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Argelia, Egipto, Irak, Jordania, el Líbano, Sudán…

Las réplicas de la Primavera Árabe

ULos sismólogos conocen bien el fenómeno: las réplicas suelen ocasionar más daños que los terremotos que las preceden. La “Primavera Árabe” de 2011-2012 causó profundas fisuras en los sistemas autoritarios que gobiernan la región, lo que demuestra la potencia de los movimientos populares cuando logran quebrar el muro del miedo. La réplica más grande tuvo lugar en 2019, cuando una ola de protestas hizo tambalear a varios de los poderes instalados. La agitación actual en Argelia, en Egipto, en Irak, en Jordania, en el Líbano y en Sudán aparece como la amplificación lógica de la “Primavera Árabe”. Esto prueba una vez más que las sociedades implicadas, siempre confrontadas a la injusticia económica y política, se niegan a rendirse. Por supuesto, sus adversarios –los regímenes despóticos– también se mantienen determinados a conservar el poder; intentan adaptarse a la oposición para sobrevivir.

Los factores estructurales no cambiaron desde los levantamientos de 2011-2012, y es esto lo que engendra las réplicas. El primero de estos factores es la juventud. Un tercio de la población tiene menos de 15 años, otro tercio, entre 15 y 29 años. Durante el transcurso de la última década, el mundo árabe vio a su generación más joven, más importante en el plano demográfico y más instruida, convertirse en adultos. Esta generación se caracteriza también por su profunda inmersión en los medios sociales y por su manejo de las tecnologías en línea.

La segunda constante es económica. El desarrollo de la región sigue siendo anémico. Fuera de las ricas monarquías del Golfo, las tasas de desempleo y de pobreza empeoraron en la mayor parte de los Estados. Según el Banco Mundial, el 27% de los jóvenes árabes está desempleado, más que en cualquier otra región del mundo (1). El deseo de emigrar, principalmente por razones económicas, alcanzó niveles históricamente elevados. En el último informe 2018 del Barómetro árabe (2), un tercio o más de las personas interrogadas en Argelia, Irak, Jordania, Marruecos, Sudán y Túnez declararon querer dejar sus países. En Marruecos, el 70% de las personas de entre 18 y 29 años sueña con partir. Cínicos, los gobiernos no hacen gran cosa por contener esta hemorragia y se desentienden de la suerte de los jóvenes susceptibles de protestar contra su situación material.

La tercera causa estructural que alimenta el resentimiento general es la falta de progreso en el modo de gobernar. La ausencia de políticas y de prácticas democráticas –salvo en Túnez– se tradujo en una creciente marginalización de la población. Numerosos ciudadanos consideran que la corrupción es endémica y que las posibilidades de encontrar un empleo o de ser beneficiados por servicios eficaces pasan por favores y por la pertenencia a redes clientelistas, en detrimento de la excelencia meritocrática.

Lecciones aprendidas
Si las estructuras se mantienen fijas, el paisaje actual de la oposición incluye nuevas tendencias. En primer lugar, los movimientos populares comprendieron que derrocar al dirigente de turno no garantizaba un cambio de régimen, en particular, si las instituciones militares y securitarias mantienen el control sobre ámbitos reservados y si las reglas del juego político no cambian. De este modo, los manifestantes no están pidiendo elecciones anticipadas. Los activistas argelinos y sudaneses quieren evitar los errores de la revolución egipcia de 2011 (3) y reclaman que todos los componentes del sistema autoritario sean desmantelados.

Por otra parte, los manifestantes son más conscientes de las ventajas y los inconvenientes de las tecnologías de la información. En el pasado, las redes sociales permitían evitar la censura y escapar a la represión estatal. Hoy también permiten manifestar un compromiso y librar combates, ciertamente virtuales, pero permanentes, contra el Estado por medio de creaciones artísticas, del humor o de críticas feroces que apuntan a deslegitimar a los dirigentes y a las instituciones. Este tipo de disidencia se desarrolla particularmente en Argelia y en el Líbano –donde, sin embargo, los movimientos contestatarios no se olvidaron de invadir las calles–, pero también alcanza a países percibidos como más tranquilos por Occidente, por ejemplo Marruecos o Jordania. Las redes sociales en el mundo árabe pasaron del estatus de medios de evasión al de terreno de lucha entre el Estado y una parte de la sociedad. El inconveniente mayor para los manifestantes es que el poder también utiliza Internet y sus redes para difundir su propaganda y para identificar, y luego reprimir, a los opositores más activos.

Por último, los militantes se alejaron aún más de las grandes ideologías. La “Primavera Árabe” ya se caracterizaba por un desencanto con respecto a los grandes “ismos”: panarabismo, islamismo, socialismo, nacionalismo. A partir de entonces, los movimientos de masa ya no son sensibles a las promesas utópicas; prefieren los combates cotidianos destinados a mejorar el gobierno de sus Estados. La réplica del seísmo de 2011-2012 reforzó esta tendencia poniéndole fin al idilio filosófico con la democracia. Lo primero que piden las fuerzas de la oposición es el desmantelamiento de todas las estructuras de la antigua economía política que engendran desigualdades e injusticias. Las mujeres también desempeñan un rol más importante en los nuevos movimientos populares, por lo que la crítica radical contra el antiguo orden también apunta al patriarcado.

Por su parte, los regímenes autoritarios también aprendieron la lección de los sucesos de la década. Los destinos del ex presidente Zine El-Abidine Ben Ali en Túnez y de su homólogo Ahmad Ali Saleh en Yemen les mostraron que intentar evadir las propuestas más o menos democráticas era peligroso. Cuando los movimientos populares se enfrentan al sistema, la estrategia escogida por los poderes instalados ya no es tolerar la disidencia con la esperanza de que las muestras de buena voluntad les hagan ganar tiempo. La respuesta racional de los gobiernos es, al contrario, continuar con la represión.

Situaciones diversas
La suerte de los disidentes saudíes exiliados es representativa de los procesos extremos empleados frente a todo lo que represente una amenaza. Y el uso de esta violencia se vio reafirmado por una constatación de lo más cínica: los regímenes tienen asegurada la impunidad. La “comunidad internacional” bien puede fustigar las violaciones de los derechos humanos: las potencias extranjeras se ajustan al modo en que los Estados árabes tratan a la oposición democrática. El régimen del mariscal y presidente egipcio Abdel Fatah Al-Sissi, un preciado aliado de Occidente, no tuvo que rendir cuentas ni sobre el derrocamiento de un gobierno elegido y el asesinato de varias centenas de personas durante las manifestaciones en la plaza Rabia-El-Adaouïa en El Cairo, en 2013 (4), ni sobre la muerte en condiciones sospechosas del ex presidente Mohamed Morsi durante su proceso, en junio de 2019.

El asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi en el interior del consulado de su país en Estambul (5), el 2 de octubre de 2018, tampoco perturbó las relaciones entre Riad y el resto del mundo. En Siria, a pesar de la masacre de la guerra civil, Bachar Al-Assad sigue gobernando. En enero de 2011, la oferta de la ministra francesa de asuntos extranjeros, Michèle Alliot-Marie, de ayudar al régimen tunecino de Ben Ali había provocado un escándalo; por el contrario, cuando Francia dio apoyo en Libia a la mediación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) armando a las tropas del mariscal Khalifa Haftar, el asunto pasó casi inadvertido.

Sudán constituye un caso particular de réplica de la “Primavera Árabe”. Existe una posibilidad de que las negociaciones pacíficas abran el camino para la democracia, mientras que no es el caso en los demás (...)

Artículo completo: 3 947 palabras.

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Hicham Alaoui

Investigador en la Universidad de Harvard (Estados Unidos), autor de Diario de un príncipe desterrado, Península, Barcelona, 2014.

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