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El capitalismo del desastre

Hasta el próximo fin del mundo...

El arte de la prestidigitación consiste en orientar la atención del público para que no observe lo que tiene ante sus ojos. En el corazón de la epidemia de Covid-19, el juego de manos adoptó la forma de un gráfico con dos curvas, difundido por los televisores de todo el mundo. Como abscisa el tiempo; como ordenada la cantidad de casos severos de la enfermedad. Una primera curva en forma de puntas agudas presenta el impacto de la epidemia si no se hace nada: rompe la recta horizontal que indica las capacidades máximas de acogida de los hospitales. La segunda curva ilustra una situación donde las medidas de confinamiento permiten limitar la propagación. Débilmente abombada, como el caparazón de una tortuga, se desliza bajo el umbral fatídico.

Exhibido de Washington a París, pasando por Seúl, Roma o Dublín, el gráfico apunta a la urgencia: extender en el tiempo el ritmo del contagio para evitar la saturación de los servicios de salud. Cuando llaman la atención sobre las dos ondulaciones, los periodistas eluden un elemento importante: esa recta discreta, en el medio del gráfico, que representa la cantidad de camas disponibles para atender los casos graves. Presentado como un dato caído del cielo, ese “umbral crítico” se desprende de elecciones políticas.

Si hay que “achatar la curva” es porque, desde hace decenas de años, las políticas de austeridad redujeron la marca al despojar a los servicios de salud de sus capacidades de recepción. En 1980 Francia disponía de once camas de hospital (todos los servicios mezclados) cada mil habitantes. Hoy no hay más que seis, que en septiembre una ministra de Salud macronista proponía dejar libradas a la buena voluntad de los “bed managers” (administradores de camas), encargados de asignar ese recurso escaso. En Estados Unidos, las 7,9 camas por mil habitantes inventariadas en 1970 se reducen a 2,8 en 2016. Según la Organización Mundial de la Salud, Italia contaba con 922 camas dedicadas a los “casos serios” por 100.000 habitantes en 1980, contra 275 treinta años más tarde. En todas partes la misma consigna: reducir los costos. El hospital funcionará como una fábrica automotriz, en modo “justo a tiempo”. Resultado, el 6 de marzo pasado la Sociedad italiana de Anestesia Analgésica, Reanimación y Terapia Intensiva (SIAARTI) comparaba el trabajo de los médicos de urgencia transalpinos con “medicina de catástrofe”. Y alertaba: teniendo en cuenta “la falta de recursos”, “podría ser necesario establecer una edad límite para el acceso a la unidad de terapia intensiva”. “Medicina de guerra”: un término ahora corriente en el Gran Este de Francia.

Burocracia liberal
Así, la crisis del coronavirus depende tanto de la peligrosidad de la enfermedad como de la degradación organizada del sistema sanitario. Eternas cámaras de resonancia del credo contable, los grandes medios eludieron el examen crítico de esas elecciones para invitar a lectores y auditores a un vertiginoso debate filosófico: ¿cómo decidir a quién salvar y a quién dejar morir? Esta vez, sin embargo, será difícil ocultar la cuestión política detrás de un dilema ético. Porque la epidemia de Covid-19 descubre a los ojos de todos una organización económica todavía más aberrante de lo que nadie suponía. Mientras que algunas compañías aéreas hacían circular a sus aviones vacíos con el objeto de conservar sus franjas horarias, un investigador explicaba cómo la burocracia liberal había desalentado la investigación fundamental sobre los coronavirus. Como si fuera necesario salir de lo corriente para percibir su desarreglo, Marshall Burke, docente en Ciencia de los Ecosistemas en la Universidad de Stanford, observaba esta paradoja “La reducción de la contaminación del aire debida a la epidemia de Covid-19 en China probablemente salvó veinte veces el número de vidas perdidas debido a la enfermedad. No se trata tanto de inferir de esto que las pandemias son benéficas como de medir hasta qué punto nuestros sistemas económicos son malos para la salud. Incluso en ausencia de coronavirus”. El broche de oro de este viaje a Absurdilandia no se encontraba ni en el riesgo de escasez de medicamentos consecutivo a la deslocalización de las cadenas de producción, ni en la obstinación de los mercados financieros en penalizar a Italia cuando el gobierno tomaba sus primeras medidas sanitarias, sino puertas adentro de los hospitales. Instituida a mediados de los años 2000, la “tarifa por la actividad” (T2A) proporciona el financiamiento de los establecimientos por el número de los actos médicos realizados, facturados cada uno como en una tienda, más que en función de una planificación de las necesidades. De haber sido aplicado durante la crisis en curso, este principio del cuidado como mercancía importado de Estados Unidos pronto habría estrangulado a los establecimientos que recibían a los pacientes más afectados porque las formas críticas del Covid-19 exigen en primer lugar el establecimiento de una ventilación mecánica, acto costoso en tiempo pero menos remunerativo en la estructura de precios que cantidad de exámenes diferidos a causa de la epidemia…

La hora de la cuarentena
Un tiempo, el microbio que está en el origen de las más severas medidas de confinamiento nunca imaginadas en tiempos de paz pareció romper los marcos del espacio social: el banquero de Wall Street y el trabajador chino ¿no se veían repentinamente sometidos a la misma amenaza? Y luego el dinero recuperó sus derechos. Por una parte los confinados en los chalets que teletrabajan con los pies en la piscina; por la otra los invisibles de todos los días, personal sanitario, agentes de (...)

Artículo completo: 2 861 palabras.

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Renaud Lambert y Pierre Rimbert

Respectivamente, redactor en Jefe Adjunto y redactor de Le Monde diplomatique, París.

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