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Sospechas sobre las cifras de la crisis

Las contradicciones de la potencia china

Mientras Estados Unidos está sumergido por la crisis sanitaria, Donald Trump y su gobierno apuntan con el dedo a China, acusándola de haber minimizado la gravedad de la epidemia e impulsan, secundados por Australia, una investigación internacional, denunciando a la Organización Mundial de la Salud (OMS), cuyo director es acusado de indulgencia y complicidad con Pekín.

Para comprender la polémica, la temporalidad de los acontecimientos es crucial. Los primeros casos comprobados se remontan a noviembre de 2019, y desde comienzos de diciembre varios médicos hicieron sonar la alarma a costa de arrestos e intimidaciones. A fines de ese mes, China dejó constancia, por primera vez, de un nuevo virus aparecido en Wuhan en un mercado de animales teóricamente prohibidos para el consumo. El 5 de enero de 2020, la OMS indicó que, según las informaciones chinas, “no fue señalada ninguna prueba de transmisión interhumana significativa ni infección alguna por agentes de salud”. Habría que esperar hasta el 15 de enero para que señalara la transmisibilidad del virus al hombre, justo en el momento en que un laboratorio chino compartía con la comunidad científica la secuencia genética del SARS-CoV-2. Muy curiosamente, el laboratorio fue cerrado al día siguiente de esa publicación.

El 22 de enero todo se aceleró en China, con el cierre autoritario de la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan. El confinamiento involucró posteriormente al conjunto del país, pero los proyectores siguieron dirigidos a esa provincia. Los individuos fueron recluidos en sus casas con el objeto de ralentizar, y luego detener, la expansión de la epidemia. En esa fecha, la OMS no declaró la emergencia de salud pública de alcance internacional: entonces no había más que 11 casos fuera de China, lo que explica esa decisión. El 24 de enero recomendó el establecimiento de procedimientos de tests en todos los países donde aparecían casos. El mismo día Xi Jinping, en un discurso, reconoció la gravedad de la situación. Discurso recibido por un tuit de Trump en el que reconocía “los esfuerzos de China y su transparencia” (1). El 31 de enero, cuando el balance chino expuso 10.000 personas contagiadas y 213 defunciones, la OMS declaró “la emergencia internacional”, un hecho rarísimo puesto que desde su creación, el 7 de abril de 1948, solo lo había establecido cinco veces: para la gripe H1N1 (2009), la poliomielitis (2014), el virus Zika (2016), el Ebola (en 2016, luego otra vez en 2019). Hubo que esperar hasta el 10 de febrero para que envíe sobre el terreno un equipo, compuesto por expertos de diversas nacionalidades (Alemania, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón, Nigeria, Singapur y Rusia) (2).

Desde entonces, Estados Unidos no dejó de potenciar su acusación contra la OMS. Tras un período de relativo silencio, esta contraataca asegurando, a fines de abril, haber advertido a los países de la emergencia sanitaria “en el momento oportuno”, y lanzó un proyecto de colaboración mundial (ACT- Accelerator) con el compromiso común de “garantizar que todos tengan acceso a todos los instrumentos que apunten a triunfar sobre el Covid-19” (3). Antonio Guterres, secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, manifestó su apoyo: “No se necesita una vacuna o tratamientos para un país o una región o la mitad del mundo” (4). Otra de las tantas declaraciones que resuenan como respuesta a la voluntad manifiesta por Trump de otorgarse la exclusividad de vacunas prometedoras.

Un sistema jerárquico y dispar
¿Tendría que haber reaccionado la Organización de otra manera, o más rápidamente? Por sus reglas, ella es dependiente de las cifras chinas y de su eventual manipulación. Frente a lo que se observa a través del mundo a mediados de mayo (más de 300.000 fallecimientos), ¿es realista que el número oficial de muertes chinas no sea sino de 4.633? Varios parámetros entran en juego. En primer lugar, conocer los datos reales siempre es problemático. Cualquiera que fuese el lugar, cualquiera que fuese la epidemia (la gripe, por ejemplo), las “verdaderas” cifras no pueden calcularse sino retrospectivamente. Cuando una persona muere en el hospital, en función de sus comorbilidades, la asignación de su deceso a tal o cual causa siempre es complicada. Cuando se trata de defunción fuera de la estructura hospitalaria, determinar su causa se vuelve todavía más complejo, sin que necesariamente haya una voluntad de engañar.

El acceso a la atención médica también desempeña un papel. Si bien en la primera década que siguió a la epidemia del síndrome respiratorio agudo severo (SARS, 2003) se establecieron seguros de enfermedad públicos que cubrían casi a la totalidad de la población, el sistema quedó marcado por una oferta de cobertura de proximidad de calidad insuficiente y saldos no cubiertos muy significativos, que excluían a una (...)

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Carine Milcent

Investigadora en el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), profesora en la Escuela Económica de París, autora de Health Reform in China: from violence to digital healthcare, Palgrave McMillan, Londres, 2018.

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