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La otra punta del mundo enfrente de casa

La crisis sanitaria cuestiona los modelos de desarrollo basados en la creciente mercantilización de las actividades de ocio. Al poner coto a la movilidad, ha dado nuevo aliento a la noción de lindes geográficas y culturales. Pero, ¿bastará con relocalizar el mercado de los viajes, o podemos imaginar otras alternativas para el tiempo de ocio?

Torpedo al “relato oficial de la globalización” (1), las medidas adoptadas para controlar el coronavirus han puesto trabas a los desplazamientos, en cuya fluidez se basa el turismo, convertido este en un importante marcador del choque económico y social. ¿Causa o consecuencia? Los viajes han influido de forma nada desdeñable en la propagación del coronavirus, al igual que contribuyen al calentamiento global, que a su vez amenaza los centros turísticos costeros o de esquí.

La inmovilización general ha cuestionado con dureza la relación con el allá, reactivando la “ley de hierro” de la proxemia, que es el estudio de la relación con el espacio: lo que está cerca siempre termina importando más que lo que está lejos (2). Cuando salgamos del confinamiento, ¿asistiremos a una descompensación para “disfrutar a lo grande el momento presente”, como espera el director del Club Med? ¿O, por el contrario, habrá un reaprendizaje gradual de una relación con lo lejano reajustada a partir del espacio de la vida cotidiana?

La dicotomía
“¡Madagascar no, Jura sí!”, “Estar a gusto sin irse muy lejos”… Se desempolvan eslóganes acuñados tras la crisis de 2007, que celebran encantos y virtudes de la proximidad, dejando atrás la dicotomía “aquí-allá”. Esta manera de buscar sosiego, optando por lo local, frente a una alteridad que se nos presenta cada vez más ansiógena, ¿se vivirá como una revelación y un reencantamiento que perdure, o como un turismo de crisis, sucedáneo frustrante y regresivo del exotismo? ¿Habrá, tal y como se anuncia, frenesí con la bicicleta? He aquí una forma de transporte libre de carbono y favorecedora del distanciamiento físico, que también se asocia con un estilo de vacaciones itinerantes, donde recobra plenamente sentido el trayecto en sí, frente a la obsesión por llegar a un destino. ¿O, por el contrario, se instalará la percepción de que el coche es un cascarón protector contra los riesgos que conlleva el hacinamiento en los transportes públicos? A no ser que la autocaravana, ese moderno carromato híbrido de transporte y alojamiento, termine imponiendo su régimen prudencial, el del núcleo ensimismado de familia o amigos.

Última oportunidad
Con la excepción de unos pocos lugares, el imperativo de alcanzar una afluencia y una frecuentación récord (con el telón de fondo de una indefectible celebración del crecimiento) casi ha imposibilitado hasta ahora cualquier medida significativa de regulación de flujos, y por ende de sus perjuicios. El control del número de personas está llamado (¿temporalmente?) a ser la norma en materia de tráfico, de acceso o de limitación de aforo para eventos y espectáculos. ¿Vamos, por lo mismo, hacia más fragmentación y más dispersión en tiempo y espacio, con renovado interés por sitios pequeños, grupos pequeños, pequeños alojamientos y eventos pequeños? Así las cosas, los “espacios abiertos” (alta mar, montaña, bosques, etc.) podrían perfilarse como destinos refugio, al ofrecer el requerido distanciamiento, lejos de los habituales lugares de concentración turística. A no ser que la reducción de la capacidad de alojamiento, por precaución sanitaria, limite aún más su accesibilidad, en beneficio de los propietarios de segundas residencias.

Por supuesto, es posible imaginar un escenario en el que aumentaran los procesos de autolimitación y renuncia basados en convicciones militantes: menos avión, menos viajes y menos lejos, con menos prisas y por más tiempo, sin pretender por sistema visitar todos los lugares de ensueño que ofrece el planeta... A contrapelo de la promesa de escalada “experiencial” orquestada por la industria del turismo, dicho proceso contribuiría a “hacer que el mundo no esté disponible”, tal y como sugiere el filósofo alemán Hartmut Rosa (3), renovando asimismo la capacidad de deslumbramiento. Desde la perspectiva contraria, con las medidas de control social más o menos autoritarias también podría recrudecerse un “turismo de la última oportunidad”. Consistiría en apresurarse a “disfrutar” de las bellezas naturales en peligro: glaciares, banquisa, la Gran Barrera de Coral...

¿Dará lugar la coacción a (...)

Artículo completo: 2 178 palabras.

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Philippe Bourdeau

Profesor en el Instituto de Urbanismo y de Geografía Alpina de la Universidad de Grenoble-Alpes.

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