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La intimidad perdida

Para nuestras generaciones, una pandemia era vista como antiguos recuerdos que la historia almacenaba y mostraba en imágenes en blanco y negro. Las tumbas, los cuerpos famélicos, la saturación de hospitales y las caras de angustia ante una pandemia eran imágenes del siglo XX ante la fiebre española en 1918. Con la ilusa creencia que situaciones así no podrían repetirse en el mundo “moderno”, vimos (y vemos) pasar los horrores del Sida, la gripe aviar, el ébola y el reciente virus H1N1. Pero nada nos había preparado para enfrentar la situación que hoy vive el planeta, con millones de personas enclaustradas en sus hogares y con la amenaza cierta de contagiarse. Consideremos que hay sectores sociales y segmentos etarios en donde las probabilidades de perder la vida en el contagio es alta. Este virus que tímidamente se presentó en una lejana ciudad oriental hace solo seis meses y que no era más que una curiosa nota del noticiario, hoy tiene a toda la especie humana en busca de una solución.

A mediados de junio 2020 en Chile hubo más de 8 millones de personas en cuarentena, siendo la totalidad de las comunas del Gran Santiago sometidas a este régimen de enclaustramiento social. Con una totalidad de 167 mil contagiados en solo 100 días y más de 3 mil personas fallecidas la emergencia no ha sido fácil para este país. En medio de esta catástrofe nacional, se produjo el cambio de ministro de Salud como una manera de dar nuevos aires a esta lucha que por el momento se pierde, pues la llamada “batalla de Santiago” no logra frenar el avance sistemático de contagios y víctimas fatales.

Respecto a las consecuencias, sin duda la primera es la enorme cantidad de fallecidos. Las notas de prensa que describen la saturación de hospitales, escasez de tumbas, servicios funerarios colapsados solo agregan más detalles a esta pesadilla casi irreal que se vive. Luego tenemos el frenazo económico que implica la propagación del virus, cerrando mercados, frenando la producción y el consumo, generando la quiebra de miles de empresas. Todo esto repercute en un creciente desempleo.

¿Qué pasa con la pérdida de la intimidad?
Tan importante como añejo, es el derecho a la privacidad. Tenemos derecho a vivir sin dejar rastro de nuestras acciones, preferencias y opiniones. Pero esa quimera hoy es un lujo. Las miles de huellas que dejamos en nuestras interacciones con los teléfonos inteligentes, tablet y computadoras, van configurando un perfil que es valorado por las empresas de mercadeo y que por ende es comercializado. Ahora bien, cuando estas huellas las vamos dejando como producto de la expresión de nuestros intereses (por ejemplo en el uso de las redes sociales) de alguna manera (...)

Artículo completo: 1 382 palabras.

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Dr. Pedro Palominos Belmar* y Mag. Juan Barrientos Maturana*

*Director Smart City Lab Usach
** Investigador Smart City Lab Usach

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