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Una historia milenaria

¿Por qué el capitalismo no apareció en China?

Un análisis histórico atento revela que el “Imperio del Medio” pudo haber sido la cuna del capitalismo. Pero una suma de obstáculos –régimen de propiedad de la tierra, cultura anti-mercantil, ausencia de intercambios científicos– le impidieron preceder a Occidente. Un retraso hoy ampliamente compensado.

Aun cuando ciertas condiciones favorables a la formación y al desarrollo de las relaciones capitalistas de producción empezaron a gestarse en China varios siglos antes de que aparecieran en Europa Occidental, aun cuando “los chinos gozaron, durante la Antigüedad y hasta la Edad Media de una ventaja tecnológica” (1), ¿por qué el Imperio del Medio no le dio inicio al capitalismo?

Quizá haya que observar las relaciones de producción y sus cualidades específicas dentro de la China imperial para descubrir los obstáculos que pudo encontrar allí el (proto)capitalismo. En primer lugar, la propiedad de las tierras. Ya sea bajo los Han (202 a.C.-220 d.C.), los primeros Tang (618-755) o a principios del período Song (960-1270), el monopolio imperial estaba claramente consolidado. A continuación, la apropiación privada de la tierra desde luego se desarrolló bajo la doble forma de la posesión patrimonial “aristocrática” (de la familia imperial y de las familias aliadas, de los eunucos de la Corte imperial, de los altos funcionarios civiles y militares, del patriarcado mercantil) y de la posesión campesina, sin que por ello aparezca una verdadera propiedad privada. Pues, en el primer caso, esta no derogó para nada el monopolio imperial de la tierra. Lograr la posesión de un dominio, de un conjunto de lotes de tierras o de regalías fiscales por parte de los funcionarios constituía la contrapartida de su servicio al Estado; se trataba por lo tanto de un beneficio (de tierras o fiscal), y no de una apropiación privada propiamente dicha. Las posesiones de tierras de los eunucos o de los altos funcionarios eran gratificaciones imperiales por definición precarias: el emperador que las concedía o su sucesor podía perfectamente anularlas de un día para el otro. Aunque las de los miembros de familias de príncipes eran en principio más estables (teóricamente hereditarias), les debían el privilegio a pesar de todo a su posición o a sus relaciones en la cima del aparato de Estado: una revolución palaciega y a fortiori una ruptura dinástica se las podían hacer perder.

En cuanto a las familias campesinas, no eran tampoco propietarias de su parcela, de la cual tenían el usufructo, garantizado por el Estado imperial que la concedía –un derecho a usarla y hacerla fructificar, que se podía transmitir de generación en generación, que se podía incluso eventualmente enajenar–. El dominio eminente del suelo seguía estando sin embargo en manos del Estado, que exigía como contrapartida el pago de regalías en trabajo (servidumbre, servicio militar), en renta (bajo la forma de una parte de las cosechas) o en especies y que podía en principio expropiar a la familia campesina a partir del momento en que ya no cumplía con sus deberes.

Sin apoyo imperial
Un segundo tipo de obstáculos fueron las restricciones a la acumulación del capital mercantil, así como también a la formación de la burguesía mercantil como clase social. La China imperial no conoció nada semejante a los estatutos urbanos que emanciparon a las municipalidades europeas de la tutela de los poderes feudales o monárquicos, a menudo conquistados mediante una fuerte lucha contra estos últimos. Las ciudades allí quedaron bajo la tutela del poder imperial y de su mandarinato: fueron administradas por agentes del poder central, siendo la sede de las autoridades, sin concederles ningún derecho a inmiscuirse en el gobierno a los gremios de los comerciantes o a las corporaciones de los artesanos que se hubieran podido formar.

Además, contrariamente a lo que sucedería en la Europa de los tiempos modernos, el capital mercantil y la burguesía no contaron con ningún apoyo del poder imperial, todo lo contrario. No solo este limitó su campo de acción mediante sus propios monopolios comerciales e industriales (abocados según la época a la sal, el alcohol, el té, las minas, el comercio exterior) sino también mediante prohibiciones periódicas que se les hacían a los comerciantes y negociantes para adquirir tierras u ocupar cargos públicos –aun cuando los desvíos y rodeos de estas limitaciones fueron frecuentes–. El poder imperial desconfió constantemente del comercio interior y más aun exterior; vigiló y controló de cerca la actividad de los comerciantes chinos, y más aun extranjeros. Tampoco jamás se vio esbozarse en China el equivalente de políticas mercantilistas destinadas a favorecer la formación y la acumulación de capital mercantil o industrial, como sí ocurrirá en Europa a partir del siglo XVI (2).

Finalmente, la cultura imperial china permaneció resueltamente hostil a la práctica del comercio (de mercaderías o de dinero), al enriquecimiento por ese medio y, por consiguiente, a la acumulación de capital mercantil. El confucionismo enseña que el (...)

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Alain Bihr

Profesor honorario de Sociología en la Universidad Bourgogne-Franche-Comté. Este texto es un extracto de su obra Le Premier Âge du capitalisme (1415-1763). Tome 3: Un premier monde capitaliste, Éditions Page 2 - Éditions Syllepse, Lausana-París, 2019.

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