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Cuando un grupo social acumula el saber, el poder y el dinero

La burguesía intelectual, una elite hereditaria

Está de moda afirmar que la sociedad se divide entre el 1% más rico y el 99% restante. Pero esta sentencia omite las desigualdades ligadas a los diplomas. Y oculta el papel de la burguesía intelectual, que sirve al 1% pero ama representarse como parte de los oprimidos. Esta capa social, fruto de la “meritocracia” transmite sus privilegios a sus herederos, como antaño la aristocracia.

Verano de 1957, el sociólogo inglés Michael Young recorre una playa de Gales. Durante mucho tiempo se había desempeñado como investigador en el Partido Laborista británico, incluso en 1945 había redactado su manifiesto, pero por entonces ya lo había abandonado. Meditaba mientras caminaba por la arena: once editores habían rechazado su último manuscrito. De repente, divisó a una pareja de amigos cerca del agua, se detuvo junto a ellos y conversaron sobre ese texto que nadie quería. Casualidad: sus interlocutores editaban libros de arte y decidieron incluir esa obra en su catálogo. Título: El ascenso de la meritocracia (1). Young había creado el término en base al latín y el griego, con cierta ironía. Quinientos mil ejemplares vendidos en pocos años hicieron que “meritocracia” ingresara al lenguaje cotidiano. Pero al precio de un enorme malentendido.

Porque la obra de Young, en la línea de 1984 de George Orwell y de Un mundo feliz de Aldous Huxley, describe una distopía: la pesadilla de un mundo moderno dirigido “no tanto por el pueblo sino por las personas más inteligentes”. En síntesis, el gobierno de los intelectuales. La trama se desarrolla a comienzos del año 2034 y el narrador, un sociólogo engreído, resume con entusiasmo la transformación de la sociedad británica del siglo XX en una tiranía ejercida por los graduados universitarios. Con la excusa de “la igualdad de oportunidades”, las jerarquías se ordenan a partir de entonces en función de la inteligencia; el orden social se perpetúa a través de la escuela que trasmuta los privilegios de clase en “dones” y “méritos”. Con alegría, el narrador señala que “Los talentosos lograron alcanzar el nivel que se corresponde con sus capacidades, y las clases inferiores quedaron por lo tanto reservadas a los menos capaces”. Legitimado, el régimen honra así a sus héroes. “La jerarquía de los científicos y los tecnólogos, de los artistas y los profesores se incrementó. Su educación se fue adecuando a su gran destino genético. Su poder de hacer el bien aumentó. El progreso es su triunfo; el mundo moderno su monumento”.

En la cima
En ese rapto de inspiración, llama la atención la composición del gobierno de los “inteligentes”: profesionales indistintamente humanísticos o científicos encargados de producir conocimientos, de reproducir la elite, de administrar el Estado y las empresas. En Francia, el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (INSEE) los reúne en la categoría de “Ejecutivos y profesiones intelectuales superiores”. Se pueden encontrar allí directores de recursos humanos y prefectos, escribanos y astrónomos, periodistas y abogados, publicistas y dentistas. Ninguna otra categoría socio-profesional experimentó un aumento tan rápido de su número de efectivos desde la publicación del libro de Michael Young. Estos representantes sociológicos de las sociedades “pos industriales” orientados al saber eran 900.000 en 1962 (4,6% de la población activa de Francia); hoy son cinco millones (18%).

Graduados de escuelas y universidades muy selectivas, la fracción superior de este grupo representa entre el 5% y el 10% de la población activa occidental. Incluye al famoso 1% más rico, pero lo desborda ampliamente. De esta “inteligentsia” opulenta nos ocuparemos en lo que sigue. Algunos ejercen profesiones liberales, otros ocupan la cima de la organización de las empresas, lo cierto es que estos individuos prósperos perciben todos los meses los dividendos de su capital educativo y cultural. Tienen el poder de prescribir, “saben qué nos duele y realizan diagnósticos valiosos”, dice con ironía el ensayista estadounidense Thomas Frank (2). De no haber tomado el sentido que asumió después del caso Dreyfus, tal vez podríamos llamarlos “intelectuales”.

La leyenda celebra al intelectual no solo como creador y depositario del saber sino también como adversario del orden establecido, de acuerdo al célebre ejemplo que propuso Jean-Paul Sartre, en una entrevista, el 15 de agosto de 1967, en Radio Canadá: un físico nuclear es un “técnico del saber práctico” hasta que contribuye a desarrollar la bomba atómica y se transforma en un intelectual a partir del momento en que protesta en contra de ella. Pero ¿cuántos Sartre, Beauvoir y Bourdieu tenemos en comparación con los millones de gerentes, juristas o urbanistas dóciles? El mito, sin embargo, sobrevive porque las profesiones intelectuales escriben la historia de todos los grupos sociales, incluida la propia. Y sería poco decir que entre ellos se soban el lomo. Verdaderos maestros en el arte de universalizar sus intereses, pueden incluso reaccionar ante una reducción de presupuesto en sus sectores lanzando una “Solicitada en contra de la guerra contra la inteligencia”, como fue el caso en Francia en febrero de 2004.

El monopolio del saber
Mientras que la debacle del campesinado, la revuelta de los Chalecos amarillos o la precariedad de los enfermeros son analizados en el debate público mediante categorías generales como “los agricultores”, “los obreros”, “los servicios de cuidado”, las clases más instruidas se manejan en su delicada singularidad, detallan sus diferentes corrientes de pensamiento, pulen sus desacuerdos. “Pareciera que una forma de materialismo muy rudimentario se aplica al estudio de las clases populares, mientras que los elementos teóricos destinados a salvar la autonomía del sujeto quedan reservados para las clases cultivadas”, resumió el sociólogo Jean-Claude Chamboredon (3). Para restablecer el equilibrio, hace falta considerar a los intelectuales como un grupo social y ya no como una serie de individuos únicos.

La historia suele retener el rol progresista de los sectores ilustrados –científicos, enciclopedistas, abogados revolucionarios, escritores sediciosos, “soldados de la República”... pero minimiza su participación en episodios menos gloriosos. “Vichy fue una creación de expertos y de miembros de las profesiones liberales, más que de cualquier otra”, recuerda el historiador estadounidense Robert Paxton. “Juzgar a Vichy, significa juzgar a la elite francesa” (4). El rol de los intelectuales en el seno de los sistemas de dominación es de larga data y tiene sus raíces en las sociedades pre capitalistas. En el Occidente medieval, el alto clero religioso, poseedor del monopolio de acceso a las escrituras, legitimaba el poder de los terratenientes y poseía para sí un cuarto de las tierras; los juristas devenidos consejeros y visires formaron los cimientos del Estado real (5). En la China imperial (del 221 a.C a 1911), “la clase de los funcionarios letrados (o mandarines) –capa ínfima en cuanto a su número, omnipotente en cuanto a su fuerza, influencia, posición y prestigio– era el único detentor del poder, el más grande propietario”, observa el sinólogo Etienne Balazs. “Poseía todos los privilegios y, sobre todo, el de reproducirse: detentaban el monopolio de la educación” (6).

El caso de la India pre colonial también invita a relativizar las virtudes intrínsecamente progresistas que se le suelen otorgar al saber: el sistema de castas, violentamente desigual, reposaba en gran parte en la dominación ejercida por los intelectuales, los Brahmanes, que gozaban de una prerrogativa exclusiva de acceso al saber sagrado. “Eran ellos, y no los reyes, los príncipes o los soldados, los señores feudales o los burgueses, quienes garantizaban en esa sociedad una forma particularmente eficaz de ‘domesticación de las masas’”, escribió la investigadora Isabelle Kalinowski (7), traductora de Hinduismo y budismo, la minuciosa investigación del sociólogo Max Weber publicada en 1916-1917.

La era capitalista no transformó la naturaleza de ese trabajo; pero cambió su formato, a medida que la revolución industrial y la expansión de la educación reforzaron el peso de los diplomados y acentuaron la heterogeneidad del grupo: la domesticación de las masas, y de una amplia fracción de los propios diplomados, se operaba entonces en nombre de la racionalidad económica y de las “competencias” convalidadas por el Estado que precisaba su puesta en práctica.

Los primeros análisis que describen a los intelectuales como una nueva clase social fundada en el monopolio del saber y que aspira al poder aparecen en el siglo XIX, al mismo tiempo que vastas funciones públicas para diplomados, las primeras grandes administraciones de empresas y luego los partidos obreros centralizados (8). Saint-Simon (1760-1825) soñaba con un orden dominado por los científicos y los industriales (las abejas) que dejarían desnudos ante su vanidad a la nobleza y el clero (los zánganos). Del otro lado del Rin, el Estado moderno imaginado por Hegel se apoyaba en funcionarios ilustrados que según el filósofo formarían una “clase universal” (Filosofía del derecho, 1821). Unas décadas más tarde, en sus Escritos contra Marx, Mijaíl Bakunin se despachaba contra la perspectiva de un Estado socialista: “Todo eso exigirá una ciencia inmensa y muchas cabezas rebosantes de materia gris. Será el reino de la inteligencia científica, el más aristocrático, el más despótico, el más arrogante y el más despreciativo de todos los regímenes”. Un “socialismo de los intelectuales” más que un poder obrero, como lo deploraba en 1905 otro anarquista Jan Waclav Makhaïski (en La bancarrota del socialismo del siglo XIX).

“Acabar con las ideologías”
Las “cabezas rebosantes de materia gris” no poseían los medios de producción, pero sí un saber que negociaban con los propietarios, los cuales les delegaban la supervisión de sus negocios, el control de los productores y la organización del trabajo, la responsabilidad de aumentar la productividad a través de la técnica. Pero la escuela los produjo en exceso y el socialista Karl Kautsky analizaba, en 1892, el proceso de inflación-devaluación de los diplomas entre los trabajadores del saber: “Aquellos que apuntan a un empleo público deben esperar durante años, a veces durante decenas de años, antes de obtener un puesto bajo, mal remunerado. Los demás, oscilan entre el desempleo y la sobreocupación. [...] Pronto una sola característica distinguirá a estos proletarios de otros asalariados: me refiero a sus pretensiones” (El Programa socialista). Clase dominante en potencia o proletariado movilizable contra el orden que los desclasa, la representación que los diplomados se hacen de ellos mismos desde hace un siglo y medio oscila entre estos dos destinos que, en la realidad, coexisten todo el tiempo.

Cuando Michael Young escribió El ascenso de la meritocracia a fines de los años 1950, el tema de los intelectuales como clase dominante había resurgido, esta vez con una connotación más bien positiva. En el Este, el sistema educativo soviético producía millones de ingenieros y cuadros administrativos sobrecapacitados, lo que impulsaba un “ascenso de los elementos sociales más instruidos” (9). En el Oeste, la organización científica de la producción industrial, lanzada durante los años 1920 por Taylor y dopada durante el New Deal de Roosevelt, alcanzaba su velocidad crucero. Proliferaba una capa intelectual encargada de coordinar y planificar los circuitos económicos tentaculares: (...)

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Pierre Rimbert

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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