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Incertidumbre y certezas

El Covid-19 circula esencialmente por las mismas rutas que circulan las finanzas, las mercancías y el turismo. El virus no se mueve solo, lo mueve una humanidad dispareja en condiciones de vida y de salud y, en cada país, por decisiones políticas omitidas o realizadas. Pero tendrá término. Ahora bien, si se sale de la situación actual mediante la reiteración de las ideologías y decisiones que nos han llevado a ella, la actual crisis puede dar lugar a una segunda fase, más larga y profunda, de tipo ambiental.

La experiencia que vivió América en los siglo XVI y XVII enseña que en muchas encomiendas –eje económico de la Colonia- hubo una disminución de mano de obra debida a la importación de enfermedades. En algunos lugares de América eso puso en peligro la explotación de las tierras conquistadas y contribuyó al incremento de la esclavitud. Una peste puede transformar el mundo: que sea en un sentido favorable o negativo no depende solo de situaciones biológico-médicas, sino de opciones políticas. Ni en siglo XVI España dominó a América tras haberla conquistado militarmente –siempre hubo resistencia, directa o indirecta- ni en la actualidad se ha logrado el control de la naturaleza, como pretendía la filosofía política que dio lugar a las teorías del progreso. Los efectos de la actual pandemia y del cambio climático muestran el fracaso de estas teorías, que suponían que las tierras lejanas y la naturaleza serían controladas gracias a la asociación de capital y tecnología. Hoy, no sabemos qué nos depara el futuro, pero la incertidumbre tiene límites y no es absoluta.

Hemos aprendido, por ejemplo, que el Covid-19 es una situación biológica, pero que su transformación en pandemia o peste es la combinación de dicha condición biológica junto con su difusión masiva. El contagio tuvo lugar principalmente por dar prioridad al “crecimiento” económico antes que a la salud o las condiciones ambientales. Hemos aprendido, también, que la disminución de actividad en muchas ciudades ha generado, junto a la inquietud debida a su origen trágico, dos hechos positivos. El primero, la reducción de la contaminación atmosférica y, en consecuencia, la disminución de numerosas enfermedades ligadas a la calidad del aire y al ruido, lo que rebaja de dolencias respiratorias, de la hipertensión y de otras muchas enfermedades. Además, la contaminación atmosférica no es portadora del Covid-19, pero sí multiplica su letalidad al producir enfermedades que incrementan la vulnerabilidad de los infectados. El segundo hecho es que la disminución de actividad económica permite desacelerar la vida y experimentar que se puede vivir con menos consumo, a condición de mantener el trabajo y no ser sobre explotado. La tragedia no son solo los contagios y muerte que están detrás de la disminución de la actividad económica, sino el desempleo, con todo lo que trae consigo, y la restricción de libertades.

¿Y si se pudiera vivir en ciudades con el aire limpio, menos ruidos urbanos y menos contaminación industrial pero no al precio de la pandemia y con escasa cesantía?

Si las ciudades lograran permanentemente la descontaminación atmosférica y la disminución de ruidos se produciría uno de los mayores y más positivos cambios de la (...)

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Hernán Neira

Escritor y profesor de la Universidad de Santiago de Chile.
www.neira.cl

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