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Una controversia en medio de la pandemia viral

Ciencia o política: ¿Cuál manda?

Martin Heidegger, en la primera lección de su curso “¿A qué se llama pensar?” desliza una de sus frases más controversiales y objeto de múltiples interpretaciones: “La ciencia no piensa” (1). Años después el filósofo comentará esos dichos: “Esta afirmación resulta escandalosa… dejemos a la frase su carácter escandaloso, aun cuando apostillemos inmediatamente que, no obstante, la ciencia tiene que habérselas con el pensar en su propia forma especial” (2).

Sostener que “la ciencia no piensa” puede llevar a escándalo, ya que la ciencia es en sí el acto humano reflexivo por excelencia, el más alto ejercicio del intelecto en sus funciones elucubrativas, explicativas, taxativas, predictivas y evaluativas. La ciencia lleva a la humanidad hacia las fronteras del conocimiento, y nos hace concientes tanto de lo que sabemos, como de lo que ignoramos, con la mayor certidumbre posible, en las condiciones de nuestro actual entender y comprender. Sin embargo, Heidegger sostiene que la ciencia no piensa. ¿Por qué lo hace?

Lo que parece decir es que la ciencia calcula, razona, describe, taxonomiza, verifica, comprueba, anticipa, deduce e induce. Pero la ciencia no “piensa” en el sentido filosófico del término. En primer lugar, porque las disciplinas científicas no pueden ocuparse de elucidar sus propios conceptos fundamentales. Es decir, la ciencia se basa en conceptos previos, que le dan valor y validez, pero que no necesariamente cumplen con lo que el método científico prescribe. Eso se ve al estudiar la historia de la ciencia, donde se constata que no existe un método único, basado en principios inalterables, ni una regla que no se haya roto, en los procesos de avance científico. Como ha señalado el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend, las infracciones al “método científico”, en su versión cartesiana, han sido condición necesaria, y no accidental, para su avance. La ciencia ha progresado en buena parte por medio de ensayo y error, construyendo “hipótesis ad hoc” (3), que han permitido “llenar” provisoriamente distintos “vacíos de evidencia”, hasta que un nuevo paradigma científico, más complejo, sustituye al anterior.

Por otro lado, a la ciencia no le cabe decidir y ponderar lo que debemos hacer ante sus evidencias y datos. En otras palabras la ciencia puede decirnos cómo dominar la energía atómica. Pero no le cabe decidir si ese conocimiento se debería utilizar para producir electricidad, en su uso civil, o para construir armas de destrucción masiva. Nos puede dar datos sobre el desarrollo de una pandemia, pero no nos puede dar una receta única sobre la política sanitaria del país. A quien le cabe analizar el aporte de la ciencia, y tomar una decisión, es a la conciencia de los gobernantes, y en general al conjunto de la sociedad que, puesta ante la evidencia científica, deberá pensar sobre sus efectos y valorar sus consecuencias. A eso llamamos “decisión política”.

En ese ámbito se aplica la distinción de Emanuel Kant entre Razón Pura y Razón Práctica. La ciencia habita en la Razón Pura, donde las evidencias y certidumbres son palmarias, claras, (...)

Artículo completo: 1 581 palabras.

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Álvaro Ramis

Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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