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Protesta social y violencia

¿Venga de donde venga?

A dos meses de iniciado el estallido social en Chile, el debate público sigue concentrado en torno a la violencia y la imperiosa necesidad de su condena. A pesar de que las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas policiales obligaron a ampliar el discurso oficial hacia un tibio consenso condenatorio que incluyera también la violencia de Estado, el foco sigue concentrado principalmente sobre la protesta violenta, la que es estigmatizada y estereotipada bajo signos de irracionalidad y perversidad, privando con ello cualquier posibilidad de comprensión y, sobre todo, excluyendo sistemáticamente los factores sociales que la producen. Parece importante, entonces, intentar comprender la violencia, alejándola de las simplificaciones que pesan sobre ella y que distorsionan irremediablemente su significado.

Hay que comenzar por un hecho irrefutable y es que, a pesar del horror que genera en la humanidad, la violencia está impregnada en lo social. De ahí que todas las sociedades humanas hayan albergado en su interior diversos niveles de violencia que, en general, se expresan en arreglos abusivos de una parte de la sociedad hacia otra; por ejemplo, violencia de hombres a mujeres o de ricos contra pobres, y de ahí que cada cierto tiempo las víctimas de esos sistemas se rebelen contra ellos. A pesar de esto, como nos lo recuerda el antropólogo Gerard Horta, la violencia no constituye una categoría universal, transcultural y transhistórica, sino que sus contenidos, significados y las instrumentalizaciones de que es objeto, son fruto de una construcción social que parte del contexto de relaciones en que afirma su existencia. Es decir, la violencia no se puede aplicar en el mismo sentido a todas las experiencias humanas y debe ser comprendida en relación a los contextos sociales de los que forma parte.

Un elemento central para considerar una práctica determinada como violenta o no es el grado de legitimidad con el que cuente en una sociedad dada. Su aceptación, por tanto, puede no ser uniforme a todas las sociedades o en el interior mismo de ellas. En este sentido, es importante distinguir qué institución, persona o grupo social etiqueta un acto como violencia, cómo cada ejecutor de la violencia afirma la legitimidad de su práctica y cómo esta se inscribe en las estructuras y relaciones de poder. Dado este escenario, es evidente que la desigualdad se encarna también en el ejercicio de la violencia. Talal Asad ha mostrado, por ejemplo, cómo en occidente existe la percepción de que la vida humana tiene un valor de cambio diferente en el mercado de la muerte: los muertos de sociedades empobrecidas obtienen menos atención que los muertos de sociedades enriquecidas y su infravalorada desaparición está lejos de ser considerada como violencia desde la ideología dominante.

En el caso del Octubre chileno, desde el primer día y hasta hoy, este tipo de elementos han estado presentes. Ha existido una escasa atención a las causas profundas de la violencia y una infortunada contextualización de la misma. Se ha instalado, asimismo, una disputa por la legitimidad de su ejercicio y una abismante diferencia en la valoración de lo que se considera como violento, con lo que aquella posición que señala que toda forma de violencia es condenable es, por lo menos, imprecisa.

Poderosos enemigos (...)

Artículo completo: 1 698 palabras.

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Claudio Espinoza A.

Universidad Academia de Humanismo Cristiano-CIIR

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