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El llanto como recurso de los bandos en pugna

El gran desfile de lágrimas

En Estados Unidos, llegó la hora de las lágrimas. Nuestros jueces lloran. Nuestros conductores de televisión lloran. Los partidarios del perdedor de la elección presidencial lloran. Los partidarios del ganador de la elección presidencial lloran. Escriben columnas sobre los orgasmos lagrimales que les provocó tal o cual dirigente. Es un asunto de orgullo moral.

Y, al mismo tiempo, es un asunto de vergüenza. Las personas que lloran son débiles, piensan también los estadounidenses, y esta valiente nación de pioneros y de emprendedores retrocede con desprecio ante semejante infantilismo. Los videos de los demócratas derramando tibias lágrimas la noche de la elección del 2016, tras la derrota de Hillary Clinton, se multiplicaron en YouTube durante los meses que siguieron, para el mayor placer de los republicanos que se deleitaban ante la vista de estos idealistas bien educados y diplomados tan brutalmente obligados a tragarse sus ambiciones. Las “lágrimas progresistas” se convirtieron lógicamente en uno de los grandes memes de los años de Trump. “Make Liberals Cry Again” (“Que los progresistas vuelvan a llorar”), se podría leer en el 2020 en numerosas pancartas y afiches agitados por los partidarios del Presidente saliente. Incluso existe una marca de productos de mantenimiento para armas de fuego bautizada Liberal Tears, en referencia a la expresión “I Lube My Rifles with Liberal Tears” (“Aceito mis fusiles con lágrimas de progresistas”).

Como es su costumbre, los demócratas reaccionaron ante esta ola de sarcasmos teorizándola y decretando que revelaba una falta de personalidad por parte de los conservadores. “La expresión ‘Háganlos llorar’ se convierte, precisamente, en un discurso de poder. Se trata de personas fuertes que humillan a las que juzgan débiles, porque eso los divierte y porque tienen los medios para hacerlo”, nos explicaba Monica Hesse en The Washington Post del 5 de noviembre. Un curioso argumento si consideramos que proviene de un diario cuyo propietario es Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, que defiende a un partido político que, lejos de ser “débil”, se la pasa ultrajando a sus adversarios y cosecha sumas considerables durante las campañas electorales –mucho más que esos crueles republicanos–.

Burlarse del perdedor
Mejor aun, diez días antes de la publicación de esta crónica, The Washington Post publicaba en tapa un dibujo humorístico que representaba a Donald Trump como un bebé gordo que hacía un berrinche por su derrota ante Joseph Biden. Contradecía de este modo a su propia cronista porque burlarse de las desgracias del otro bando es un pasatiempo perfectamente bipartidista. Así, en 2012, apareció brevemente en la Red un sitio titulado “Blancos llorando a [Mitt] Romney”: los internautas eran invitados a reír ante una serie de imágenes de republicanos destrozados tras la derrota de su candidato frente a Barack Obama.

De hecho, a cada bando le gusta burlarse del perdedor; consideran que sus propias lágrimas son nobles y justas, son la manifestación de sentimientos políticos auténticos, una prueba de virtud filosófica. Durante sus mítines, por ejemplo, Trump contaba a veces una historia sobre obreros (a veces de la industria minera, a veces de la siderúrgica) que habrían derramado lágrimas en su presencia, que probaban su increíble aura de Presidente.

Pero la compasión republicana no es nada comparada con los torrentes de lágrimas de alegría que la prensa nacional (...)

Artículo completo: 1 760 palabras.

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Thomas Frank

Periodista. Su último libro es The People, No: A Brief History of Anti-Populism, Metropolitan Books, Nueva York, 2020.

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