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¿Quién controlará las tecnologías de internet?

Geopolítica de la red 5G

La llegada de la red 5G suscita muchas interrogantes en relación a su impacto ecológico, sanitario y también al control que puede implicar este desarrollo tecnológico, además de enmarcarse en el conflicto entre Estados Unidos y China.

En 1994, cuando Huawei era apenas un pequeño vendedor de centrales telefónicas, su fundador, Ren Zhengfei, conversó con el presidente chino de entonces, Jiang Zemin. Este ex ingeniero del ejército dedicado luego a la electrónica de consumo masivo jugaba la carta patriótica: “Las telecomunicaciones son una cuestión de seguridad nacional. Para una nación, no contar con equipamiento propio en este terreno es como no tener ejército”. Este sabio precepto fue finalmente adoptado por otros países, Estados Unidos a la cabeza. Ironía de la historia, es este último el que considera hoy a Huawei y su influencia en la tecnología 5G una amenaza para su seguridad nacional.

En manos de sus trabajadores, la empresa se caracteriza por su sistema atípico de dirección rotativa, su desprecio por la contratación pública –considerada “codiciosa” por Zhengfei–, su culto a los valores maoístas y su adhesión a la idea de innovación nacional para quebrar la dependencia de China respecto de las empresas extranjeras “imperialistas”. El grupo administra actualmente redes en 170 países y emplea a más de 194.000 personas. Desde 2009, figura entre los principales actores del desarrollo de la tecnología 5G, tanto en materia industrial como en el seno de los diversos organismos internacionales de normalización. En el verano boreal de 2020, Huawei destronó a Samsung, convirtiéndose en el primer vendedor de smartphones en el mundo. Considerada una de las empresas chinas más innovadoras, su filial HiSilicon diseñó el chip Kirin, que acelera algunas de las aplicaciones de inteligencia artificial más evolucionadas del mercado.

Este éxito destacado se explica en parte por su permanente compromiso con la investigación y desarrollo (I+D), a la que la empresa destina más del 10% de sus ganancias anuales, es decir, más de 15.000 millones de dólares en 2019 –20.000 millones previstos para 2020–, superando a Apple y Microsoft. A modo de comparación, el sector automotor alemán en su conjunto invirtió aproximadamente 30.000 millones de dólares en I+D en 2018. Más allá de estas cifras, Huawei representa un estandarte para la sociedad china: el ejemplo atípico de una empresa que, habiendo partido de lo bajo de la cadena con productos rudimentarios y ultraestandarizados, se codea actualmente con Apple o Samsung. Su trayectoria refleja las grandes aspiraciones del gobierno para el sector de las tecnologías. China estuvo durante mucho tiempo relegada a la función de planta de montaje de productos extranjeros, tal como lo recuerda de manera humillante la mención que figura detrás de todos los aparatos Apple: “Diseñado en California, ensamblado en China”. El destino de Huawei demuestra que una nueva era podría comenzar bajo el eslogan: “Diseñado en China, ensamblado en Vietnam”.

Si otras empresas chinas lograran seguir este ejemplo, la dominación estadounidense sobre la economía mundial podría verse seriamente afectada. Desde luego, en el pasado, países sólidamente arraigados en la esfera de influencia de Estados Unidos vivieron un despegue económico fulgurante –Alemania, Japón, los tigres asiáticos–, pero el proceso seguía siendo manejado a la distancia en mayor o menor medida por Washington. A comienzos del siglo XXI, los estadounidenses se resisten a ver a China alcanzar la cima por sus propios medios, persiguiendo sus propios objetivos geopolíticos, mientras que ellos mismos parecen dormirse al volante.

La ofensiva de Washington
Por esta razón, los objetivos del actual debate en torno al 5G superan en gran medida la cuestión de una dominación china sobre esta norma de telefonía. El 5G es esa tecnología que debería permitir una mayor rapidez de conexión en un mayor número de aparatos, a su vez conectados e interconectados, acercando las operaciones de procesamiento de datos a su fuente, a saber, el usuario final. Pero el bombardeo publicitario que lo acompaña hace olvidar los numerosos obstáculos para su aplicación industrial. Para la mayoría de los usuarios, el impacto del 5G se limitará a velocidades de descarga mayores y, tal vez, al advenimiento de la Internet de las Cosas anunciado desde hace mucho tiempo.

Por supuesto, el aumento de la gama de las redes y los aparatos requiere inversiones colosales, y se libra una batalla para conquistar el mercado. Pero Huawei y el 5G no son más que la punta del iceberg. En segundo plano, se desarrolla un enfrentamiento económico y geopolítico mucho más grande, en el cual los chinos intentan aventajar a los estadounidenses. Si el 5G inquieta a estos últimos, es porque no tienen a un campeón para enviar al frente. Europa se muestra más tranquila, ya que cuenta con dos fabricantes de equipos, Nokia y Ericsson.

La ofensiva de Washington contra la alta tecnología china afecta a un amplio abanico de empresas, desde el fabricante de equipos ZTE (propiedad del Estado y muy activo también en el campo del 5G) hasta WeChat, pasando por TikTok y muchas otras menos conocidas. Pero Huawei es sin duda su principal objetivo, porque encarna a los ojos de la Casa Blanca la quintaescencia de una China sin escrúpulos, cuyas infracciones Estados Unidos no deja de condenar y sancionar, en Hong Kong, en Sinkiang, en el Mar de la China Meridional, etc., al punto tal que Donald Trump denomina a la empresa con uno de esos apodos que tanto le gustan: “el espía” (“The Spyway”).

Vista desde el Despacho Oval, Huawei simboliza esos golpes bajos que el mundo observa erróneamente como merecidos éxitos comerciales. Viola los derechos de propiedad intelectual, oprime a sus socios, saca provecho de los generosos subsidios del Estado para ofrecer grandes descuentos y aplastar a la competencia. Construyendo redes de telecomunicaciones en los países del Sur, los encierra en una relación de profunda dependencia, participando así de la “diplomacia del endeudamiento” de Pekín, desplegada especialmente a través de su proyecto de “nuevas rutas de la seda”. Más grave aun, Huawei equiparía sus productos con “puertas traseras” (backdoors) para permitirle al régimen chino extender sus actividades de vigilancia. Según sus detractores más imaginativos, la empresa pronto será capaz de volver en contra nuestra a las heladeras y tostadoras de pan conectadas al 5G.

Basándose en estas críticas, suele mencionarse la Ley Nacional de Inteligencia promulgada por Pekín en 2017, que exige a las empresas (y a los ciudadanos) cooperar con las autoridades proveyéndoles información si éstas la solicitaran. Otro motivo de preocupación: la aceleración de la “fusión cívico-militar”, un esfuerzo que apunta a agilizar las relaciones entre el sector de las tecnologías y el ejército... y que está inspirado en el ejemplo estadounidense. Huawei, por su parte, desmiente categóricamente las acusaciones de espionaje, señalando que el gobierno chino no correría el riesgo de arruinar su reputación y su credibilidad internacionales.

Chile aparta a Huawei
Como es habitual, los argumentos de la administración Trump se basan en pruebas muy endebles, e incluso inexistentes. Lo que no le impidió tratar de sumar a su cruzada a varios países amigos, especialmente al Reino Unido, Francia, Italia y muchos Estados de Europa del Este, “incitándolos” a eliminar a Huawei de sus redes 5G –lo que es un eufemismo, al ser tan fuertes las presiones económicas y diplomáticas ejercidas por el Departamento de Estado a través de sus embajadas–. Y lo mismo sucede en todos los continentes. Tras un intenso lobby del secretario de Estado Mike Pompeo, el gobierno chileno debió tomar la decisión de separar a Huawei de su proyecto de cable submarino transpacífico. En India, donde Huawei está muy presente, el Primer Ministro Narenda Modi utiliza la elección o no del fabricante de equipos chino como un instrumento de represalias contra Pekín, tras los violentos enfrentamientos fronterizos. Aunque todavía no se haya anunciado ninguna prohibición oficial, Nueva Delhi contemplaría recurrir a una empresa nacional, Reliance Industries.

El Reino Unido, aunque un poco aletargado en estos tiempos de Brexit, dio un duro golpe en julio pasado al exigirles a sus operadores de telefonía móvil que retiren de su red de aquí a 2027 todos los equipos Huawei existentes. La decisión causó sorpresa, cuando este país parece ser el centro de la estrategia europea del grupo, con Londres como sede regional. Es también en Reino Unido donde Huawei abrió, en 2010, en colaboración con los servicios de inteligencia británicos, un Centro de Evaluación de Ciberseguridad (Huawei Cyber Security Evaluation Centre, HCSEC), encargado de analizar y corregir las fallas de seguridad identificadas en sus redes. Pero estas buenas relaciones no influyeron demasiado frente a las presiones de Washington y las críticas del Partido Conservador, en cuyas filas se creó un grupo parlamentario hostil a China, la gran moda del momento.

La Unión Europea, por su parte, no logró definir una política común sobre el 5G, fundamentalmente porque la cuestión fue abordada en términos de seguridad nacional, un terreno en el cual los Estados miembros son soberanos. Hubiera sido más sensato comprenderla desde el punto de vista de la política industrial y de las relaciones internacionales. Un gigante europeo único del 5G, retoño de Nokia y Ericsson, habría podido surgir así, generosamente (...)

Artículo completo: 4 738 palabras.

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Evgeny Morozov

Fundador y editor del portal The Syllabus (the-syllabus.com).

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