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Arte y cultura “en el centro de la vida”

¿Para qué sirven los artistas?

Desde el siglo XIX los artistas se preguntan si podrán vivir de su profesión y discuten sobre el rol que juegan en la sociedad.

¡Qué maravilla! Hoy en día el arte está bien, pero que muy bien considerado por nuestros políticos. Por lo que parece, se ha convertido en poco menos que el bálsamo de Fierabrás capaz de subsanar los muchos problemas que plantea o agudiza la actual “crisis” sanitaria y social. Bueno, tampoco exageremos, casi siempre se trata del arte y la cultura, todo junto, independientemente de lo que entendamos por ello.

Pero no, de verdad: es un momento impactante. El pasado 2 de mayo, en respuesta a una tribuna titulada “La culture oubliée” (“La cultura olvidada”, Le Monde, 30 de abril), firmada por una buena cohorte de artistas de renombre, Emmanuel Macron dirigió a éstos un tuit entusiasta: “No hay manera de inventar el futuro sin vuestra capacidad de imaginación”. El 6 de mayo, al terminar su encuentro con otro grupo, afirmó enérgicamente que se pondría en marcha un programa de encargos públicos (acerca de artistas jóvenes, vaya usted a saber por qué...) y que “la creación artística es algo esencial que quizás ha aparecido con más fuerza aún entre nuestros conciudadanos durante este periodo”. La frase renquea un poco, pero la idea es potente. De hecho, al confinamiento lo acompañó una sentida y continua loa hacia los poderes del arte, inesperado consuelo de los ciudadanos. Un arte en línea, eso sí, pero que dio a todos la oportunidad de descubrir que “gracias a él podemos mantener el vínculo con los demás y al mismo tiempo fortalecernos, blindarnos y enriquecernos”, como así resumió el presidente del Centro Pompidou (1).

Al arte se le honra como algo necesario; y también se le solicita, por cierto, para la operación presidencial del “verano de aprendizaje y cultura”, destinado a “poner de nuevo [¿de nuevo?] las artes y la cultura en el centro de la vida de los jóvenes y de sus familias, ya desde el verano”, como leemos en los sitios web del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación Nacional y Juventud. Un ejemplo, para que quede claro: el Théâtre de l’Odéon-Théâtre de l’Europe, inmediato cumplidor del mandato, ofrece intervenciones en torno a las “mujeres en Molière” o Las mil y una noches. Como educador, agente del vínculo social y hasta del care (“cuidados a los demás”), el artista se sitúa entre los profesionales útiles, incluso indispensables.

Este tema de la utilidad social, que puede recibir respuestas sumamente variadas, no siempre se ha planteado, ni para los artistas, ni para sus financiadores ni, en términos más generales, para el público. Durante siglos no se ha cuestionado la función de los artistas: reciben encargos y subsidios de los poderosos y contribuyen con sus obras a cantar su gloria, a dejar constancia de su esplendor, a manifestar la grandeza de una comunidad nacional o religiosa, y hasta de una clase social en ascenso, incluso a través de la diversión. Ya sean pintores, dramaturgos o músicos, no les suele corroer el desaliento, lo cual no impide que tengan problemas de dinero y de ego si los mecenas les dan la espalda. Como “creadores” o “artesanos”, tienen un lugar asignado en la sociedad. Realizan un trabajo que rara vez sienten necesidad de justificar o teorizar, si no es frente a sus pares, como hace Pierre Corneille para Le Cid frente a los ataques de la Academia Francesa, que tacha la obra de algo laxa con la verosimilitud y un tanto chocante en lo que a la moral atañe.

Nuevos valores
La sociedad tampoco cuestiona la legitimidad de su existencia. Hay que esperar al siglo XIX para que, tanto en la sociedad como entre los propios artistas, surja la pregunta de para quién y para qué crean, de por quiénes y por qué pueden ser pagados. Los patrocinadores del Antiguo Régimen en lo esencial han desaparecido, se han establecido nuevos canales de distribución e imperan nuevos valores, tanto estéticos como morales. Para la opinión dominante, como lo definirá de forma cruel, pero para nada sorpresiva, el Dictionnaire des idées reçues de Gustave Flaubert, el arte ahora “conduce al hospital” –en otras palabras, a la miseria– y, en cuanto a los artistas, “a lo que hacen no se le puede llamar trabajo”.

Por parte de los artistas domina el malestar. Cada vez más numerosos, cada vez más sujetos a la aprobación de las mayorías si desean “triunfar”, se preguntan: ¿trabajar para los “burgueses” a quienes despreciamos? ¿para el pueblo que pasa de nosotros? En un mundo que prioriza lo útil y lo rentable, ¿de qué sirve la búsqueda desinteresada de un ideal de Belleza? De tales planteamientos van a nacer las figuras del artista maldito, del incomprendido, y también del que se refugia en su torre de marfil, haciendo bandera de su inutilidad, condenado a la soledad exaltada del arte por el arte, mientras se abre y extiende un abismo entre los innovadores y el (...)

Artículo completo: 2 509 palabras.

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Evelyne Pieiller

Escritora.

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