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El turismo después de la pandemia

Viajar, pero no como antes…

¿Cómo escapar del turismo reencontrando la esencia del viaje? Salir de esa pesadilla que se ha vuelto global supone encontrar unas relaciones no basadas en la dominación. Esto conduce a preferir el camino al destino, a evadirse de la vida cotidiana sin invadir la de los demás.

Lo que algunos desesperados del “antiturismo” no se atrevían a imaginar, lo ha conseguido el coronavirus. Tras haberse detenido por completo, la actividad turística –de cuyas perspectivas de crecimiento sin límites se jactaba la Organización Mundial del Turismo– se muestra vulnerable. Ahora lo sabemos, la supermovilidad imprescindible para el capitalismo globalizado en general y para el turismo en particular está a merced de una interrupción del flujo que puede sobrevenir en cualquier momento. Semejante desastre no puede ser motivo de satisfacción, si se tienen en cuenta las vidas deshechas por las quiebras y los despidos, así como los territorios asfaltados y las sociedades aseptizadas a fin de explotar el menor recurso material o humano.

No obstante, con algunas adaptaciones y medidas compensatorias, el capitalismo puede encajar muy bien la Covid-19. A mediados de mayo, el primer ministro francés Édouard Philippe desbloqueó 18.000 millones de euros para ayudar al turismo a superar “la peor prueba de su historia…”. Ya asoma en el horizonte la ilusión de un crecimiento verde envuelto en un montón de mentiras y omisiones que ocultan su incongruencia medioambiental.

No evitemos los temas que molestan: entre quienes declaran desear un “cambio”, ¿cuántos son claramente conscientes del cambio de hábitos que comportaría semejante “transición”, de que esa transformación exigiría renunciar definitivamente a elementos existenciales de confort a día de hoy considerados normales, prácticos y sobre todo placenteros? Con el neoliberalismo, la alienación se extiende a todos los aspectos de la existencia, tanto al trabajo, a menudo una esclavitud, como al ámbito del ocio, asociado al bienestar, la buena vida, el descanso, el placer e incluso la emancipación. Ahí aparece el turismo, esa manera de introducir el tiempo libre en la esfera de la mercancía.

Motor auxiliar
Es fácil denunciar la industria pesada que huele mal, hace ruido y amarra los cuerpos a sus puestos de trabajo. Por el contrario, criticar la industria del ocio parecía hasta hace poco una empresa arriesgada, en el mejor de los casos ridícula, en el peor de los casos, sospechosa, y eso en todos los ámbitos. Además de agradable, el turismo parecía virtuoso: propicio a relaciones humanas distendidas, era una vía de desarrollo para los países del Sur o las regiones atrasadas que permitía la “puesta en valor” de la naturaleza y las distintas culturas. Para venderlas y explotarlas, había que, contradictoriamente, protegerlas, aun a costa de su mercantilización. Por no hablar de sus beneficios simbólicos para los afortunados turistas, simples consumidores satisfechos de poder costearse el viaje, ni la complacencia narcisista que genera la exhibición de las últimas vacaciones.

Desde la expansión del salariado y más tarde de la sociedad de consumo, el turismo ha sido el motor auxiliar de la sociedad productivista. Esta industria del consuelo funciona como una especie de compensación de la vida laboral. Salario contra productividad, tal es el intercambio infernal, basado en una esperanza nostálgica: entrever un fragmento del paraíso, cuyas múltiples versiones habrá que visitar de manera fugaz, desplazándose al vaivén de las modas o el capricho. Por añadidura, el desarrollo de la industria del ocio ha permitido mantener al asalariado dentro de las lógicas del consumo: un salario debe utilizarse para consumir.

Mantener al asalariado en este círculo cerrado es una vieja táctica. Henry Ford ya lo había entendido cuando aumentó los ingresos de sus obreros para venderles más fácilmente sus coches y asegurar la prosperidad de la movilidad –como eficiente profesional del taylorismo, admiraba el nazismo, un auténtico laboratorio de la coerción (1)–. Así, como ha demostrado Dany-Robert Dufour (2), el asalariado trabaja dos veces, una vez produciendo, otra consumiendo. La propaganda publicitaria esconde esta doble imposición dándonos la impresión de que siempre somos “libres de obedecer” la orden de consumir para existir. “Somete tu libertad, te daré placer”… Fruto de una inteligencia perversa, una vasta operación de (...)

Artículo completo: 2 130 palabras.

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Rodolphe Christin

Autor de La vraie vie est ici. Voyager encore?, Écosociété, Montréal, 2020.

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