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Lo impensado de la democracia

El arte de ignorar al pueblo

En nuestras democracias modernas, por una espectacular inversión de los hechos, ya no son los electores quienes eligen y orientan a los elegidos, sino los dirigentes quienes juzgan a los ciudadanos. Así, los británicos –como los franceses en 2002 (derrota de Lionel Jospin en la primera vuelta de la elección presidencial) y en 2005 (“no” al referéndum sobre el tratado constitucional europeo)– se vieron sometidos a un psicoanálisis salvaje, a raíz del “Brexit” del 23 de junio de 2016. Podemos arriesgar, sin temor a equivocarnos, que semejante operación –realizada casi enteramente a cuenta de una operación mediática– no habría tenido lugar si el resultado del escrutinio hubiese sido el mantenimiento del Reino Unido en la Unión Europea. Ni se habría puesto en cuestión el principio de una consulta popular sobre “un tema tan importante”.

Sabemos que un principio en geometría variable no es un principio sino un prejuicio. Esto da lugar a dos análisis posibles: desprecio de clase o aversión por la democracia. El primer sentimiento desborda, sin duda, de la boca del siempre sutil Alain Minc: “Este referéndum no es la victoria de los pueblos sobre las élites, sino de la gente con poca formación sobre la gente educada”. En ningún momento cruza las mentes de la clase dirigente la idea de que los ciudadanos no rechazan los tratados europeos por estar desinformados, sino por el contrario, porque extraen aprendizajes totalmente lógicos de una experiencia frustrada de casi sesenta años...

Artículo completo: 258 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de octubre 2016
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Anne-Cécile Robert

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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