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Panorama ante la batalla electoral

Nuevamente la trampa del voto útil

Estamos entrando en una era política en la que gran cantidad de frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar la realización de una eventualidad hasta ahora inconcebible. Así, en esta primavera europea de 2017, la elección presidencial francesa marca la primera vez en la que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: nos planteamos la hipótesis, todavía muy improbable, de su victoria. La primera vez en la que nadie defiende el balance de un quinquenio aun cuando dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (PS) y Emmanuel Macron (¡En marcha!), participan de la votación. La primera vez, también, en la que los candidatos del Partido Socialista (PS) y de la derecha, que gobernaron Francia sin interrupción desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.

Buscaríamos igualmente en vano precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para mantener la atención más de veinticuatro horas sobre una cuestión esencial. Y seguramente no encontremos ningún caso anterior de un postulante importante a la suprema magistratura procesado por malversación de fondos públicos mientras que desde hace diez años proclama que Francia está en quiebra.

La impopularidad de Hollande
La renuncia del presidente saliente a aspirar a un segundo mandato amenaza con ocultar el punto de partida de todos esos desajustes. El quinquenio que se termina vio a François Hollande convertirse en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio presidente socialista admitió que “vivió cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En efecto, en junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba la presidencia de la República, el gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.

De ese poder, Hollande hizo un uso discrecional tanto como solitario. Él fue el que decidió el estado de excepción, comprometió a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. Él, también, fue el que hizo que se modificara el código del trabajo, obligando a su mayoría parlamentaria a una reforma que esta no quería cargar (recurrir al artículo 49-3 de la Constitución) y para la cual ni esta ni él habían recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reforma del mapa de las regiones francesas, que el jefe de Estado rediseñó desde su oficina del Elíseo.

Algo que plantea con intensidad la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon (PS) y Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) se comprometieron a poner en tela de juicio, pero con las que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se arreglan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce tal concentración de poder en las manos de una sola persona. Más allá del peligro, bien real, de ver algún día disponer de tal poder a un jefe de Estado menos bonachón que el que está terminando su mandato, las proclamas rimbombantes sobre la democracia francesa y la República tropiezan con una comprobación que Hollande transformó en irrefutable: el ejercicio solitario del poder consolida la facultad ilimitada de pisotear las promesas de una campaña que, sin embargo, debería basarse en el mandato del pueblo soberano.

Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa: validó el cierre de la planta de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo: renunció a hacerlo desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de fines de 2013: esta continuó su escalada tres años más. De todos modos, si de inmediato se instaló una sensación de traición en los espíritus, fue debido a una frase que marcó su campaña de 2012 y que cada uno de nosotros volvió a oír cientos de veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. No obstante, Hollande tomó sin demoras a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.

La preferencia actual de la que parece beneficiarse Macron en la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que amenaza propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, aunque sea parricida, de este presidente saliente de una impopularidad sin igual. Un día Hollande soltó: “Emmanuel Macron soy yo, él sabe lo que me debe”. Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro evade hacerlo. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de izquierda que combatía “el dinero” o las “finanzas”, pero se corresponden con las convicciones que el segundo expresaba en 1985 en una obra, La gauche bouge [La izquierda se mueve], que también tenía como autores al actual ministro de Defensa y al secretario general del Elíseo (2).

En ese libro, ya se encontraba la idea –cara a Macron, aunque en él esta última está sepultada bajo montones de palabras esponjosas y vacías– de una nueva alianza social entre las clases medias cultas y el empresariado liberal, unidos por la voluntad conjunta de desarrollarse en un mercado mundial. “Emprendedurismo” antes que “asistencialismo”, ganancia antes que renta, reformistas y modernistas contra extremistas y retrógrados, rechazo de la nostalgia “de los camelleros y los aguateros”: escuchar a Macron es volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirlo equivaldría a adentrarse aún más intrépidamente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que sedujo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, dejándolos en el barranco en el que yacen en este momento.

“Globalizadores” y “Partido de Bruselas” contra “patriotas”: a Marine Le Pen le encantaría que el enfrentamiento político se resumiera a esta dialéctica. Richard Ferrand, diputado del PS y pilar de la campaña de Macron, parece adelantarse a sus deseos. Ferrand estima: “Por un lado, están los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por el otro, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. De uno y otro lado, se trata de tapar la cuestión de los intereses de clase alimentando terrores “identitarios” para los primeros y vituperando pulsiones “reaccionarias” para los otros.

Pero, mal que le pese a todos los progresistas de mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están socialmente situados. Los “trabajadores desplazados” creados por una directiva bruselense de 1996, y cuya cantidad se multiplicó en estos últimos diez años, son más frecuentemente obreros de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de ese dispositivo es también, y sobre todo, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se resume en la Oda a la alegría.

Steve Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió la ventaja que la derecha nacionalista podía sacar del desclasamiento social que casi siempre acompaña las celebraciones de la aldea global. Bannon explica: “El núcleo central de lo que creemos es que somos una nación con una economía y no una economía en algún mercado mundial de fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están cansados de estar sometidos al Partido de Davos. Los neoyorquinos se sienten más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o Colorado y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictarnos a todos la forma en la que tiene que ser gobernado el mundo” (5). Cuando, en sus reuniones públicas llenas de banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación a través de los márgenes de las empresas” y se compromete a eliminar las indemnizaciones por desempleo después del segundo rechazo de una “oferta laboral decente” (6), ¿cómo distinguir sus propuestas de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que componen el “Partido de Davos”? Es posible imaginar, entonces, los daños democráticos del eventual cara a cara entre él y Marine Le Pen que los medios de comunicación se esfuerzan por instalar.

Desde hace más de veinte años, convocar al “voto útil” equivale a presentar a los dos partidos dominantes como escudos contra una extrema derecha a cuyo despegue favorecieron sus decisiones sucesivas y concordantes. Hamon resalta: “Hoy, el proyecto de Emmanuel Macron es el trampolin del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, la fuerza del FN fortaleció el monopolio del poder de sus adversarios, incluidos los socialistas (8). Ya en 1981, François Mitterrand calculaba que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a aliarse con ella, a riesgo de volverse, así, inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen enfrentó a Jacques Chirac en la segunda vuelta de la elección presidencial. Desde entonces, la derecha no tiene más que superar al PS en cualquier votación, nacional o local, para inmediatamente convertirse a los ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, la cultura y la República.

Instituciones monárquicas que permiten todos los ardides, todas las retractaciones; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se acomodan a unos al tiempo que se alimentan del otro; y, luego, está… Europa. La mayor parte de las políticas económicas y financieras de Francia están estrechamente subordinadas a ella, lo que no impide que lo esencial de la campaña se haya desarrollado como si el próximo presidente fuera a poder actuar con total libertad.

Una victoria de Marine Le Pen podría sellar el fin de la Unión Europea –ella ya advirtió: “No voy a ser la vicecanciller de Merkel”–. En cambio, en la hipótesis en la que uno de los favoritos de la votación –y de Angela Merkel–, es decir, Fillon o Macron, se instalara en el Elíseo, la continuidad con los presidentes para los que trabajaron respectivamente estaría asegurada, la coherencia con las orientaciones de la Comisión Europea preservada y la hegemonía alemana y el ordoliberalismo confirmados, la primera actuando como guardiana puntillosa de la otra. La cuestión se plantearía de manera diferente en el caso de Hamon o Mélenchon. Exceptuando el apoyo del primero a la idea de una defensa europea, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, al punto de que sus dos candidaturas compiten y hacen que cada uno corra el riesgo de la eliminación.

Con Hamon, es difícil escapar a una sensación de lo ya visto. Buscando conciliar su apego a la Unión Europea y su deseo de verla romper con la austeridad para conducir una política más favorable al empleo y al medio ambiente, menos impiadosa hacia Estados como Grecia a la que agobia su endeudamiento, el candidato socialista debe convencerse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluso en el marco de las instituciones actuales; de que es posible “alcanzar resultados tangibles sin ponerse en contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en una recuperación de la influencia (...)

Artículo completo: 6 021 palabras.

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Serge Halimi

Director de Le Monde Diplomatique.

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