard Schröder, también se observa en Estados Unidos y en la mayoría de los países europeos.

Pero esta derrota de un socioliberalismo durante mucho tiempo triunfante no beneficia exclusivamente a las fuerzas situadas todavía más a la derecha. Desde hace poco está acompañada por el renacimiento de una corriente contestataria cuyas ideas se pretendían superadas, arcaicas, arrasadas por la globalización, la flexibilización y las nuevas tecnologías. Desde los campus estadounidenses hasta los suburbios de Londres, pasando por las municipalidades de Madrid y Barcelona, esta izquierda desenvuelta dispone de ahora en adelante de relevos políticos. Y a veces se anima a designar a sus enemigos: el control del capital sobre los medios de producción, el poder de los medios de comunicación, la autosuficiencia de las finanzas. Por supuesto, los rebeldes todavía no son más que una bandada de golondrinas en invierno. Pero en una época en la que la extrema derecha con frecuencia tiene el rol de depositario de todas las cóleras, ese rayo de esperanza claramente podría disputarle las estaciones que siguen.

Capitulación a cambio de nada
Definitivamente, los social-liberales no tienen suerte. En el verano de 2015, con la colaboración de Angela Merkel, habían sometido a los dirigentes griegos de Syriza a un fuerte ataque para obligarlos a sumarse a su campo. Así, pensaban tener liquidada toda oposición por el lado izquierdo. Luego, uno tras otro, emergen Jeremy Corbyn –en el Reino Unido– y Bernie Sanders –en Estados Unidos–. Estos últimos, movilizando a una apreciable porción de la juventud de su país, restauran a la vez el combate político y algunas de las aspiraciones anticapitalistas que la “tercera vía” tenía la vocación de enterrar.

A esta decepción se le agrega otra. Los social-liberales nunca habían capitulado de una manera tan total, tan irrevocable, ante las pretensiones de la patronal, con la ilusión de obtener a cambio la creación de algunos empleos y un nuevo contrato de alquiler del poder. Fracaso en este caso también: la patronal embolsa y la coyuntura se degrada. Peor aun, mientras que la economía y las finanzas mundiales vuelven a frenar, los principales dogmas neoliberales, adoptados desde hace treinta años por los social-liberales europeos, acaban de quedar invalidados por sus arquitectos intelectuales de antaño.

Como todo esto se hizo sigilosamente, la derecha, la izquierda liberal y los grandes medios de comunicación pueden fingir no haber notado nada y seguir tras la estrella que guía sus pasos cada vez que alrededor de ellos todo se descuajeringa: a crisis del mercado, remedios del mercado (1). De todos modos, la ineficacia de sus talismanes –baja de los impuestos y las contribuciones sociales, mayor precarización, ampliación del libre comercio– se volvió patente. Y la desmitificación de elementos centrales de ese credo ya reclutó enemigos internos. Debilitar a los sindicatos y desmantelar el código laboral debía liberar el espíritu de empresa y permitir la flexibilidad. Dos economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) admitieron recientemente que el resultado de esta política –defendida durante mucho tiempo por el FMI– fue, sobre todo, profundizar las desigualdades (2). Y de repente surge algo molesto en el momento en el que la cuestión de un apartheid social ocupa las mentes al punto de que los dirigentes occidentales fingen preocuparse por ella diariamente.

La desigualdad no es un mal, replican, sin embargo, algunos liberales para los que la “dispersión de los ingresos” estimula la iniciativa, la innovación, el riesgo, el empleo. “Los jóvenes franceses tienen que tener ganas de convertirse en millonarios”, lanzó un día el ministro de Economía francés, Emmanuel Macron, retomando así por su cuenta la vieja promesa reaganiana de una “marea alta que levanta todos los barcos”. Sin alejarse demasiado de las metáforas náuticas, a ese postulado también se lo llama la “teoría del chorreo”.

Y bueno, en este caso tampoco tuvieron suerte. El año pasado, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) calculó que el enriquecimiento de los más ricos (un grupo que cuenta al menos con tantos intermediarios parasitarios como “jefes emprendedores”) había comprometido “el crecimiento económico a largo plazo” allí donde, al contrario, una mejora de los ingresos de los más pobres lo habría acelerado (3).

Finalmente, habían recomendado Ronald Reagan y luego François Mitterrand, había que reducir los impuestos para relanzar la economía (4). Solemnemente reivindicada por Hollande en su conferencia de prensa del 13 de noviembre de 2012, esta “política de la oferta” debía favorecer además la recuperación de las cuentas públicas. Cansado, el semanario británico The Economist, biblia del liberalismo mundial, acaba de conceder, un poco apenado de todos modos, que “las previsiones según las cuales la reducción de impuestos generaría un crecimiento suficiente como para autofinanciarse parecen un poco irresponsables hoy” (5). Treinta años de bombardeo neoliberal tirados a la basura…

Nada de todo esto, es posible adivinarlo, disuade a los candidatos de derecha para las próximas elecciones a duplicar la apuesta. ¿Por qué se privarían de hacerlo, en Francia, dado que tampoco Hollande deja de atiborrar con golosinas a los jefes de empresa? Y además, cuando el destino electoral de un Presidente de la República y su partido parece sellado, esto alienta la franqueza, agudiza los apetitos. Por ende, Sarkozy prevé un “contragolpe fiscal” que comprendería a la vez una baja del 10% del impuesto sobre las ganancias y la eliminación de aquel sobre las grandes fortunas (ISF, Impuesto de Solidaridad sobre las Fortunas). François Fillon y Alain Juppé asumen esta última propuesta, así como la de una baja masiva de los gastos públicos. A pesar de un desempleo masivo, escandalosas necesidades de equipamiento en la red de transporte de la región parisina (el 40% de las vías y el 30% de los cambios de vías tienen más de treinta años) y de tasas de interés cercanas a cero. Para alcanzar su objetivo, sugieren eliminar empleos en la función pública, reducir las asignaciones que se pagan a los desempleados y dejar de reintegrar algunos gastos médicos a extranjeros. En síntesis, al diablo los remordimientos de los laboratorios neoliberales si no coinciden con el interés de los privilegiados y las “recetas” a las que el propio socioliberalismo adhirió.

El rechazo de las recomendaciones heréticas se vuelve más imperativo aun porque la maldición de los expertos también golpea al corazón del sistema, al punto de convergencia extrema entre liberales de derecha y de izquierda: la ideología del libre comercio. Se había dicho que la pérdida de empleos vinculados al comercio internacional en un sector se compensaría con el surgimiento (o el crecimiento) de otras actividades más productivas. Ahora bien, hasta ese principio fundador del liberalismo económico (la teoría de las ventajas comparativas y la especialización internacional) oscila a su vez. De esta manera, la competencia de los productos chinos en el mercado estadounidense habría generado la pérdida de dos millones y medio de empleos en Estados Unidos; un dato machacado por Sanders, quien parece saborear la idea de dinamitar desde adentro pedazos enteros de la ideología de su partido.

Condena a Tratados de Libre Comercio
Sanders, pues, condena a la vez el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, del inglés North American Free Trade Agreement), ratificado en 1993 y defendido sucesivamente por los presidentes Clinton y Bush, y el Acuerdo Transpacífico (TPP), firmado el 4 de febrero pasado por el presidente Obama con el aval de la mayoría de los representantes republicanos en el Congreso. Imaginando tal vez que los estadounidenses ya se habían olvidado de las promesas mentirosas del NAFTA, el secretario de Estado John Kerry acaba de afirmar que el TPP crearía 650.000 empleos en Estados Unidos (6).

Ahora bien, en el frente de la coyuntura mundial, el cielo se cubre, lo que raramente es prometedor para los dirigentes que están a cargo. En 2007-2008, la caída de los bancos se explicaba por el derrumbe de sus activos inmobiliarios; hoy, su excesiva exposición al sector petrolero los amenaza con las mismas contrariedades. Y con ellas, a muchos países a los que esos bancos tienen de rehenes, incluso en Estados en los que, teóricamente, la izquierda está en el poder.

Porque, mal que les pese a aquellos que creyeron en Hollande en 2012, “el mundo de las finanzas” nunca encontró un “verdadero adversario” en la cima del Estado, sino más bien a hombres solícitos a servirlo. En efecto, no hay ninguna necesidad de que la derecha esté al mando para que éstos controlen los ministerios clave (Macron). Además, bancos o fondos especulativos contratan a ex dirigentes socialistas en sus consejos de administración (Blair, Schröder, Strauss-Kahn), sin por ello dejar de financiar las campañas de candidatos demócratas. Como la de Hillary Clinton en este momento.

¿Qué significan estas imposturas políticas, ese empeño en el error? Y ¿qué anuncian? Que el social-liberalismo agotó la fuerza que le confería su alianza con las clases dirigentes. Más poderosas que nunca, estas últimas necesitan menos intermediarios para imponer sus intereses. Pero, simultáneamente, las connivencias entre viejos socialistas y nuevos ricos se notan más, irritan a las poblaciones que padecen sus consecuencias y se pagan. Hillary Clinton defendió la abolición por parte de su marido de la frontera entre actividades bancaria y especulativa, una decisión que contribuyó a la crisis financiera de 2007-2008 (7). Por eso estaba menos sonriente que de costumbre cuando Sanders le lanzó: “Cuando se detiene a jóvenes con marihuana, la policía los ficha. Pero cuando un ejecutivo superior de Wall Street destruye la economía, no le pasa nada. Eso es el poder, eso es la corrupción y eso es lo que debe cambiar en Estados Unidos. Tres de nuestros cuatro principales bancos son más poderosos hoy que cuando los socorrimos porque ya eran “too big to fail” [“demasiado grandes para caer”]. ¡Hay que quebrarlos! Son demasiado poderosos económicamente, demasiado poderosos políticamente” (8). Es comprensible que al día siguiente de las primarias de New Hampshire, que ganaron Sanders y Trump, un analista financiero se haya preocupado: “Después de lo que pasó anoche, los inversores ya no pueden excluir la hipótesis de una solución electoral extrema que podría generar riesgos fundamentales para el mercado bursátil” (9).

Un candidato demócrata que quiere “quebrar los bancos”, un candidato republicano que amenaza a China y México con una guerra comercial: en efecto es algo que debe parecer bien “extremo” en Estados Unidos. Se podría creer que, instruida por su propia experiencia de deslocalizaciones industriales, de baja del poder de compra y de costo creciente de los estudios superiores, una parte importante de la población estadounidense está operando brutalmente (...)

Artículo completo: 5 922 palabras.

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Serge Halimi

Director de Le Monde diplomatique.

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