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Un desarrollo muy desigual

Marruecos: un callejón sin salida

La primera impresión acerca de Marruecos es engañosa, el crecimiento del PBI, la reducción del desempleo y la realización de grandes obras de infraestructura esconden la persistencia de grandes desigualdades y de un sistema de salud y educativo totalmente devastado. Tras veinte años de reinado, el propio Mohamed VI reconoce los límites del modelo que desarrolló.

¿Hacia dónde va Marruecos? Nadie conoce la respuesta a esta pregunta. Ni siquiera el rey Mohamed VI, quien reconoció oficialmente los límites de un modelo que, sin embargo, había asegurado en 1999 el pasaje del régimen del difunto Hasán II, su padre, al suyo (1). “El deber de claridad y de objetividad impone matizar [el] balance positivo, en la medida en que, desafortunadamente, los progresos y las realizaciones ya logrados no han tenido aún las repercusiones suficientes sobre el conjunto de la sociedad”, repetía una vez más el soberano en la víspera de la fiesta del trono, en julio de 2019 (2).

Este modelo es el de una monarquía omnipotente que asegura la promoción de una economía ultra liberal a través de los organismos públicos para la realización de proyectos espectaculares: la línea ferroviaria de gran velocidad (LGV) Casablanca– Tánger, la zona económica e industrial del Puerto Tanger Med, el Teatro Mohamed VI en Casablanca, nuevas autopistas, etc. Grandes proyectos que, ciertamente, seducen a nivel internacional, y que le permitieron al rey llegar a los 20 años de reinado sin que la prensa, incluso la francesa, manchara su imagen. Desde París o desde la ciudad de Rabat, el país sigue pareciendo un águila que (¡sin petróleo!) alcanza las cimas de la economía africana y se integra sin dificultad a las cadenas de valor mundiales, convirtiéndose, por ejemplo, en un productor de peso en los sectores del automóvil y la aeronáutica (3).

Detrás de la vidriera
Pero en Marruecos las ilusiones se evaporan como las capas freáticas bajo la doble sangría del turismo de masa y de la agricultura intensiva. En la estela del discurso pronunciado por el palacio, la teoría del goteo cedió su lugar a la crítica autorizada de una distribución insuficiente de la riqueza. En sus últimos informes, el Tribunal de Cuentas, el Banco Central y el Consejo Económico, Social y Ambiental (CESE) alertaron sobre los problemas estructurales del país. En apariencia, todo va bien: se prevé un crecimiento anual del Producto Bruto Interno (PBI) del 3,5% para el 2020 (4), el índice de los precios al consumidor es de + 0,6%, la tasa de desempleo fue del 9,2% en 2019 (9,8% en 2018) (5). A fines de octubre, ante un público nutrido de representantes internacionales (Alemania, Suiza, Banco Mundial, etc.), el primer ministro Saadeddine Othmani posaba con una sonrisa plena ante una inmensa torta adornada con una cifra: “53”, la posición de Marruecos en el ranking “Doing business” -o “índice de facilidad para hacer negocios”- 2020, establecido cada año por el Banco Mundial. El reino escaló siete puestos en esa clasificación (6).

Sin embargo, sólo una minoría tiene la suerte de recibir una parte de la torta. El Marruecos de Mohamed VI cambia de aspecto en cuanto se evocan los índices más importantes: una compilación de todos los factores que revelan el estado de una sociedad, el índice de desarrollo humano (IDH) establecido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) no miente: en 2019 (7), el país se ubicaba en el puesto 121 en la categoría “desarrollo humano medio”, muy por debajo de Argelia (82) y Túnez (97), que figuraban ambos en la categoría “desarrollo humano alto”. Motivo de irritación para la élite marroquí que, al elogiar los méritos del reino, suele insistir sobre las situaciones conflictivas de sus vecinos.

El puesto 121 traduce una realidad muy cruda. “Un 10% de los ciudadanos se encuentra en situación de pobreza extrema, total”, explica Taieb Aisse, especialista en desarrollo territorial que colabora con el gobierno actual, dominado por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD, con referencial islámico). “Es decir que no tienen nada. Ningún ingreso. ¡Es muy peligroso!”. Además de esta miseria absoluta, la clase media sufre también la brecha abismal entre lo que aquí se llama la “vidriera” y el país real.

Esconder la pobreza
Esta vidriera es bien visible cuando nos desplazamos hacia el norte del país. La estación Casa Voyageurs es tan luminosa como las de Rabat o Tánger. Pero, a través de las ventanillas del tren de gran velocidad (TGV) -lleno en sus tres cuartas partes- que circula a 314 kilómetros por hora a lo largo del océano, percibimos, desde los primeros minutos, vastas extensiones de tierra con viviendas de chapa, de hormigón o de cemento. Las autoridades vaciaron los barrios precarios emblemáticos, como el de de Sidi Moumen, foco de pobreza ubicado en las puertas de Casablanca que albergó a los terroristas autores de los atentados de 2003. Poco a poco, sus habitantes fueron reubicados en otros sectores, en grandes complejos, decenas de inmuebles idénticos de cinco pisos como máximo. Sin infraestructura ni transportes, estos barrios marginales construidos a las apuradas recuerdan las decisiones de la Francia de los años 50 y 60: sus barrios precarios nunca lograron reponerse. Aquí no se reabsorbe la pobreza, se la reubica, lejos de los centros y de los visitantes extranjeros.

El paseo de Tánger, que fue terminado el año pasado y bordea la playa, hizo desaparecer las viejas tabernas, expulsó a los merodeadores alcoholizados y a los traficantes de drogas diversas. Por la noche, las murallas iluminadas que bordean la medina ofrecen una vista única sobre la bahía de Gibraltar. Pero las preocupaciones de la población están en otra parte. “Marruecos es simple: no hay nada que hacer, el caos está en todas partes, incluso para retirar el más mínimo papel administrativo… Te tratan como a un insecto”, suspira Samira T., 30 años, docente en un colegio público de la ciudad. Su experiencia personal ilustra el retraso del país en uno de los factores que el PNUD tiene en cuenta para su clasificación: la educación.

“Enseñé cuatro años en un ambiente difícil, en Fnideq, una ciudad muy conservadora de la que salieron muchos hombres que se unieron al Estado Islámico. Cuando me trasladaron a Tánger, pensaba que mi vida cotidiana iba a mejorar. Pero no, al contrario: fue el verdadero inicio del infierno”. Dieciocho meses de depresión tratada con ansiolíticos, de los que a la mujer le cuesta mucho reponerse. “Sin embargo, el barrio no era particularmente pobre. Casi todos los alumnos tenían tablets. Pero las condiciones de enseñanza eran insoportables”, explica la docente que se prepara para dar ese día una clase de francés a 49 alumnos. Y esto, a cambio de 520 euros por mes. “Crecí en un pueblo perdido, desprovisto de todo. Pero al menos, con la escuela pública, teníamos la oportunidad de encontrar una salida. Hoy el nivel es muy bajo”. Las familias que pueden hacerlo se inclinan por las escuelas privadas que, sin embargo, tienen un nivel tan desigual como las públicas. Esta situación crítica fue señalada por numerosos informes, marroquíes e internacionales. Un estudio de la Revista internacional de educación de Sèvres considera “vital una reforma radical que permita al sistema educativo marroquí progresar y cumplir con su misión” (8). En diciembre de 2017, cuando acababa de ser nombrado jefe de gobierno, Othmani tomó una medida drástica: el fin de la gratuidad de la enseñanza superior. Una elección que no fue aceptada por el CESE. “La gente tiene que pagar dos veces: primero a través de los impuestos y después se ven obligados a acudir al (...)

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Pierre Puchot

Periodista.

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