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Las ambigüedades de la acción humanitaria

Tomar el mundo sin cambiar el poder

La acción humanitaria, esencial para la supervivencia de millones de personas de todo el mundo -refugiadas, desplazadas, hambrientas, enfermas, etc.-, amasa miles de millones de dólares cada año. Frente a los Estados, a las asociaciones y a los particulares, a menudo constituye un verdadero poder capaz de imponer sus elecciones y sus normas. Y las víctimas no siempre salen ganando.

En diez años, la cantidad de dinero destinada a financiar la acción humanitaria a escala mundial se ha quintuplicado, y actualmente se sitúa en los 26.300 millones de euros anuales (1). Este crecimiento económico viene de la mano de la proliferación de estructuras, desde la asociación local impulsada por unos cuantos voluntarios hasta la organización no gubernamental internacional (ONGI), pasando por las agencias y los programas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Aun así, la disparidad entre los fondos disponibles y las necesidades no para de acrecentarse, sobre todo debido a la intensificación de las crisis, tales como los conflictos armados, las catástrofes relacionadas con el cambio climático y la urbanización acelerada, que afectan a más individuos durante un periodo de tiempo más prolongado. Se estima que, en 2018, el número de víctimas por catástrofes se situó en los 206 millones.

Pero dicha divergencia también se debe a las disfunciones propias de la ayuda internacional, que le impiden alcanzar sus objetivos. Algunos de estos desajustes son la falta de coordinación, la ignorancia de los ámbitos de intervención o las evasivas de los agentes locales. Si bien hace tiempo que estas irregularidades se conocen y fueron identificadas, se repiten de forma sistémica, operación tras operación (2). Los típicos argumentos que se aportan para justificar dichas anomalías (la obligación de actuar urgentemente, la rápida renovación de la plantilla o la ausencia de una memoria institucional) esconden causas estructurales, entre las que se sitúa en primer lugar la asimetría de las relaciones entre los agentes.

Concentración de donantes
En efecto, en 2017, los dos tercios de la financiación humanitaria mundial fueron adjudicados únicamente a doce ONGI (entre ellas, Save the Children, International Rescue Committee, Médicos Sin Fronteras, Oxfam y World Vision) e instituciones de la ONU (3), esto es, veintidós veces más que a los operadores nacionales y locales (4). Por consiguiente, algunos organismos internacionales se benefician del maná que se concentra en el Norte, en Estados Unidos, la Unión Europea, algunos países del Viejo Continente, los cuales son, de lejos, los principales donantes. No obstante, desde hace algunos años, Turquía, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en colaboradores relevantes, hasta el punto de encontrarse entre los veinte primeros países proveedores. Aunque todo esto forma parte de una estrategia que estos Estados usan para reorganizar sus posiciones en la escena regional e internacional, en un contexto marcado por la guerra de Siria y Yemen.

La asistencia humanitaria se forma desde “la cima”, a partir de sus donantes y financiadores, ante los cuales hay que rendir cuentas. Además, ellos son los que deciden, en la práctica, las prioridades y los lugares de actuación. La manera en la que se desenvuelve la intervención –de carácter urgente–, el uso del inglés o la convergencia de los perfiles sociológicos y los códigos culturales del personal “sin fronteras” refuerzan esta dinámica, la cual llega a su máximo esplendor a costa de los agentes locales y, mediante estos, de las víctimas. De los 2.400 millones de dólares recaudados por la ONU a raíz del terremoto de 2010, las organizaciones no gubernamentales (ONG) y el Gobierno de Haití solo recibieron, de forma directa, una ínfima parte: el 0,4 y el 1%, respectivamente. De esta manera, los haitianos se vieron limitados a adoptar la función de meros subcontratistas de una reconstrucción mundial guiada de forma remota. Este es un caso extremo, pero no aislado, ya que los Estados del Norte financian sus proyectos principalmente a través de sus ONG. Las capacidades de las entidades locales, consideradas insuficientes en relación con los requisitos contables y burocráticos impuestos por las instituciones de los países del primer mundo, son depreciadas, si no desdeñadas: apenas perciben el 3% de la ayuda directa.

Siendo conscientes de esta asimetría, los principales financiadores y organizaciones, que se reunieron en Estambul con motivo de la Primera Cumbre Humanitaria Mundial, celebrada el 23 y 24 de mayo de 2016, se comprometieron a asignar una cuarta parte de los fondos a las organizaciones locales y nacionales, a las cuales se transferirían las subvenciones “tan directamente como fuera posible” (principio de “localización”) de cara al 2020. Esta decisión se explica en parte por los resultados que se obtuvieron en una encuesta realizada años atrás, (...)

Artículo completo: 2 442 palabras.

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Frédéric Thomas

Politólogo, investigador en el CETRI (Centre Tricontinental) y profesor titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Lieja.

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