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La herencia que dejará la pandemia

De la crisis sanitaria a la era del control digital

Al no poder tratar el Covid-19, las autoridades públicas de muchos países llegan a considerar a los posibles portadores del virus –es decir, a todos– como una amenaza. Se abre la era del control digital de la población. Una bendición para la industria de la vigilancia y el complejo tecno-securitario.

En Australia Occidental, el gobernador tiene ahora autoridad para imponer brazaletes electrónicos a las personas potencialmente infectadas con coronavirus y puestas en aislamiento. En China, la temperatura corporal de los repartidores de comida aparece al mismo tiempo que su geolocalización en los smartphones de los destinatarios, a los que también se rastrea para evaluar su riesgo de contagio y así establecer un código de colores que condiciona el acceso a los lugares de trabajo, al transporte o a las zonas residenciales. Los policías chinos también están equipados con anteojos de realidad aumentada. Conectados a cámaras térmicas ubicadas en sus cascos, les permiten detectar a las personas con fiebre en medio de la multitud. Mediante una aplicación instalada en sus teléfonos móviles, los residentes polacos puestos en cuarentena deben autenticarse ante la policía enviando regularmente un autorretrato digital (selfie) tomado dentro de su casa. En Nueva Zelanda, la policía ha lanzado una plataforma digital de delación, en la que se invita a los ciudadanos a denunciar las infracciones a las medidas de confinamiento de las que fueran testigos.

A primera vista, existe aquí una paradoja: la principal respuesta de los Estados a una crisis sanitaria es securitaria. Incapaces por el momento de aplicar un tratamiento contra el virus, mal equipados con unidades de terapia intensiva, pruebas de detección y máscaras protectoras, los gobiernos están amenazando a sus propios pueblos –para protegerlos de sí mismos–. Pero la paradoja es sólo aparente. Porque a lo largo de los siglos, las epidemias han marcado episodios privilegiados en la transformación y amplificación del poder del Estado y la generalización de nuevas prácticas policiales, como el fichaje de la población.

Restricciones draconianas
Sin embargo, en nuestra imaginación la gestión securitaria de la salud pública parece arcaica. En efecto, el desarrollo de la medicina se cansó de augurar un continuo retroceso de las grandes epidemias y las perturbaciones políticas que se le asocian. Sin mencionar el rol que desempeña el capitalismo –mediante la destrucción de los hábitats, la agricultura industrial o la aceleración cada vez mayor de los flujos internacionales– en la propagación de los patógenos (1). Para contrarrestar el resurgimiento del riesgo de epidemia observado desde los años 1990, actores como la Organización Mundial de la Salud y la fundación del multimillonario William Gates han recurrido a algoritmos y al “big data” (2). El análisis masivo de datos prometía una detección más precoz de las enfermedades, lo que habría permitido a las autoridades anticipar su respuesta y prevenir las crisis (3).

Lamentablemente, estas tecnologías no ayudaron a prevenir el desastre pandémico del Covid-19. Así, abrumados por la crisis, los Estados se vieron obligados a imponer restricciones draconianas a una libertad que tenía siglos, a imagen de las medidas de confinamiento y otras cuarentenas que el historiador y demógrafo Patrice Bourdelais nos recuerda que fueron “sinónimo de regímenes totalitarios en el siglo XIX. La Inglaterra liberal propuso entonces un nuevo sistema de protección, basado en el examen médico a la llegada de los barcos, la internación de los enfermos en hospitales especiales y el seguimiento durante algunas semanas de los pasajeros que parecían gozar de buena salud. En esa época se comprometió la responsabilidad individual del enfermo que frecuentaba lugares o transportes públicos, lo que podía llevarlo a pagar una multa o pasar unos días en prisión” (4).

La vigilancia social
La alianza de la salud pública y la razón de Estado no es nueva. Pero en la era de la globalización, las infracciones a la libertad de movimiento ya no se aplican sólo a escala de ciudades, regiones o a lo largo de las rutas comerciales, sino a todo el planeta. Tomados por sorpresa, los líderes intentan un salto tecnológico y securitario, haciendo suyas las estrategias que las autoridades chinas han estado experimentando desde febrero. Ya sea modelando la propagación de la epidemia y los desplazamientos de la población, localizando a los individuos o rastreando sus interacciones sociales para detectar nuevos contagios, los Estados y sus socios privados legitiman dispositivos que hasta hoy estaban reservados al control social y a la identificación de los antisociales. Como resume Chen Weiyu, una joven de Shangai, antes del coronavirus “la vigilancia ya estaba en todas partes”; la epidemia sólo la ha hecho “aún más intensa” (5).

Si alguna vez se levanta este estado de excepción, los historiadores del período actual tal vez se sorprendan de que los gobiernos hayan pensado en obligar, o alentar en el caso de Francia, a toda la población a llevar (...)

Artículo completo: 2 468 palabras.

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Félix Tréguer

Investigador, miembro de La Quadrature du Net, autor de L’Utopie déchue. Une contre-histoire d’Internet, XV°-XXI° siècle, Fayard, París, 2019.

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