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Transformaciones que vienen tras la pandemia

Hacia una planificación ecológica

Descifrar los secretos del capitalismo fue uno de los grandes méritos de Martin Luther King. Se trata, decía él, del socialismo para los ricos y la libre empresa para los pobres. Esto puede verificarse en períodos normales: durante el transcurso de las últimas décadas, el Estado, por ejemplo, construyó un mercado de deudas públicas, regalando así, deliberadamente, a los operadores privados el control que ejercía sobre el crédito después de la Segunda Guerra Mundial (1). Pero es aun más cierto en períodos de crisis. Los planes de apoyo a la economía implementados tras el crack de 2008 se elevaban al 1,7 % del Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Por el coronavirus, Francia ya había desembolsado a principios de abril el equivalente al 2,6% de la riqueza producida cada año, cifra ampliamente superada por países como Estados Unidos (10%) o el Reino Unido (8%). Estos porcentajes sólo registran los primeros esfuerzos realizados por los Estados, nadie duda que van a seguir aumentando durante los próximos meses.

A estas medidas presupuestarias, deben sumarse las sumas titánicas desembolsadas por los bancos centrales. Contrariamente a sus homólogos japoneses o británicos, el Banco Central Europeo (BCE) se sigue negando a financiar directamente a los Estados, aunque se comprometió a comprar 1,12 billones de euros en títulos de mercado, de obligaciones públicas, pero también de deudas de multinacionales como BMW, Shell, Total, LVMH o Telefónica. Estas medidas complementan una serie de disposiciones que facilitan el acceso de los bancos a la liquidez. Rendirle honor al tótem de la estabilidad financiera significa que, en el punto más crítico de la crisis por el coronavirus, los fondos de inversión, los bancos y las grandes empresas, incluso las más contaminantes, serán los primeros beneficiarios de la ayuda de los poderes públicos. El “socialismo para los ricos” nunca fue tan protector.

Una dura batalla
Sin embargo, la gravedad de la crisis y el hecho de que impacta más en la economía “productiva” que en las finanzas, sacuden un poco la definición de Martin Luther King. En Estados Unidos, el Tesoro envía directamente cheques, bastante modestos, a los ciudadanos: es el principio de la moneda “helicóptero” (desde el cual se arrojarían los billetes), por el cual los bancos centrales subvencionan a los hogares y las empresas sin la mediación de los bancos y sin compensación. En Francia, a principios de abril, uno de cada cinco trabajadores se encontraba parcialmente desempleado y a cargo del Estado, una cifra que seguramente va a aumentar. El Observatorio Francés de las Coyunturas Económicas (OFCE) evalúa en más de 21.000 millones de euros el costo mensual de las disposiciones que les permiten a los trabajadores conservar una parte de su remuneración (2).

La pandemia dio lugar, una vez más, a la suspensión de la noche a la mañana de dogmas neoliberales que hasta ayer se presentaban como sagrados, entre los cuales se encuentran los criterios de convergencia de la zona euro. La idea de que los bancos centrales puedan “monetizar” las deudas públicas, es decir, hacerse cargo directamente de los gastos del Estado, es hoy un tema corriente de debate en el seno de las elites políticas y financieras. La batalla se anuncia dura, pero el “estado de excepción” ideológico actual ofrece una ocasión histórica de cortar el cordón entre el financiamiento de la economía y la propiedad privada del capital. En efecto, si (re)descubrimos que los bancos centrales pueden, dentro de los límites de las capacidades de producción de una economía dada, financiar los adelantos necesarios para la actividad, entonces, los mercados perderían su estatus de extorsionistas: ya no habría motivos para cortejar la confianza de los inversores ni legitimidad para las políticas de austeridad.

A no engañarse, el neoliberalismo está lejos de desaparecer. En Francia, por ejemplo, la timidez de las medidas en favor de los hogares más pobres indica que el gobierno mantiene un ejército de reserva a bajo costo para imponer un ajuste de los salarios con el objetivo de amortizar la crisis (3). No obstante, vemos surgir algunos brotes de una lógica económica diferente. Suele ser el caso en las coyunturas de crisis como los conflictos armados. Durante la Primera Guerra Mundial, París sufrió una penuria de carbón (4). El Estado se hizo cargo, entonces, de su producción y distribución. La subvención a los hogares se realizó según dos criterios: el tamaño de las viviendas y la cantidad de personas que vivían en ellas, a partir de los cuales se evaluaba la cantidad de carbón necesaria para la calefacción. El combustible dejó de ser distribuido sobre la base de sustentabilidad de los hogares para hacerlo en función de sus necesidades reales. Se pasó de un cálculo monetario a un cálculo material.

El Estado y el mercado
Ciertamente, la crisis del coronavirus es menos trágica que la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la lógica que está imperando es similar. Las máscaras de protección y los respiradores escasean cruelmente. Hoy nadie osa evocar su costo. Sólo importa una cosa: ¿cuántos se pueden producir y a qué velocidad? Las cantidades han reemplazado a los precios. La subordinación del mercado a las necesidades reales toma también la forma de requisas. Irlanda, modelo de neoliberalismo, no dudó en nacionalizar sus hospitales privados el tiempo que dure la crisis. Para acelerar la fabricación de respiradores artificiales, el propio Donald Trump invocó la Defense Production Act, una ley que se remonta a la Guerra de Corea (1950-1953), que autoriza al Presidente de Estados Unidos a obligar a las empresas a producir de manera prioritaria bienes que respondan al interés general. La emergencia revela las necesidades por sobre los mecanismos del mercado.

Las crisis conducen las sociedades a bifurcaciones. A menudo, las rutinas anteriores vuelven a imponerse en cuanto pasa la tormenta; éste fue más o menos el caso tras la caída financiera de 2008. Pero la crisis ofrece a veces la ocasión de comprometerse con otra lógica. Esta existe en estado potencial en la situación actual: privilegiar la satisfacción de las necesidades reales, en contra del mercado.

Sin embargo, la pandemia ligada al nuevo coronavirus puso en evidencia otra exigencia. El Covid-19 encuentra su origen en una interpenetración creciente de los mundos humanos y animales favorable a la circulación de los virus (5). Esta transformación es resultado a la vez de la destrucción de los ecosistemas, que conduce a animales portadores de enfermedades transmisibles a instalarse en las proximidades de las zonas de habitación humanas. Entonces, además de satisfacer las necesidades reales, una lógica económica alternativa tendrá que restablecer y respetar los equilibrios ambientales. ¿Su nombre? La planificación ecológica.
Esta última reposa sobre cinco pilares.

Ante todo, el primero: el control público del crédito y de la inversión. Se trata de imponer por medios legales el cese del financiamiento y luego el cierre de las industrias contaminantes. Este movimiento debe estar acompañado por inversiones masivas destinadas a la transición ecológica, las energías renovables y las infraestructuras limpias, principalmente, por medio del aislamiento en la construcción. Hay evaluaciones de cifras, por ejemplo, de la Asociación Négawatt (6). Pero también se trata de refundar y de ampliar los servicios públicos, esencialmente en los ámbitos de la educación, la salud, el transporte, el agua, el tratamiento de desechos, la energía y la comunicación, arruinados o destruidos por la lógica de mercado.

Descarbonizar la economía
En febrero de 2019, Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez presentaron su proyecto sobre el “nuevo acuerdo ecológico” (Green New Deal). Tomando como ejemplo el control político sobre la economía que impuso la administración de Franklin Delano Roosvelt en tiempos de la Gran Depresión de los años 1930, el proyecto propone “descarbonizar” la economía en diez años. Ya no hay tiempo para medidas tibias, la situación en el frente ambiental se agrava. Este programa tendrá que liberarse de las reglas de austeridad por las cuales los Estados se volvieron impotentes en materia ambiental. De todos modos, la crisis del coronavirus las hizo estallar en pedazos.

En el seno del capitalismo neoliberal, son los mercados, respaldados por los bancos y el sector financiero no regulado (shadow-banking), quienes hacen de cuartel general donde se decide la asignación de los recursos. La elección de invertir en un sector o actividad se funda en criterios de rentabilidad y solvencia, a excepción de la capa de maquillaje verde destinada a alimentar la sección “nuestros valores” de los sitios de Internet de las grandes compañías. Larry Fink, el patrón del fondo de inversión BlackRock, publicó en enero de 2020 una fuerte carta dirigida a los jefes de empresas (7). Allí, declaraba su voluntad de hacer de la “inversión sustentable” la línea directriz de su gestión de activos. La estrategia de “ecolavado” (greenwashing) por parte de un fondo que detenta participaciones masivas en el sector de los hidrocarburos (8) no se le escapó a nadie. Incluso suponiendo que la intención era seria, la inversión sólo sería “sustentable” si se sustrajera a la lógica de la competencia, cortoplacista por naturaleza.

Es necesario desarmar este poder centralizado de las finanzas privadas. La inversión en la transición tendrá que ajustarse a un control democrático en todas las instancias de toma de decisiones. François Mauroy, consejero del gobierno de Pierre Mauroy en la época de las nacionalizaciones de 1981-1982 y miembro del consejo general del Banco de Francia, propone: “Los poderes elegidos deben ocupar el lugar central en la decisión (...)

Artículo completo: 4 861 palabras.

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Cédric Durand y Razmig Keucheyan

Respectivamente, profesor de Economía en la Universidad París 13 y profesor titular de Sociología en la Universidad de Bordeaux.

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