En kioscos: Octubre 2021
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu
Artículo precedente: « La liberación de Buchenwald »
Siguiente artículo: « Viralidad y confinamiento »
>

El porqué de la arosa

Rojo profundo

Símbolo romántico por excelencia, la rosa oculta una cadena de producción dañina para el medio ambiente y la salud de quienes trabajan –por poco y nada– en sus plantaciones. Países como Etiopía, Kenia y Colombia sufren San Valentín y el fervor publicitario que trae aparejado esa fecha.

¿Qué es una rosa? ¿Una estrategia vegetal para incitar a los insectos a transportar el polen? ¿Una flor perfumada? ¿Un objeto de goce visual, fragmento de la naturaleza en medio del artificio urbano? Es en principio un producto que compramos para regalar; un símbolo de amor y de respeto que la industria publicitaria se dedica a fomentar en eventos como el Día de la Madre o San Valentín. Regalo listo para consumir y que no exige casi ningún cuidado por parte del destinatario, la rosa, una vez marchita, termina en la basura. Es ahí mismo donde hay que ponerla, y no en el compost, dada la carga química de sus tejidos y de su agua.

El ciclo de vida de una rosa empieza ocho años antes que un contenedor de basura la lleve al incinerador. En una rosaleda alemana, holandesa o francesa, los hibridadores cruzan pólenes y pistilos de diferentes plantas para unir sus características de resistencia, de forma y de productividad. Esta última se mide en cantidad de tallos por metro cuadrado, indicador crucial que, para una flor de supermercado cultivada a baja altitud, asciende a 240. La elección de las formas y de los colores depende mucho de la moda floral del momento, que se suma a la moda de la indumentaria. Así el sector renueva regularmente sus variedades. Como el gusto en los tomates industriales (1), el perfume de las rosas solo ocupa el último lugar en la lista de los criterios de calidad. “En la selección, la emoción está en segundo plano”, reconoce Matthias Meilland, importante hibridador francés. Este proceso desemboca en el ingreso de una patente, y luego la colocación en el mercado de la nueva variedad.

Un agricultor compra una variedad al precio de 1 dólar la planta, después paga 0,15 centavos de dólar de regalías por año. Le alcanza con algunas semanas al hibridador para llenar un invernadero: sobre la planta modelo, se corta un fragmento que se reconstituye sin reproducción sexuada, luego se repite esta reproducción por esquejes para obtener miles de clones. Cada cual está injertado en raíces que facilitan la adaptación al clima ecuatorial y lo vuelven menos sensible a las enfermedades.

Aunque la cultura de la rosa se remonta a la Antigüedad, fue en el siglo XIX cuando las técnicas de hibridación modelaron la rosa moderna, con sus flores carnosas y sus tallos rectos. Después de la guerra, siguió la industrialización agrícola, la mecanización, la revolución fitosanitaria. El sector se ponía a calentar sus invernaderos en invierno para producir variedades que, de otra manera, no crecerían bien en los climas europeos. Con el shock petrolero de los años 1970, este método se volvió menos rentable, de manera tal que nace una competencia en otros continentes. Los industriales apuestan entonces a los climas ecuatoriales, con mano de obra y tierras baratas, como en los Andes de Colombia y de Ecuador (alrededor de 15 dólares por día de trabajo en 2018). Unos diez años más tarde, los productores europeos invierten en las montañas de Kenia (3 ó 4 dólares por día) y de Etiopía (alrededor de 1 dólar por día), geográficamente más próximas a sus mercados consumidores.

Estos países cuentan con tres recursos esenciales: el clima, el agua y la mano de obra. Ubicadas cerca del Ecuador y en altura, las flores captan el máximo de radiaciones solares y se benefician de un clima regular a lo largo de todo el año, sin heladas ni canículas. Para maximizar estas radiaciones y controlar la atmósfera, los cultivos se realizan bajo invernaderos en los que la temperatura asciende a 35°C. Al principio, las explotaciones ocupaban tierras muy fértiles, pero, dado que estos monocultivos son propensos a muchas enfermedades, contraídas principalmente a través de las raíces, desde los años 2000 los rosales ya no crecen en el suelo, sino sobre un sustrato vegetal o sintético inerte.

A costa de todo
Las rosas beben mucho: de 7 a 13 litros de agua por pimpollo según los sistemas de cultivo. Y los millones de plantas drenan sedientas los recursos hídricos locales, e incluso nacionales. En especial porque, a menudo, los productores usan de manera gratuita el agua de los lagos o de las napas freáticas. Tanto la región de la sabana de Bogotá como los lagos de Kenia y de Etiopía (2) sufrieron así una doble crisis de agua: escasez para las poblaciones autóctonas y contaminación de las fuentes que afecta la salud humana y los ecosistemas. Movilizaciones locales y sus apoyos internacionales presionaron a las empresas para que cambiaran sus prácticas. Las compañías más importantes aseguran que la recuperación de las aguas de lluvia y la reutilización del agua usada dividen por dos el consumo. El riego y (...)

Artículo completo: 2 506 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de abril 2020
en venta en quioscos y en versión digital
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl

Adquiera los periódicos y libros digitales en:
www.editorialauncreemos.cl

Zulma Ramirez y Geoffrey Valadon

Colectivo La Rotative.

Compartir este artículo