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El futuro que llegó

Leonardo Padura: Crónica de un mundo que se acaba

En 1984, año elegido por George Orwell para su célebre novela distópica –más parecida al mundo de 2020–, un joven reportero recorría Cuba con la sensación de que ese mundo estaba llegando a su fin. Hoy, devenido en gran escritor, Leonardo Padura siente que hemos llegado al futuro. Con una certeza, no era el que soñaba.

1. Fue 1984 el año que George Orwell escogió para ubicar la trama de su novela distópica y futurista titulada justamente así, 1984, en la que de una manera dolorosamente profética el escritor británico logró crear la imagen de una sociedad organizada sobre el miedo y el control, muy parecida a la que hoy, en 2020, vamos viviendo. Y fue también en 1984 el año en que terminé de escribir mi primera novela (1).

Yo trabajaba entonces como reportero en un vespertino diario cubano llamado Juventud Rebelde y desde hace un tiempo esa etapa de mi vida, que cubrió toda la década de 1980, comenzó a parecerme un período un poco irreal, que estaba seguro de haber vivido pero, a la vez, en muchas ocasiones me daba la sensación de que lo había inventado, o al menos, retocado. Y no hubiera sido extraño: con mucha frecuencia la gente tiende a idealizar el pasado como mejor remedio para resistir su tremendo peso. Hoy, en medio del año 2020, aquella época de mi existencia ya me parece como si la hubiera vivido en otra encarnación, como dicen los budistas que nos debe ocurrir. ¿O solo será que me estoy poniendo viejo?

El mundo que entonces yo habitaba, y la manera de entenderlo a mis casi treinta años de entonces, está poblado de circunstancias y realidades que hoy parecen demasiado remotas, sencillamente extrañas. Era, entre otras cosas, el todavía estricto universo político bipolar en el que las tensiones entre bloques iban desde el peligro de la conflagración atómica hasta los boicots a los Juegos Olímpicos, y donde la gente apostaba, de forma militante, por la victoria histórica de uno u otro bando. Fue, además, aquel período que estimábamos como la cumbre de la modernidad en el cual, sin embargo, todavía nadie tenía computadoras personales y por tanto tampoco Internet y mucho menos teléfonos celulares y todo lo que le cuelga a la revolución de la tecnología, la informática, la biotecnología y otras ciencias que cambiarían la estructura del mundo incluso con más consecuencias que las provocadas por la desaparición del socialismo en Europa del Este y la implosión de la URSS. ¿Quién en esa fecha tan literaria de 1984 podía pensar que, en unos pocos años, ya no existiría el país de los soviets que encarnaba las aspiraciones de un mundo mejor que, luego lo supimos, en aquella URSS no fue demasiado mejor? Era, también –y esto no es cuestión menor en el caso cubano– un tiempo durante el cual en la isla podíamos vivir con nuestro salario y en que un periodista como yo tuvo el extraño privilegio de escribir en un medio oficial del país de lo que quería y como quería, con una libertad que todavía hoy me parece imposible y que debe resultar impensable a los que en Cuba practican esta profesión.

Fue justo en ese año y como resultado de mi labor periodística, cuando escribí un texto que sería profético. Lo titulé como este que escribo hoy: “Crónica de un mundo que se acaba”. Por fortuna, mi trabajo no tenía que ver con pandemias sanitarias, aunque sí con pandemias humanas: la del dominio de la naturaleza en la que los sapiens andamos metidos hace ni sé qué cantidad de millones de años, como los indetenibles depredadores que somos.

La historia que contaba en 1984 tenía que ver con un paraíso natural que, por diversas razones, había sobrevivido a la furia desarrollista del siglo. Aquel edén se encontraba en una hilera de islotes –cayerío lo llamamos en Cuba– ubicados en el centro norte de la isla mayor… precisamente los cayos por los que, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, navegó durante meses Ernest Hemingway. A bordo de su mítico yate “El Pilar” el escritor se dedicó, con un grupo de amigos, a la caza de submarinos alemanes que, según informaciones que algunos consideraban alucinadas (luego documentalmente comprobadas), llegaban hasta las costas cubanas a reabastecerse de combustible… vendido por figuras del ejército nacional de la época.

Aquellos cayos, algunos cenagosos, otros premiados con largas playas de aguas cristalinas, en 1984 permanecían más o menos iguales que en el momento en que Hemingway los recorrió, para, entre otras cosas, poder escribir después su novela Islas en el Golfo, donde cuenta, entre otras, esa peculiar aventura.

Cubiertos de manglares y cocoteros, infectados de mosquitos, visitados por bandadas de elegantes flamencos rosados, muchos de los rincones de este archipiélago jamás habían sido pisados por el hombre occidental. Sin embargo, en el mayor de esos islotes (bautizado Cayo Romano) aún vivía la familia de apellido Fals, una de las pocas que se había asentado allí décadas atrás y había trabado relación con Hemingway y sus compañeros de cacería. Otras familias que en su momento vivieron en Romano habían huido hacia las ciudades del interior del país, vencidas por la dureza de la vida en esos parajes donde la única actividad económica posible era la pesca y la extracción de corales. Cuatro días anduve con mis acompañantes (pescadores, dos colegas escritores, un fotógrafo) por el archipiélago de los Jardines del Rey, asombrándome por la sobrecogedora belleza de una (...)

Artículo completo: 2 850 palabras.

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Leonardo Padura

Escritor, periodista y crítico literario. Autor, entre otros libros, de El hombre que amaba a los perros. Artículo escrito en marzo de 2018 previendo los cambios y el sucesor de Raúl Castro.

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