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Bienvenidos a la sociedad sin contacto

Trabajo, familia y wifi

Los gigantes digitales difícilmente imaginaban que algún día podrían llevar a cabo un ensayo a escala real de su visión de la sociedad justificado por motivos sanitarios. Sin embargo, durante semanas, tanto productores como consumidores han tenido que resolver todas sus gestiones a través de la pantalla. Hasta cuando se trataba de la escuela, el ocio y la sanidad.

Buenas noticias en el telediario de las 20 horas de France 2 este 6 de mayo de 2020. En el quincuagésimo día de confinamiento en Francia, mientras la escasez de equipamientos sanitarios golpea al país en plena pandemia de la Covid-19, la alcaldía de París anuncia que finalmente distribuirá de manera gratuita mascarillas a través de las 906 farmacias de la capital. Con una condición, avisa Anne-Sophie Lapix, la presentadora del informativo: los parisinos tendrán que “registrarse en Internet”, descargar un cupón e imprimirlo o mostrarlo directamente en la pantalla de su móvil en la farmacia para conseguir dichas mascarillas, obligatorias en los transportes públicos. Lo que avanzaba con la rapidez de un caballo al galope antes de la pandemia progresa ahora con la de los vientos de un tifón, transportándonos a un mundo totalmente mediatizado por Internet. Un experimento a escala real de un mundo sin contacto. Ayer, Internet era preciso para el derecho al subsidio de desempleo, la obtención del carné de identidad, el permiso de residencia o la documentación del auto; ahora, lo es para el derecho a un equipamiento sanitario básico, pero también para el trabajo, la salud, el ocio, la educación y hasta la familia.

Según Médiamétrie, entre el 17 y el 31 de marzo de 2020, el tiempo diario de navegación digital de los franceses fue de 2 horas y 50 minutos, lo que representa un aumento del 36% respecto a marzo de 2019 (4 horas y 41 minutos de media en el caso de la televisión entre el 17 de marzo y el 26 de abril, lo que representa un aumento de más de un tercio en un año). Ya se trate de profesores conminados a enseñar a distancia, de médicos que, en contra de su voluntad, practican la teleconsulta, de ejecutivos que se refocilan –o no– en sus zapatillas de andar por casa de teletrabajador o de equipos directivos de universidades que someten a sus estudiantes a televigilancia durante exámenes a distancia (1), la desmaterialización ha adquirido tal amplitud en la vida diaria del conjunto de la ciudadanía que la posesión de un aparato conectado a Internet es más que nunca una necesidad vital. Sin Internet, no son posibles las mascarillas, ni el examen médico, ni el teletrabajo (que afectaba a una cuarta parte de la población activa francesa durante el confinamiento), ni es posible acceder a información sobre tus prestaciones sociales o jubilación ni a tu cuenta bancaria.

¿Comprar un billete de tren después de la cuarentena? Imposible sin Internet. El 7 de mayo, la Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses (SNCF, por sus siglas en francés) y la región Hauts-de-France anunciaban la implantación de un sistema de cupones basado en el principio de “quien llega primero, tiene prioridad” para coger los TER [ferrocarriles de cercanías franceses] en dirección a Lille o provenientes de esta ciudad a partir del 11 de mayo.

Cupones no disponibles en la estación… pero sí en Internet. La supresión de unos 5000 puestos de empleo (vendedores en ventanilla, agentes de los puntos de información…) en Francia en diez años (1000 solo en 2019) (2) en provecho de máquinas y aplicaciones digitales solo habrá sido el aperitivo. Cualquier persona que no esté en posesión de un smartphone, que no se aclare con Internet o que simplemente sea reacia a la idea de estar constantemente conectada, y potencialmente vigilada, se encontrará confinada en medio de una sociedad en la que prácticamente todo le será denegado.

Sin embargo, es un hecho demostrado y reconocido por las autoridades: muchos franceses no tienen conexión a Internet. En 2019, más de 1 de cada 5 franceses de más de 18 años afirmaba “no sentirse cómodo” con Internet: se trata del fenómeno del “ilectronismo”, término que designa el analfabetismo digital (3). Al 15% de personas de 15 años o más que no usó Internet durante el año 2019 o al 38% de usuarios que declaran carecer de al menos una habilidad informática básica, un mundo entero se les está cerrando (4).

Consultas a distancia
El 30 de marzo de 2020, el gobierno francés, entregado a su labor de lograr servicios públicos 100% desmaterializados en 2022 (“Acción pública 2022”), aconsejaba a los franceses que no se manejan bien con Internet que se dirigieran a Solidarité-numérique.fr, un nuevo sitio web impulsado por una cooperativa de mediadores, La MedNum, provisto, por suerte, de un número de teléfono. ¿Se trata de una última concesión antes de abandonar definitivamente a sectores enteros de la población? Algunas semanas antes, Cédric O., secretario de Estado responsable de la transición digital, anunciaba que triplicaba el presupuesto concedido a los “Pass Numériques” (cheques de formación para poder desenvolverse en el ámbito digital) hasta situarlo en 30 millones de euros –lo que equivale a unos 2 euros por persona desconectada–. Una suma irrisoria, financiada a medias por el Estado y la administración local a fin de paliar una fractura digital cada vez mayor, y cada vez más insalvable. También a la hora de mantener la ilusión de conservar la salud.

Ya antes del principio del confinamiento, Internet era el pan de cada día del doctor Thibaud Zaninotto, en París. A finales de 2019, este exinterno todavía estaba “en el frente”, según sus propias palabras, en el servicio de urgencias de un gran hospital parisino. Lo que vio, le “desmoralizó por completo”. “Los pacientes de 70 años abandonados 48 o 72 horas solos en su camilla en un pasillo, el milagro que se produce cuando les llega el vaso de agua que han pedido, la antigüedad de un material de baja calidad… Además de pasarnos una barbaridad de tiempo buscando camas disponibles, teníamos que pasarnos casi diez horas diarias ante la pantalla digitalizando cada intervención realizada”. Así las cosas, en diciembre de 2019, este médico treintañero decidió cambiar las urgencias por la medicina no hospitalaria.

Cuatro meses más tarde, el mundo se hundió bajo los pies del doctor Zaninotto, atrapado por las pantallas… y el virus. “Pillé el Covid-19”, nos contaba a principios de abril de 2020 en una entrevista por videollamada, todavía exhausto tras dos semanas de lucha contra la enfermedad. En cuanto se recuperó, el médico sustituyó a un compañero del distrito XVIII de París. Y al cabo de dos semanas de confinamiento, entre el 60 y 70% de sus consultas tenían lugar por cámara interpuesta en el sitio web privado Doctolib, el líder francés de las citas y consultas en línea. “Nunca pensé que haría algo así. Carece de calidez, de contacto clínico, pero dadas las circunstancias, no está tan mal, ya que en la consulta [que comparte con varios compañeros], es imposible protegerse integralmente contra la transmisión del virus, por culpa de la cerradura electrónica, las manijas…”.

No obstante, un detalle sorprendió al doctor Zaninotto cuando se encontró en la rutina de las consultas por videollamada: “Al cabo de algunos días, me pregunté dónde habían ido a parar los pacientes mayores de 50 años. No están ahí. No los veo en mi pantalla. La media de edad de mis pacientes se sitúa en torno a los 25 y 30 años: gente que sabe usar perfectamente una aplicación y un sistema de vídeo”. Este profesional de la salud no duda en hablar de “selección social” y establece un paralelismo entre el éxito de Doctolib y las “interminables colas de espera” en los consultorios que todavía practican consultas sin cita previa en su barrio.

Detectar una otitis, diagnosticar una inflamación, tratar un resfriado… “¿Cómo quieren que veamos en una pantalla el verdadero color del fondo de una garganta o de una oreja inflamada? Las pantallas modifican los colores. Trato de hacer el mayor número de preguntas posibles y de esa manera realizar el diagnóstico. La gente se acostumbrará, supongo. Es un experimento a gran escala de la medicina del mañana, ya que, por ahora, no tenemos elección”, dice, inclinado sobre la cámara de su pantalla. “Funciona bastante bien técnicamente –reconoce de buen grado el doctor Zaninotto–. A decir verdad, funciona mucho mejor que el material de segunda que tenemos en los hospitales públicos parisinos”.

Aumento explosivo
Efectivamente, Doctolib tiene poco que ver con la decadencia organizada del hospital público que escandalizó al médico. En Francia, el número de teleconsultas fue de medio millón durante la última semana de marzo de 2020, según cifras de la Seguridad Social, frente a… 60.000 en todo el año 2019. Y Doctolib, una start-up creada gracias al apoyo del Estado francés y la incubadora Agoranov, que ha alcanzado el estatus de empresa “unicornio” al superar los mil millones de euros de valorización, ha sumado 2,5 millones de videollamadas durante el confinamiento. Financiada con las cuotas de los médicos (129 euros mensuales por profesional sanitario), Doctolib aseguraba sumar 30.000 profesionales de la salud y 12 millones de visitas a finales de 2017. Dos años más tarde, en mayo de 2019, 80.000 profesionales de la salud estarían generando 30 millones de visitas mensuales de pacientes a su sitio web y su aplicación móvil.

A principios de abril de 2020, el número de teleconsultas diarias –un servicio inaugurado en enero de 2019 y cuyo carácter de pago (79 euros) ha sido suspendido desde la crisis sanitaria–, pasó de 1.000 a 100.000. “Y aumenta a cada hora que pasa”, contaba en la prensa Stanislas Niox-Château, cofundador y presidente de Doctolib, quien considera que “una vez haya pasado la epidemia del coronavirus, entre el 15% y el 20% de las consultas médicas en Francia serán a (...)

Artículo completo: 4 925 palabras.

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Julien Brygo

Periodista, coautor con Olivier Cyran de Boulots de merde! Du cireur au trader, enquête sur l’utilité et la nuisance sociales des métiers (La Découverte Poche, París, 2018).

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