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El “turismo verde” después de la pandemia

En busca del viaje “ecorresponsable”

“El turismo no debe retomar el camino ahí donde lo dejó: si bien es imprescindible el apoyo financiero a los profesionales para permitirles sobrevivir, también es fundamental que esas medidas económicas puedan tener efectos positivos en los aspectos medioambientales y sociales”. Ya en abril, en Francia, la asociación Actores del Turismo Sostenible (Acteurs du Tourisme Durable, ATD), que reúne a operadores turísticos, agencias de viajes, administraciones locales, proveedores de alojamiento, servicios a empresas y medios de comunicación, etc., publicó un manifiesto dirigido a las autoridades públicas (1). Con ánimo de plantear, más que un plan de recuperación, un plan de transformación del sector, ATD defiende cuatro prioridades: sobriedad en carbono y preservación del medio ambiente; cooperación, solidaridad y justicia social; beneficios para la economía local; turismo con sentido. Orientaciones todas ellas fruto de muchos años de reflexión, de debates e incluso de contemporizaciones en torno a los objetivos de una actividad que genera muchos efectos adversos y el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero (más de dos tercios de los cuales son achacables a los desplazamientos).

ATD federa unas 150 entidades de distintos tamaños y se posiciona como “el representante de los actores del turismo sostenible”, tratando de compaginar objetivos económicos, sociales y medioambientales. Otros grupos congregan a profesionales de una misma actividad, como Actuar por un Turismo Responsable (Agir pour un Tourisme Responsable, ATR), que reúne a operadores turísticos desde 2004, o como la Asociación por un Turismo Equitativo y Solidario (Association pour un Tourisme Équitable et Solidaire, ATES), integrada por 32 entidades que donan parte de sus beneficios a proyectos de desarrollo (reforestación, construcción de pozos, escuelas, etc.). “No debemos encerrarnos en la dictadura del carbono -puntualiza Julien Buot, presidente de ATR-, sino también recordar las virtudes del turismo, factor de paz y de encuentros entre los pueblos”. ¿Cómo impulsar los intercambios, la apertura al mundo, la superación de los prejuicios, sin ir cada vez más lejos y más rápido, con estructuras cada vez más grandes y más destructivas?

Presionar a operadores
Si el confinamiento sanitario ha puesto de manifiesto lo mucho que necesita el ser humano estar conectado con sus semejantes más allá de las pantallas, también ha revelado lo absurdo de determinadas prácticas. ¿Quién va a querer mañana embarcarse de nuevo en un crucero, uno de esos palacios flotantes que no solo sueltan en temporada vacacional oleadas de turistas en ciudades ya saturadas, sino que son por lo demás un vivero de virus? ¿Se puede seguir ignorando el coste medioambiental de un fin de semana en la otra punta de Europa, posible solo por arte y milagro de los descuentos aéreos? ¿Cómo acabar con esos descomunales hoteles que bombean las aguas freáticas de países ya exhaustos, con esos circuitos que encadenan visita tras visita en una contrarreloj presupuestada, con esas playas abarrotadas o con la explosión de los precios inmobiliarios que impide que los jóvenes adultos encuentren alojamiento en las ciudades o pueblos donde se criaron?

Hace más de treinta años que estas cuestiones son tema de reflexión, pero la economía del turismo apenas ha evolucionado o, de hacerlo, ha sido hacia una mayor globalización y masificación, con la consiguiente saturación de numerosos lugares. Mientras se debate acerca del sobreturismo, el descontrol inmobiliario o la vergüenza de viajar en avión, van prosperando grandes grupos como Ryanair, Airbnb o Booking. La única mella que han sufrido ha sido por la crisis de la Covid-19. Esta podría ofrecer la ocasión para que se consideraran planteamientos distintos y también para presionar a los grandes operadores con el fin de que cambien sus prácticas. “Hace ya un par de años que las cosas están realmente cambiando a escala territorial –constata Guillaume Cromer, presidente de ATD–. Tanto en las oficinas de turismo como en los comités de turismo de departamentos y regiones, cada vez hay más técnicos concienciados con la necesidad de operar una transición en torno a temáticas que contemplen lo social, la reintegración de los habitantes en los proyectos, la emergencia climática, la movilidad, etc.”. Por ejemplo, la región de Occitania ha creado un fondo de apoyo de 101 millones de euros para proyectos destinados a desarrollar o perennizar la frecuentación, como son el enoturismo, el “turismo lento” o la adaptación de las estaciones de esquí para que dejen de apostarlo todo a una sola carta, la nieve.

¿Oportunismo o señal de que algo de verdad se está moviendo? Las administraciones locales nunca han desplegado tanta comunicación con vistas a potenciar sus atractivos. Incitan a reducir los viajes de larga distancia, a poner el foco en lo local, a valorizar “microaventuras”, pero también a “desaturar” lugares de excesiva frecuentación en beneficio de nuevos destinos. “El turismo de mañana será verde y nuestro trabajo se centrará en nichos de mercado. Creo que hemos dejado atrás el turismo de masas y que, en el futuro, tendremos que ser más respetuosos en nuestra forma de interactuar con el entorno”, comenta Cathy Fermanian, directora de Vaucluse Provence Attractivité (2). Ahora desea promover los circuitos cortos e involucrarse aún más en los clean labels, un concepto de marketing que pone el énfasis en lo simple y lo natural de los productos.

Protocolos e innovación
No todos comparten estas inquietudes. Hervé Bellaïche, director general adjunto de Ventas y Marketing de la empresa de cruceros de lujo (...)

Artículo completo: 2 793 palabras.

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Geneviève Clastres

Periodista. Ha dirigido el volumen colectivo Dix ans de tourisme durable, Éditions Voyageons-autrement.com, Bourg-lès-Valence, 2018.

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