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Afianza posición geopolítica y aporta a la seguridad alimentaria del gigante asiático

Misterios y poderío de la flota pesquera china

Nadie sabe con precisión cuántos buques posee la flota pesquera china. Pero no existe duda alguna de que esta armada, que rastrilla el conjunto del planeta, supera a todas las demás, tanto en su envergadura como en su radio de acción. Desempeña a los ojos de Pekín un papel crucial, tanto para alimentar a su población como para colocar a sus peones en el tablero geopolítico. A inicios de octubre, la flota china pasó en alta mar frente a las costas chilenas.

Para cualquiera que navegue en altamar, el poderío y la temeridad de la flota pesquera china se imponen como una evidencia. Embarcados en 2019 durante una semana en una unidad de la policía marítima de Gambia que patrulla a más de 150 kilómetros de las costas, vimos cómo se inspeccionaba a quince buques extranjeros acusados de violaciones al derecho laboral y de pesca ilegal. Todos, excepto uno, eran chinos. Poco tiempo antes, ese mismo año, durante un mes en un palangrero que había dejado el puerto chileno de Punta Arenas para ir a pescar merluza austral en el Océano Antártico, no nos cruzamos prácticamente con nadie en nuestra ruta, salvo cerqueros (1) chinos, aproximadamente una docena, en un estado de avanzado deterioro.

En agosto de 2020, más de 340 buques pesqueros chinos fueron detectados en las inmediaciones de la reserva marina de las Islas Galápagos, frente a las costas de Ecuador, cuya fauna excepcional figura en el patrimonio mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (2). La mayoría de ellos habían sido alquilados por armadores vinculados a actividades de pesca ilegal, tal como lo reveló el Center for Advanced Defense Studies (C4ADS) (3). Ya en el verano boreal de 2017, se había visto merodear en torno a ese santuario marino a una flotilla china de dimensiones casi semejantes. Un barco había sido capturado con alrededor de 300 toneladas de pesca ilegal a bordo, entre ellas especies amenazadas, como el tiburón martillo.

El descubrimiento reciente de ochocientas traineras chinas presentes ilegalmente en aguas norcoreanas podría explicar la desaparición de más del 70% de los calamares que antes vivían allí en grandes cantidades (4). Enviando a esas aguas prohibidas una armada de buques industriales, China no sólo empobreció los recursos pesqueros; expulsó también sin miramientos a los pequeños barcos norcoreanos que navegaban allí. Esta presencia naval, otrora invisible, pudo ser detectada por el sitio Global Fishing Watch, gracias a una nueva tecnología satelital. Consultado sobre esta revelación por la cadena NBC, el ministro de Relaciones Exteriores chino no lo confirmó ni lo desmintió. Se limitó a responder que su país hacía “respetar estrictamente” las resoluciones del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que prohíben la pesca extranjera en aguas norcoreanas, y castigaba “sin descanso” las prácticas ilegales.

Una flota agresiva
Animados por su superioridad numérica y por los agentes de seguridad armados que viajan a veces con ellos, los buques chinos se muestran a menudo agresivos con sus competidores o cualquier embarcación considerada una amenaza. Lo sufrimos en mayo de 2019. Deseando constatar con nuestros propios ojos su presencia ilegal en el Mar del Japón, nos embarcamos, a cambio de una retribución, en un barco surcoreano de pesca de calamar. El capitán era un hombre bajito, enjuto, de aproximadamente 70 años, de ojos muy hundidos y piel apergaminada. La mañana de la partida, todos los miembros de la tripulación contratados para la ocasión desertaron. Explicaron que no querían involucrarse en un informe periodístico sobre Corea del Norte ni acercarse demasiado a pescadores chinos. El capitán dijo estar dispuesto a continuar la expedición con la asistencia de su segundo, en la medida en que aceptáramos condiciones de viaje un poco más caóticas y menos confortables que lo habitual, y que estuviéramos dispuestos a ayudarlo cuando nos lo solicitara.

Sobre las condiciones de viaje, no nos había mentido. Nuestra embarcación –un barco de madera de unos veinte metros de eslora– no había podido ser limpiada desde su última salida al mar. Un fuerte olor a carnada podrida flotaba en el puente, al que los desechos de la pesca anterior tornaban tan resbaladizo como una pista de patinaje, y los sectores reservados a la tripulación estaban cubiertos de basura. Para colmo, el motor se detuvo cuando nos encontrábamos a varios cientos de kilómetros de la costa, y no fue sino al cabo de un angustiante suspenso de dos horas que pudimos reanudar el viaje. La primera noche, apenas comenzó a oscurecer, nuestro radar nos señaló la proximidad de un barco. Acelerando la velocidad, logramos alcanzar lo que resultó ser no uno, sino una veintena de buques, que avanzaban en fila india en dirección a las aguas territoriales norcoreanas ignorando las resoluciones de la ONU. En todos ellos flameaba la bandera china, y ninguno había encendido su transpondedor, tal como lo exige sin embargo la reglamentación surcoreana.

Tras aproximadamente cuarenta y cinco minutos de observación, a lo largo de los cuales grabamos videos y registramos los números de identificación de los barcos, decidimos enviar un dron por encima de ellos para verlos más de cerca. La reacción china no se hizo esperar. Uno de los capitanes hizo sonar su sirena de niebla y parpadear sus luces de navegación, antes de desviar súbitamente su trayectoria para dirigirse hacia nosotros. Mientras manteníamos nuestro rumbo, siguió acercándose. Finalmente, cuando estuvo a menos de diez metros, nuestro capitán cambió de rumbo rápidamente para evitar la colisión.

Lo que fue suficiente para el viejo capitán. Considerando demasiado peligroso permanecer mucho más tiempo, dio media vuelta en dirección al puerto. Durante las ocho horas que duró el trayecto, parecía agitado y se mantuvo asombrosamente silencioso, salvo para murmurar de vez en cuando: “Realmente no bromean...”. Durante ese tiempo, los pescadores chinos, sin alterarse, continuaron su ruta hacia las aguas norcoreanas.

Subsidiando masivamente su pesca, China dio origen a una flota monumental y poderosa, capaz de sacar provecho de la debilidad de las reglamentaciones para desarrollarse al margen de todo control. Pero también infundió a sus marinos una (...)

Artículo completo: 3 196 palabras.

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Ian Urbina

Periodista. Dirige The Outlaw Ocean Project, una plataforma de investigación sobre cuestiones ambientales y derechos humanos en el mar. Autor de La Jungle des océans : crimes impunis, esclavage, ultraviolence, pêche illégale, Payot, París, 2019.

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