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¿El populismo es realmente el enemigo de la ciencia?

EEUU: El gran pánico democrático

En este año de pandemia, el trasfondo de crisis política provendría, según se dice, de la obstinación del pueblo estadounidense por rechazar la autoridad del discurso científico. Miren, sino, cómo se divierte esa gente en la pileta de un restaurante cerca del lago de Ozarks (en Missouri), mientras una terrible pandemia causa estragos... Fíjense en aquellos otros que divulgan las más ineptas teorías conspirativas, comparten disparatadas consignas sanitarias en las redes sociales, salen a hacer las compras sin mascarilla, prenden fuegos artificiales en el medio de la calle... Y qué decir del imbécil de su Presidente que no respeta las recomendaciones de sus propios expertos, que se la pasa señalando responsables, sin jamás hacerse cargo de nada, y que incluso llegó a aconsejar inyecciones de desinfectante, ya que es tan efectivo en superficies de cocinas y baños.

Esta batalla despiadada entre “ignorantes” e “ilustrados” ocupa un lugar central en la vida política estadounidense desde hace muchos años. Para mucha gente, los demócratas, los “progresistas” son, por lejos, quienes están más en sintonía con la realidad objetiva y quienes, además, escuchan religiosamente las opiniones de los premios Nobel y otros galardonados de recompensas científicas de excelencia. Por su parte, los republicanos parecieran vivir en otro mundo: un mundo de fábulas y leyendas, donde la verdad no vale nada. Los estadounidenses respetables proclaman con emoción su confianza eterna e indefectible en la ciencia, mientras que los demócratas responsables exhortan a una nación de rodillas a seguir los consejos de los expertos como palabra santa.

Nuestros líderes de opinión desarrollan además una teoría para explicar los comportamientos irresponsables que pueden observarse en ciertas personas y que contribuyen a la propagación del virus. Esos desquiciados no son solamente idiotas, nos explican; actúan bajo la influencia de una verdadera doctrina anti-experticia: el “populismo”. Los seguidores de esta fe –los “populistas”– son brutos incultos que sienten rencor hacia sus congéneres instruidos a quienes profesan un profundo desprecio. Prefieren confiar más en las instituciones que en el saber libresco, desdeñan las recomendaciones de los profesionales de la salud, exaltan la sabiduría de las multitudes –y, desde luego, son racistas. El populismo es el enemigo de la ciencia; está en guerra contra el pensamiento racional. Es cómplice de la difusión del mal, por no decir que es el mal propiamente dicho.

He aquí, pues, un bello silogismo que la clase pensante estadounidense repite hasta el hartazgo –y no es de extrañar, dado su carácter atractivo y adulador–. La ciencia médica está en lo cierto, el populismo está equivocado: esta evidencia es tan flagrante que glorificar a la primera y condenar a la segunda se ha vuelto un motivo literario trillado que alimenta editoriales y artículos periodísticos hasta el cansancio.

Ahora bien, se trata de una enorme equivocación. Que Estados Unidos se encuentre en la trágica incapacidad de hacer frente a la amenaza del nuevo coronavirus no es ante todo por culpa de la increíble estupidez de Donald Trump (aunque eso también tenga algo que ver). Es a causa de un sistema: el sistema de salud estadounidense. Es éste el que pisotea la idea misma de salud pública y transforma el acceso a la salud en un lujo reservado a una minoría. Es este sistema el que deja en la ruina a una persona por una simple fractura de pierna, el que rechaza atender a quien no tiene seguro médico y el que se lo cancela a los desocupados; y la pandemia está provocando que millones de personas pierdan su empleo. En fin, si algún día se encuentra el remedio contra el Covid-19, el sistema de salud estadounidense lo cobrará, sin ninguna duda, a precio de oro.

Populismo: Ascenso y declive
Ese sistema es lo que es porque la “medicina organizada”, apoyándose en el prestigio del que goza la experticia profesional, viene esforzándose desde hace un siglo para asegurarse de que no cambie. A la inversa, durante todo este tiempo, fue entre las filas populistas donde surgió el impulso reformador que intentó –sin éxito– transformar dicho sistema para ponerlo al servicio de la mayoría. En otras palabras, nuestros especialistas, expertos y think tanks brillantes y excelsos entendieron todo mal. Justamente, a fuerza de inclinarse ante las opiniones de los científicos, la salud pública se ha vuelto un sueño inalcanzable. Y el remedio contra el mal que nos aqueja se encuentra, ni más ni menos, en ese populismo tan odiado y temido por los expertos.

Para comprender lo que está en juego, conviene empezar por definir el término. La apelación “populista” fue adoptada en 1891 en Estados Unidos, en Kansas, por miembros de un joven partido agrario. Con reivindicaciones que iban del abandono del patrón oro a la lucha contra los monopolios, pasando por la nacionalización de los ferrocarriles, el movimiento creció rápidamente, al punto que, en un momento, pareció que tendría el éxito asegurado. Pero no resultó así: en menos de diez años, el Partido Populista fue devastado. Su influencia, no obstante, se mantuvo a lo largo del tiempo, ya que algunas de sus ideas siguen vigentes en el Partido Socialista Norteamericano, en el New Deal de los años 1930 y 1940, e incluso en las campañas presidenciales de 2016 y 2020 de Bernie Sanders.

El ascenso y el declive de los populistas estadounidenses –me refiero a los que inventaron el término– son desde hace mucho tiempo un tema de predilección para los historiadores apasionados por lo novelesco, y fueron objeto de numerosas obras. Todos esos trabajos han señalado un hecho curioso: los representantes de esta corriente no tenían nada en contra de la ciencia ni de la instrucción. Al contrario, sus argumentos en favor de la tecnología, del saber y de la educación eran tan sinceros y floridos que casi que incomoda leerlos hoy en día. ¿A qué se debían tales panegíricos? A que los populistas tenían la convicción de que la defensa de principios tales como el Estado benefactor o la intervención del poder público estaba plenamente en línea con los progresos científicos de ese fin de siglo.

Paralelamente, estaban en una lucha constante contra las elites económicas e intelectuales de su tiempo, todos esos expertos que decían ver la mano de Dios en el orden establecido. Los populistas desconfiaban de cualquier forma de privilegio, incluso del prestigio sobre el cual las profesiones superiores fundaban su autoridad. Hay una ilustración brillante de esta idea en el célebre Jardín del Edén de la ciudad de Lucas, en Kansas. Se trata de un parque de esculturas construido en los años 1910, que constituye uno de los primeros intentos de divulgación de las teorías populistas y socialistas. Entre sus principales atractivos, se encuentra la escena titulada “La mano de obra crucificada”, que representa a un trabajador torturado a muerte por los miembros más eminentes de la colectividad: un banquero, un abogado, un médico y un cura.

En suma, la visión del mundo de los primeros populistas era completamente democrática: la prioridad era el pueblo, y el papel de los expertos en una democracia debía limitarse a servir y a informar a los ciudadanos.

Los populistas de fines del siglo XIX eran poco locuaces respecto de la política de salud. Cabe señalar que la medicina estadounidense no era aún en esa época el laberinto burocrático espantosamente costoso que conocemos hoy en día. Pero en cuanto los precios de los medicamentos empezaron a dispararse en las décadas siguientes, se propusieron distintos tipos de sistemas alternativos más democráticos, ideados en conjunto por los agricultores, las organizaciones sindicales y las obras de beneficencia con una única meta: hacer que la atención médica fuera accesible para las clases trabajadoras.

Pobreza y enfermedades
Entre los logros que pueden atribuirse a esos “neopopulistas”, hay uno que me gusta especialmente. Tuvo lugar en 1929 en Elk City, Oklahoma, un Estado donde las tesis populistas habían tenido mucho eco desde fines del siglo anterior. El objetivo era instaurar un sistema de salud cooperativo que permitiera que los campesinos y sus familias, a cambio de un módico aporte anual, tuvieran garantizado el acceso a la atención médica, odontológica y a un hospital de cercanías (...)

Artículo completo: 4 294 palabras.

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