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En Florida, “resiliencia” y gentrificación climática

Los nuevos vicios de Miami

En las estanterías de las tiendas de recuerdos de Miami Beach abundan unas tazas estampadas con un planisferio: si se vierte agua caliente en el interior, Florida desaparece del mapa. Aquí, ya no cabe negar la realidad. Los autobuses que cruzan Miami van rotulados con el lema “El cambio climático es real”. La prensa local trata profusamente el tema, hasta el punto de que el periódico The Miami Herald creó un apartado dedicado en exclusiva a este hace dos años. El gobernador republicano de Florida, Ron DeSantis, otrora “climato-escéptico”, contrató el año pasado a científicos y asesores en “resiliencia” para preparar la península a los “impactos del cambio climático”. El nivel del mar ha subido 7 centímetros desde 1992, pero la dinámica se ha acelerado en los últimos 15 años. El agua podría subir hasta 86 centímetros de aquí a 2060. Y, por una vez, no están a salvo los millonarios que viven en mansiones frente a la playa en Miami Beach o cerca de ahí, en Fisher Island, Star Island o en Indian Creek. Entre los potenciales refugiados climáticos de lujo está el propio presidente de Estados Unidos, cuyo club privado Mar-a-Lago, en Palm Beach, se prevé que sea anegado bajo 30 centímetros de agua, de aquí a 2050, durante 210 días al año.

De modo que, en Miami, el cambio climático no solo se ve como un riesgo futuro: sus consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana. Florida, una antigua zona pantanosa que escasamente supera el nivel del océano Atlántico, es el estado americano más vulnerable a las inundaciones, cada vez más frecuentes. El mar sube aquí más rápido que en otros lugares y las mareas, más fuertes que antes, son especialmente destructivas durante la temporada de las king tides, las mareas gigantes de otoño. Durante estas, las tuberías de drenaje desembocan bajo el nivel del mar, por lo que el agua salada se cuela en el sistema de desagüe y, junto con las aguas residuales, refluye por las alcantarillas, sumergiendo durante días carreteras y aparcamientos subterráneos. En 2016, la foto de un pulpo varado en un estacionamiento de Miami Beach quedó grabada en la memoria de los habitantes. Este fenómeno reciente ha sido denominado “sunny day flooding” (“inundación de día soleado”) porque ocurre incluso sin que llueva. En algunas islas de los Cayos de Florida, el archipiélago que se extiende al sur de Miami, las inundaciones en 2019 duraron 90 días seguidos; un récord.

Aguas contaminadas
Otra desventaja geológica: compuesto de limo poroso, el subsuelo de la región es una verdadera esponja, lo cual constituye una notable diferencia respecto a otras ciudades costeras como Nueva Orleans o Nueva York. Como consecuencia, la expansión del océano también penetra en las reservas de agua dulce de los acuíferos y en las fosas sépticas de la ciudad. Contra este fenómeno, los diques cada vez más altos levantados por el consistorio no sirven de nada. En Hallandale Beach, el agua salada ya ha contaminado cinco pozos de agua dulce. En otros lugares, amenaza con matar la vegetación intolerante a la sal, especialmente las palmeras, que proporcionan una sombra muy apreciable. Sedientos antes que mojados: ese podría ser, en otras palabras, el destino que espera a los habitantes. En cuanto a los huracanes, que regularmente barren esta región tropical, ya son más violentos y más largos debido al calentamiento de la superficie del océano. La devastación material dejada por el huracán Irma en 2017 es prueba de ello.

“Lo que se teme a corto plazo es la combinación de huracán y marea alta, como ocurrió con el huracán Sandy en 2012 –nos aclara David Letson, un economista que estudia los comportamientos de evacuación, y que reside en el pueblo de Key Biscayne, una isla al sur de Miami Beach–. Mi esposa y yo llevamos 25 años viviendo en nuestra casa y estamos empezando a preocuparnos por su valor y por el tiempo que podremos aguantar. ¡Y eso que no somos lo suficientemente ricos para estar en primera línea junto al mar! Mi vecino está considerando elevar la altura de su casa, pero resulta muy caro, por lo menos 100.000 dólares. De ahí el dilema: al invertir para proteger su casa, uno aumenta el valor de lo que expone a unas intemperies aún más poderosas, que fatalmente terminarán por llegar. Tarde o temprano, habrá que emprender la retirada”.

Philipe Stoddard, alcalde de South Miami, uno de los 34 municipios del condado de Miami, es uno de los pocos representantes electos que pronuncia las palabras “marcha voluntaria”. “Pocos líderes políticos están dispuestos a decirle la verdad a la gente –nos explica–. La renta media en Miami es de 50.000 dólares. No tenemos recursos para financiar la infraestructura que se necesitaría si se quiere adaptar la zona a la crecida del nivel de las aguas en las próximas décadas. La Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) tiene un presupuesto nacional de 125 millones de dólares. ¡Solo en mi pequeña ciudad de 13.000 habitantes, nos costaría 75 millones de dólares reemplazar las fosas sépticas defectuosas por un sistema de alcantarillado municipal! Hay que decirle a la gente que es hora de pensar en abandonar la zona, mientras aún hay tiempo para organizarse tranquilamente”.

Zonas vulnerables
Algunos no tuvieron tiempo de prepararse. En el archipiélago de los Cayos, la destrucción causada por el huracán Irma forzó la marcha de varios centenares de personas. En teoría, la FEMA ofrece comprar a sus propietarios algunas casas en zonas vulnerables, para poder declarar estas tierras no edificables y poner fin al ciclo infernal de destrucción y reconstrucción. Pero el proceso administrativo es largo, cinco años de media. Y, por encima de todo, “FEMA no tiene en absoluto dinero suficiente para comprar las casas de todos los que deberían irse”, insiste Stoddard.

El alcalde de South Miami no es el único que aboga por dejar la zona. En términos más contenidos y técnicos, el asesor en gestión de patrimonio Mark Singer insta a los clientes a “reducir su exposición”. En el pasado, explica, “ser dueño de tu casa era la inversión más segura. Pero eso ya se acabó. El calentamiento global no es cíclico como el mercado de valores, a no ser que esperes a la próxima Edad de Hielo”. Tiene un vívido recuerdo de la primera vez que vio salir agua por las alcantarillas sin que estuviera lloviendo. “Los promotores que construyen en el frente marítimo se mueven en un horizonte de 3 a 4 años, pero yo tengo una relación a largo plazo con mis clientes, que empiezan a preocuparse por la subida del nivel del agua. Tarde o temprano, las compañías de seguros aumentarán drásticamente las tarifas, los bancos no querrán seguir prestando a 30 años y no podrán vender sus casas”.

Así las cosas, a quienes conocen esta temática no se les ha escapado que algunos barrios a pocos kilómetros del mar se situaban algo más altos. Lejos del postureo y del frenesí turístico de Miami Beach está West Coconut Grove. Esta antigua zona residencial, originalmente poblada por inmigrantes de las Bahamas, alcanza los 3 metros de altura. Tres escasos metros que lo cambian todo, especialmente si se compara con Miami Beach, donde la mayoría de los edificios apenas levantan entre 60 y 120 centímetros sobre el nivel del mar. Estas pequeñas casas de madera rectangulares y estrechas características de las construcciones antillanas, conocidas como shotgun, puede que no tengan vistas al mar, pero nunca se inundan. El reverendo Nathaniel Robinson, que oficia en la Iglesia Metodista Episcopal Africana del barrio, elogia la robustez de estas viejas casas de planta baja, capaces de resistir los huracanes. “Basta con abrir puertas y ventanas y la casa respira –explica–. El viento atraviesa la casa, no la derriba”. Y señalando una humilde y desmejorada casita blanca, presume de que “esta sobrevivió hasta al [huracán] Andrew en 1992”.

Especulación inmobiliaria
¿Pero sobrevivirá a los promotores? “Los agentes inmobiliarios me mandan cartas y me llaman cada semana para que me anime a vender”, cuenta Thaddeusq Scott, un jardinero “semijubilado” de 63 años que vive en el barrio desde que era un niño. Hace diez años, se compró una casa por 130.000 dólares, solicitando un préstamo a 30 años. Sigue aguantando, pero se siente cada vez más solo conforme los inversores van comprando y derribando las casas vecinas para edificar imponentes residencias cuadradas y blancas de depurado estilo. Describe la aparición de un centenar de estos lujosos “terrones de azúcar” que sobresalen sobre (...)

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Laura Raim

Periodista.

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