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La muerte de George Floyd, expresión brutal de las desigualdades raciales

Estados Unidos, un país minado por los homicidios policiales

En la historia política estadounidense, Minesota es considerado una excepción: es el único estado que votó en contra de Ronald Reagan en 1984. La última vez que sus electores optaron por un candidato republicano a la presidencia se remonta a 1972, hace casi cincuenta años. Con el correr de las generaciones, este santuario de la izquierda estadounidense mandó al Congreso a Hubert Humphrey, Walter Mondale e Ilhan Omar, una de las dos primeras mujeres musulmanas elegidas para el Parlamento. Con estos antecendentes en mente, el homicidio de George Floyd por una patrulla de la policía y el estallido popular que desencadenó pueden resultar sorprendentes. Para un observador familiar de las Twin Cities –las dos ciudades gemelas de Mineápolis y de St. Paul; esta última, capital del Estado–, esos acontecimientos, sin embargo, no tenían nada de inesperado.

Aunque Minesota figure entre los estados mejor posicionados del país en términos de nivel educativo, de ingresos y de bienestar, esas estadísticas, como lo recordó el gobernador demócrata Tim Waltz luego de una noche de motines consecutiva a la muerte de Floyd el 25 de mayo, “sólo son válidas si usted es blanco. Si no lo es, caemos casi a la parte inferior [de las tablas de excelencia]” (1). Minesota está clasificado en la posición treinta y nueve de la lista de estados que cuentan con más afroamericanos titulares de un diploma de fin de estudios secundarios. En proporción de negros que ejercen un empleo, cae al lugar cuarenta y cinco (sobre cincuenta), e incluso al cuarenta y ocho si se considera el porcentaje de afroamericanos propietarios de su vivienda. El salario medio de una familia blanca de Mineápolis roza los 100.000 dólares por año, mientras que el de una familia negra apenas alcanza los 28.500 dólares. Blancos y negros permanecen separados y desiguales.

Violencias mortales
Las desigualdades raciales no dejaron de crecer en Estados Unidos desde los años setenta. En consecuencia, no es sorprendente que el Covid-19 haya producido muchas más víctimas entre los negros que entre los blancos, no solamente en términos de mortalidad, sino también de pérdidas de empleo y de dificultades para llegar a fin de mes a lo largo de toda esta crisis. Los corolarios más directos del confinamiento –el cierre de las escuelas y la casi imposibilidad de trabajar– resultaron desproporcionalmente perjudiciales para los afroamericanos, y les dieron aun más razones para movilizarse, así como tiempo para hacerlo noche tras noche. Como a menudo ocurre en semejantes erupciones de ira, algunos habitantes la emprendieron contra las propiedades privadas del barrio en el que viven encerrados. Cosa más rara, los amotinados hicieron lo mismo con tiendas elegantes, restaurantes y bancos situados algunas cuadras más lejos.

Evidentemente, las violencias policiales constituyen la expresión más brutal de estas desigualdades. En Estados Unidos, el mantenimiento del orden es una prerrogativa local, ejercida por la ciudad o el condado, fuera del control del Estado o de las jurisdicciones federales. El Minneapolis Police Department (MPD) presenta un largo historial en materia de violencias mortales perpetradas contra los habitantes negros. Hasta el linchamiento filmado de George Floyd gozaba de una impunidad casi sistemática, a ejemplo de los agentes responsables de la muerte de Jamar Clark y de Philando Castile en el curso de los meses precedentes. Las prácticas de acoso racista son incontables. Mientras que las personas no blancas representan el 40% de los habitantes de Minesota, estas concentran sobre sí el 74% de los casos de uso de la fuerza por el MPD. Según un estudio publicado en 2018 por el Defensor Público del condado, los conductores cuyo vehículo es buscado pertenecen tres veces de cada cuatro a la comunidad afroamericana, aunque esta no represente más que un habitante de cada cinco. Cuando el mismo conductor es objeto de un aviso de búsqueda, en el 76% de los casos es negro, contra solamente el 13% para los blancos. Habida cuenta de la amplitud de poderes de que disponen los policías, cualquier motivo puede justificar su intervención. Todos los negros de este país lo saben: cuando están al volante, su color de piel basta para despertar las sospechas. En las Twin Cities, pocos de ellos olvidaron las patrullas policiales que acechaban a los fugitivos en tiempos de la esclavitud.

Sindicato policial
El sindicato de los agentes de policía es uno de los engranajes clave de este sistema. En Mineápolis, el presidente de su rama local, el teniente Bob Kroll, se aseguró la lealtad de las tropas saboteando los esfuerzos entablados por los sucesivos intendentes demócratas para disciplinar a los agentes violentos. Según el intendente actual, Jacob Frey, “los jefes de la policía y los representantes que intentaron cambiar las cosas constantemente tropezaron con la hostilidad del sindicato y con una legislación que protege a los autores de violencias” (2). Frey y su ex jefe de la policía, (...)

Artículo completo: 2 545 palabras.

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Richard Keiser

Profesor de Estudios Americanos y de Ciencia Política en la Universidad Carleton de Minesota.

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