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Con Macri, las mismas recetas producen los mismos resultados

Argentina demuestra que la izquierda no está muerta

Mauricio Macri, que había prometido dar vuelta la página del “populismo”, precipitó a Argentina en una crisis económica. Su fracaso parece facilitar el regreso de los peronistas al gobierno en la elección presidencial del próximo 27 de octubre. Heredando un país devastado, el singular tandem, Alberto Fernández-Cristina Kirchner, deberá unir a su propio sector para gobernar al país.

A las 9:20 de la mañana del 18 de mayo el celular de Alberto Fernández se convirtió en una brasa ardiente. En menos de quince minutos se acumularon cientos de whatsapp, un llamado tras otro, insistentes mails y SMS. Como en una coreografía espontánea, se sucedían los anuncios públicos de los precandidatos peronistas a la presidencia renunciando a sus aspiraciones, los tuits de los gobernadores que hasta el momento se habían mantenido en silencio brindando su apoyo y el respaldo de jefes sindicales, empresarios e intelectuales.

Pero la gran noticia, la que cambiaría radicalmente el escenario político y definiría la elección presidencial, no había venido del mismo Fernández sino de… Cristina Kirchner. Dos veces presidenta de la Nación, líder del sector más importante del peronismo y hasta aquel momento la candidata más popular de la Argentina, Cristina decidió dar un paso atrás y acompañarlo como vice. Hasta ese momento, la campaña se encaminaba hacia un nuevo choque entre ella y el presidente liberal Mauricio Macri. Con un tercio del electorado a su favor, Cristina lideraba las encuestas de intención de voto. Pero tenía un problema: la intensidad del apoyo a su figura era equivalente a la fuerza de los rechazos.

El origen de este amor-odio hacia Cristina -lo que en Argentina se conoce como ¨la grieta”- se sitúa en el conflicto del campo del 2008. Poco después de asumir la presidencia tras la exitosa gestión de su marido, Cristina anunció un aumento de los impuestos a las exportaciones de soja y otros cereales. Como otros países de América Latina, las principales exportaciones de Argentina son commodities. Pero la riqueza no está concentrada, como en Venezuela, Perú o Chile, en hidrocarburos o minerales, sino en la soja (Argentina es el segundo exportador de soja del mundo), el “oro verde” de la zona pampeana. En pleno superboom de los commodities, con la tonelada de soja por arriba de los 600 dólares (hoy se encuentra en 300), Cristina decidió que había llegado el momento de capturar más porcentaje de la “hiperrenta” del poderoso sector agropecuario para seguir fortaleciendo el Estado, desplegando políticas de protección social y apoyando a la industria.

El poder del campo
Sin embargo, no tomó en cuenta la reacción que esto generaría en el campo, un sector al que el gobierno de Cristina seguía viendo con los anteojos de otra época, como un resabio cuasifeudal de terratenientes y peones, cuando en realidad se había transformado en un sector dinámico, globalizado, penetrado por el gran capital transnacional, generador de una amplia clase media rural y, sobre todo, imbricado con las finanzas, la industria y los medios de comunicación. “Lejos de ser un sector tradicional y atrasado, el campo se modernizó, incorporó tecnología y construyó una imagen de competitividad y dinamismo que luego le permitiría fortalecerse políticamente. El campo es mucho más que el campo. Y fue la semilla de Macri”, explica la socióloga especializada en temas rurales Carla Gras (1).

El campo reaccionó con cortes de ruta y amenazas de desabastecimiento al intento de reforma impositiva del kirchnerismo, sostuvo la disputa durante tres meses y terminó ganándola en el Congreso. Y aunque Cristina logró recuperarse y ser reelegida en 2011, la grieta política estaba abierta. La polarización se consolidó, porque el conflicto no era una simple discusión impositiva sino el reflejo de una larga disputa histórica entre dos bandos: de un lado, el kirchnerismo, una fuerza afincada en los empobrecidos conurbanos y las provincias castigadas del Norte y la Patagonia, que se apoya en los trabajadores y los pobres pero que se abre también a las sensibilidades progresistas de las clases medias y los jóvenes, que retoma la tradición desarrollista del primer peronismo (1945-1955) para proponer una economía más heterodoxa e industrial, con un mercado interno fuerte, salarios altos y un Estado potente; del otro lado, el macrismo, que es la actualización en clave de siglo XXI del clásico liberalismo anti-peronista, cuya fuerza se concentra en los campos de la zona pampeana y los barrios acomodados de las grandes ciudades, que defiende una economía desregulada y abierta, impuestos más bajos, más mercado y menos Estado.

Cada una de estos polos, el kirchnersismo y el macrismo, reúne aproximadamente un tercio de los votos. Entre ellos queda un centro flotante que decide su voto en cada elección y que es el que marca el destino político de la Argentina. “Lo que se conoce como ‘la grieta’ -explica Martín Rodríguez, autor de un libro canónico sobre el tema (2)- es la estrategia de gobernar a partir del apoyo de ese tercio, de esa ‘minoría intensa’. Es la estrategia que siguió Cristina después del conflicto del campo y después Macri. El respaldo de ese tercio alcanza para gobernar e incluso ganar elecciones, pero no para impulsar transformaciones profundas y duraderas”.

Moderado y conciliador}
Esto es justamente lo que razonó Cristina cuando eligió a Fernández como su candidato: aunque ella garantizaba la adhesión del tercio duro del kirchnerismo, también generaba una división que impedía la unidad del peronismo y obturaba las chances de construir una coalición más amplia. (...)

Artículo completo: 2 876 palabras.

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José Natanson

Director de la edición argentina de Le Monde Diplomatique.

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