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Viralidad y confinamiento

Es extraño ser un participante desarmado ante el ascenso de un cataclismo, y de lamentarse por ser un observador. Nos atraviesan pasiones contrarias. La indiferencia forzada y el miedo sin control: la primera llama a seguir como si no pasara nada, el segundo a vigilar y castigar todo movimiento prohibido.

Dejemos al valeroso personal sanitario (y a los especialistas en infectología, epidemiología y virología) determinar la medida de una y otra actitud. Siguiendo a Plinio el Viejo (23-79 a.C.) observando a la gente alejarse tranquilamente de la lluvia de cenizas sobre Pompeya bajo almohadones −las mascarillas de la época−, trabajemos más bien en señalar algunos aspectos que recorren nuestra “sociedad-mundo” presa de la matemática del contagio.

En un pasado reciente, pandemias con números equivalentes −como la “gripe rusa” de 1889 (que alcanzó a una de cada dos personas)− o peores −como la “gripe española” de 1918, que se cobró varias decenas de millones de muertos, o la “gripe asiática” de 1957− no provocaron ningún pánico ni mundial ni local. Pero, desde hace poco, la humanidad se deja conmover por peligros planetarios asociados a nuestras diversas desmesuras. ¿No hay ninguna relación entre la pesadez de esta angustia y el hecho de que una enfermedad comparable a las que sufrimos desde siempre pueda movilizar los combates hasta este punto? Habíamos sospechado en 1996 que la enfermedad de la vaca loca transmitida al cerebro del hombre representaba, vía las harinas animales que alimentan el ganado, el canibalismo impuesto a nuestros pobres bovinos (1), y por lo tanto un espectro de Cuando el destino nos alcance, esa película de Richard Fleischer (1973) en la que los jóvenes humanos sobreviven devorando la carne de los viejos. Trece años más tarde, la epidemia de la gripe H1N1 creó inquietudes sobre las manipulaciones posibles para una guerra bacteriológica (2).

No hay que ir a buscar lejos para el Covid-19. Todo lo que nos da miedo de este virus preexiste en la mundialización actualizada: incertidumbre y sospecha acerca de las causas, duda acerca de los efectos adversos, viralidad cada vez más rápida (virus informático −extraoficial y oficial como las cookies− o reacciones instantáneas de la bolsa en 2008), dificultad de las contramedidas, peligros incrementados de conflictos, de crisis económicas, de errores políticos, de cambios autoritarios del Estado de derecho, etcétera.

Pero, a diferencia de las mundialidades económica y tecnológica que se abren a tendencias poco reversibles, la rompiente actual evoluciona hacia una cura probable, a pesar de su tributo de muertos. Se cuestiona la elección del mejor recorrido, y no la finalidad del proceso de cura y de sus coerciones, eventualmente discutidas. Existiría así, en el fondo de la dramaturgia del virus, esta vez actuada por todos los humanos, un frágil optimismo que ignora la variante colapsológica del ecologismo. Esto sin hablar de un “beneficio” que sigue siendo tabú evocar: la reducción inmediata y (...)

Artículo completo: 1 481 palabras.

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Denis Duclos

Antropólogo, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS).

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