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Sistema de producción chino “made in Italy”

Un pueblo chino en la Toscana

En Italia, contra todos los prejuicios, el lugar europeo más destacado de la diáspora china lamentó apenas unas pocas muertes por coronavirus. Artífices de este éxito sanitario, los chinos de Prato, líderes de la industria local del prêt-à-porter, gozan de un reconocimiento tardío luego de más de veinte años de indiferencia.

Los grandes medios de Pekín se hicieron un festín con los elogios que expresó el intendente de Prato (Toscana), Matteo Biffoni, con respecto a los residentes chinos de su ciudad. “Cuando se declaraba la epidemia en China, los diarios y los canales de televisión [italianos] estaban convencidos de que Prato se convertiría en el agujero negro de Italia. En realidad, tenemos una tasa de infección mucho más baja que el resto del país y, sobre todo, no tenemos ningún ciudadano chino infectado. La comunidad china ha estado extraordinariamente atenta”, declaraba el edil el 7 de abril de 2020 en la China Central Television (CCTV). “Muchos ciudadanos de Prato estaban en China por el año nuevo lunar [25 de enero]. Al regresar, estuvieron en cuarentena voluntaria. Hay que agradecerles”, agregaba para la agencia Xinhua. Es la primera vez que se reconocía de esta manera a los chinos de Prato.

En esta ciudad industrial de la Toscana ubicada a unos veinte kilómetros al norte de Florencia, son parte del decorado desde hace veinticinco años. Compraron fábricas textiles que estaban en sus últimos días y después desarrollaron la confección. Zhou Rongjiing, el presidente de la Asociación de Comerciantes Chinos de la ciudad, no sale de su asombro: “Me puso muy orgulloso escuchar las palabras [del intendente]”, le declaró al Beijing Qing Nian Bao, el 8 de abril pasado. A fines de enero, esta personalidad destacada organizó con las dieciocho asociaciones de la diáspora una “fuerza de intervención especial Covid”, que les impuso el confinamiento y el uso de tapabocas a los miles de trabajadores chinos, mucho antes de que lo decretara el gobierno italiano. Un equipo de voluntarios se asegura de que se respeten las reglas por toda la diáspora, y les distribuye tapabocas a los habitantes de Prato, dejándolos en sus buzones o en los estacionamientos de los hospitales. “Finalmente, se aplicó el método chino. La única diferencia es que estos voluntarios civiles no llevaban ni chaleco ni brazalete rojo”, analizó el diario, olvidando al pasar las seis iglesias evangélicas chinas, cuyos fieles también tuvieron mucha participación.

La diáspora textil
Las autoridades de Prato estiman en 31.000 la cantidad de chinos que residen en la ciudad −de los cuales una cuarta parte se encuentra en situación irregular− sobre una población total de 195.000 habitantes (1). La Cámara de Comercio local censó el año pasado 5.850 empresas chinas, a menudo individuales, de las cuales 4.280 pertenecen al sector textil. Estas nacen y mueren a un ritmo desenfrenado: la esperanza de vida media no sobrepasa los dos años.

Esta comunidad mayormente originaria de Wenzhou, ciudad portuaria de la provincia de Zhejiang, se agrandó a partir de mediados de los años 1990, después de las grandes reestructuraciones de las empresas estatales chinas, que tuvieron como consecuencia un desempleo masivo en todo el país. Mientras en Belleville, en París, sus obreros preparan en negro y durante quince horas por día ravioles para restaurantes asiáticos, los de Prato desarrollan el nicho del Pronto Moda: producir rápido y barato ropa prêt-à-porter para consumo masivo. Este sistema respondía −y aún responde− a las exigencias de los minoristas europeos de no esperar más dos meses por un pedido de ropa, gozando al mismo tiempo de la seductora etiqueta del “made in Italy” (2).

Desde hace mucho tiempo, en Prato, los obreros textiles trabajan, comen y duermen en el taller, y usan sus magros salarios para devolverles el dinero a los pasadores. Sus empleadores, también de Wenzhou, viven una vida lujosa, paseándose en autos de alta gama. En consecuencia, han proliferado negocios, restaurantes y salones de té específicos para la comunidad.

En 2008, cuando surgió la crisis financiera, las últimas fábricas de tejido de alta gama que estaban en manos de italianos aceleraron su declive mientras que los talleres de confección chinos seguían prosperando. Sin embargo, la evasión fiscal se volvió un tema de indignación: la policía financiera italiana descubrió flujos de dinero no declarado entre la Toscana y China estimados en 1.000 millones de euros por año, de los cuales dos tercios provenían de Prato. Al año siguiente, el candidato de la derecha berlusconiana Roberto Cenni ganó las elecciones municipales en ese bastión comunista, después de una campaña virulenta contra la comunidad china y sus “30.000 esclavos”.

La tragedia de Teresa Moda tuvo lugar el 1 de diciembre de 2013: siete obreros chinos murieron presos de las llamas en su taller que, como tantos otros, no contaba con salida de emergencia. La ciudad estableció un día de duelo. Alessandro Fabbrizzi, el Secretario (...)

Artículo completo: 2 561 palabras.

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Jordan Pouille y Lei Yang

Periodistas.

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