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Occidente ya no inspira temor ni respeto

Tras la pandemia, ¿el despertar de África?

La pandemia del Covid-19, mal gestionada por las potencias occidentales, reveló los límites de su hegemonía. Estados Unidos y Europa perdieron autoridad moral. Pero falta imaginar un orden internacional más justo. En África, estos acontecimientos despertaron el sentimiento de un destino común y un espíritu combativo. Los obstáculos siguen siendo inmensos.

A lo largo de las últimas tres décadas, el mundo temió en varias oportunidades una pandemia: SARS, H1N1, Ébola. Finalmente, las preocupaciones fueron siempre mayores que la amenaza. Sin duda, eso fue lo que impidió comprender a tiempo la magnitud del peligro que representaba el nuevo coronavirus SARS-CoV-2. Tal vez no sea tan mortífero como la gripe española de 1918, pero su impacto económico promete ser más devastador. De manera bastante curiosa, la reflexión se centra más en la pospandemia que en la pandemia misma. La lucha contra el Covid-19 oculta otra, aún silenciosa pero ya mucho más feroz, por el control, en los próximos años, de los recursos y los imaginarios en todo el planeta.

África está también en la línea de batalla, y la carta abierta de un centenar de intelectuales, desde Wole Soyinka y Cornel West, hasta Makhily Gassama y Djibril Tamsir Niane, dirigida a los dirigentes africanos, el 1º de mayo de 2020, tuvo una excepcional repercusión (1). En vez de resignarse a lanzar un nuevo petitorio, sus impulsores (Amy Niang, Lionel Zevounou y Ndongo Samba Sylla) quieren transformar las palabras en acciones, razón por la cual ampliaron su llamado a los científicos africanos. En un continente donde casi todo debe rehacerse, pacientes centinelas del alba recibieron, por decirlo de algún modo, la pandemia con los brazos abiertos, viendo allí incluso una “oportunidad histórica”...

La pandemia volvió a África más consciente de su vulnerabilidad y de su insignificancia a los ojos del mundo. Le permitió comprobar, concretamente, que en las grandes tragedias humanas no se puede confiar en nadie para su salvación. En efecto, si bien el flagelo golpeó a todos los países, éstos no se unieron para resistirlo. Muy por el contrario, los egoísmos nacionales superaron rápidamente la reacción de solidaridad. El continente africano, dependiente de los demás para casi todo, comprendió rápidamente que a lo largo de los años se habían acumulado las condiciones de su propia destrucción. Es muy simple: si el virus que puso de rodillas a países ricos occidentales hubiera sido tan letal en África, la hecatombe anunciada seguramente se habría producido allí.

Los límites de la hegemonía
Sin embargo, aun cuando les haya asestado un violento golpe en la cabeza, los africanos no esperaron esta pandemia para soñar, según el mandato césaireano, con “comenzar el fin del mundo” (2). El momento parece tanto más propicio cuanto que pocas veces se vio a las potencias occidentales en tan penosa situación. El contexto histórico recuerda, salvando las distancias, el día después de la Segunda Guerra Mundial. En esos lugares de pura verdad humana que son los campos de batalla, los soldados africanos vieron desmoronarse el mito de la omnipotencia del colonizador. También descubrieron allí las luchas de los demás pueblos y comprendieron mejor los mecanismos de su propia opresión. Liberadores de Europa, despojados del complejo del hombre blanco, convertidos en destacados actores políticos, estuvieron en el centro de todas las batallas por la independencia.

Algo similar podría efectivamente estar produciéndose desde la caída del Muro de Berlín.

En efecto, hace una veintena de años que Occidente ya casi no inspira temor ni respeto a numerosas naciones que sin embargo siguen estando bajo su yugo. Las guerras de Irak y Libia le hicieron perder la poca autoridad moral de la que aún podía jactarse. Sería excesivo decir que la pandemia le dio el golpe de gracia, pero lo está convirtiendo en un herido grave. Esta sensación está tan difundida que, desde Alemania, donde la crisis sanitaria parece sin embargo mucho mejor controlada que en los países vecinos, una amiga llegó a confesarme por teléfono: “Occidente se está desmoronando; estoy sorprendida de ser testigo de este acontecimiento, ya que no pensaba que esto sucedería en mi vida”. Soltó luego una pequeña carcajada en la que sentí una mezcla de hastío y alegría. Sin embargo, evité decirle lo que en el fondo pensaba: el flagelo no va a generar un nuevo orden mundial, más justo y más equilibrado, de un día para otro. Pero ha revelado los límites de una hegemonía occidental aparentemente absoluta.

En primer lugar, cuando estalló la pandemia, un tal Donald Trump era desde hacía tres años presidente de Estados Unidos, país líder –aunque cada vez más reticente– del bloque occidental. Desde luego, los hombres no hacen la historia, pero al parecer sus propósitos, para concretarse, suelen abrazar los contornos de un destino singular. Es posible que el presidente Trump sea para (...)

Artículo completo: 2 500 palabras.

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Boubacar Boris Diop

Escritor.

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