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Hacia un futuro en común

Reinventar la humanidad…

Aparece una nueva sensibilidad, activada por los estragos ecológicos y los atolladeros del “sistema”: el rechazo a la dominación humana sobre la naturaleza. ¿Puede inscribirse esta iniciativa de refundación antropológica en un proceso político de emancipación colectiva?

En su último espectáculo, G 5, la coreógrafa Rocio Berenguer propone la “primera legislación mundial interespecie” a fin de asegurar el futuro de la vida. Convencida de que “cierta arrogancia que existe a la hora de concebir al ser humano está quebrándose a la fuerza”, pretende así contribuir a la apertura de “un nuevo campo de posibilidades” (1). En la misma línea, desde la Scène Nationale de Besanzón programaron un ciclo de obras de teatro, películas y conferencias, en cuya presentación plantea la pregunta: “¿Y si el combate entre los que son conscientes de pertenecer a la Tierra y los que se imaginan que el planeta les pertenece hubiese durado más de la cuenta? ¿Y si el arte pudiese retejer esos lazos rotos y nos permitiera reapropriarnos de un futuro en común?”. El escritor de ciencia ficción Alain Damasio insiste también: “El desafío principal son los lazos”. Acto seguido, recalca la importancia del “entretejido exterior con el mundo animal, vegetal y la naturaleza” (2).

Estos anhelos, estos cuestionamientos acerca de la alteridad, de la igualdad y de la ruptura entre lo humano y el resto del mundo, así como las maneras de responder ante ellos, surgen con tanta fuerza al constatar que estamos en el Antropoceno. Es una noción reciente, de hace unos veinte años; sin embargo, su significado se ha popularizado ampliamente: señala el comienzo de una nueva era geológica, la nuestra, en la que los humanos y sus quehaceres se han convertido en el principal motor de los cambios que afectan a los ecosistemas del planeta. Este análisis, a la vez que aumenta la preocupación por el clima y el medio ambiente, ha hecho que aparezca una nueva sensibilidad con respecto al lugar que ocupa el ser humano, antaño celebrado “como amo y señor de la Naturaleza” y hoy a menudo reducido a su capacidad de destrucción, y ha suscitado la necesidad de inventar otra manera de habitar el mundo y de llevar un “buen vivir”.

Futuro en común
De esta manera, son muchos los movimientos que aúnan, con distintos enfoques, el rechazo a un sistema antropocéntrico, a menudo considerado como característico de Occidente y de su manera de concebir la modernidad, asociada al capitalismo, y la búsqueda de una moral activa que frene unas opresiones tan enquistadas bajo el peso de una ideología secular que han acabado por parecer naturales. Estos planteamientos, que a menudo se entrecruzan, van de los zadistas (3) a los defensores de los cuidados, de los antiespecistas que rehúsan la primacía de la especie humana sobre las demás a las ecofeministas que ligan la destrucción de la naturaleza con la opresión de las mujeres, etc. Ponen de manifiesto la importancia de los lazos entre los seres vivos y cuestionan las condiciones de posibilidad de un futuro en común. Lo que pasaría por restablecer esos lazos, suscitando así una relación totalmente distinta con lo que es: liberadora, equitativa, fraternal. Esta tensión hacia un mundo por fin movido por la benevolencia –un término muy de moda–, la apertura al otro, la solidaridad, no la encontramos solo en los grupos de activistas, sino que está operando de manera evidente sobre una sociedad preocupada, expuesta a desigualdades y concienciada frente a las amenazas tanto medioambientales como sociales.

En oposición al darwinismo social
Actualmente, son numerosos los intelectuales, antropólogos, filósofos y científicos –desde la feminista estadounidense Donna Haraway, historiadora de las ciencias, hasta el colapsólogo Pablo Servigne, ingeniero agrónomo, y desde el antropólogo Philippe Descola hasta el sociólogo Alain Caillé o el filósofo Bruno Latour– que dan voz a una concepción de lo humano que respalda esta necesidad difusa.

No se trata, en esta iniciativa de refundación ideológica, de contentarse con fustigar al homo œconomicus, sino de reconsiderar cuáles son las capacidades de la especie para instaurar una nueva constelación de valores. A partir de esta aseveración de “la interdependencia” se afirma una nueva ontología. La biología establece que los fundamentos de la vida son “las interrelaciones, la diversidad, la cooperación, la homeostasis y la simbiosis”, según el filósofo australiano Glenn Albrecht (4), y desde las bacterias hasta las plantas, es el conjunto de los seres vivos el que hace posible la vida humana. Es decir, “la vida es una empresa cooperativa”. Esta interdependencia, esta “interconexión”, reconocida por fin, invita a “reparar e idear alianzas”, en “una suerte de compromiso con las demás criaturas y organismos (las plantas, los animales, los microbios)” para (...)

Artículo completo: 2 431 palabras.

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Evelyne Pieiller

Escritora.

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