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Una reflexión a partir de Marcuse

El Chile que estalló

Ya en los años 60, Herbert Marcuse formuló como tesis central de su obra que una vez satisfechas las necesidades elementales, surgen necesidades de nuevo tipo que el capitalismo tardío no puede llegar a satisfacer. Entre esas necesidades intangibles están las de reconocimiento cultural, participación política vinculante, calidad de vida, igualdad radical y no sólo formal o legal, entre muchas otras. Esta idea adquiere especial relevancia para entender la insurrección chilena de octubre-noviembre de 2019.

Chile es un país donde se conjugan dos realidades: existe un campo social que tiene satisfechas sus necesidades elementales, y configura una extensa masa de consumidores parcialmente integrados, especialmente por la vía del endeudamiento. Y a la vez existe otro amplio campo social que no posee esa integración económica, dada la precariedad del trabajo, las misérrimas pensiones de los ancianos, la exclusión juvenil, el centralismo santiaguino, el olvido sistémico de grandes territorios y contextos culturales, que son totalmente invisibles tanto para el Estado como para el mercado.

Desde el punto de vista de Marcuse, Chile funciona dentro del capitalismo tardío de una forma dual, pero entendiendo que ambos mundos tienen algo en común: tanto el Chile de las necesidades tangibles incumplidas, como el Chile de las necesidades intangibles igualmente insatisfechas, comparten por esa misma razón un ethos fundamental marcado por una experiencia básica de la insatisfacción. Circunstancia que atraviesa ambos mundos y que generó un clima de hastío que decantó en uno de los lemas de la explosión social: “Nos cansamos, nos unimos”. Es lo que unió al 90% de la población chilena, que depende del capital, y vende su fuerza de trabajo porque no tiene otra cosa que vender, y no posee ningún tipo de responsabilidad o participación en el proceso de producción.

Esta situación estructural explica el carácter pluriclasista y transversal del estallido social, que atravesó fronteras de clase, de territorio, de estratificación cultural y educativa. De alguna el Chile que “despertó” no se limitó a un ámbito o esfera particular. El fin del sueño neoliberal abarcó de alguna forma a personas e instituciones del más diverso carácter, con demandas en cierta forma inconexas: no se puede equiparar el No + AFP del No + TAG. No se puede identificar la ira de los niños de Sename con la indignación de los estudiantes de las universidades. No se pueden asimilar las manifestaciones de la Plaza Ñuñoa o del Metro Los Domínicos, con las barricadas en Lo Hermida. Pero a pesar de lo distinto de estas expresiones, la simultaneidad de los acontecimientos constituye un hecho clave que explica la radicalidad del momento.

La insurrección general de estos mundos inconexos, parece vinculada a una rebelión contra una forma de racionalidad dominante, cuyo vértice ha sido el predominio aplastante de la ideología que legitimó un poder administrativo (político, financiero, pero también cultural) totalmente escindido de la sociedad, autonomizado de todo control democrático. El estallido de octubre ha buscado romper con esa ideología, convertida en una normalidad ficticia, que ocultaba la anormalidad de esa radical desconexión entre la estructura sistémica y el mundo de la vida.

La protesta chilena no ha surgido de la pauperización o del mero deterioro económico que ha vivido el país en los últimos dos años. La crisis se generó desde las condiciones subjetivas, que la propia sociedad de consumo fue generando. En particular por la represión de las pulsiones básicas (...)

Artículo completo: 1 772 palabras.

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Álvaro Ramis

Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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