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Conflicto geopolítico por las rutas de la energía y el petróleo

Enfrentamiento entre Rusia y Turquía en el espacio mediterráneo

Después de Siria y Libia, Rusia y Turquía se enfrentaron una vez más por procuración en el marco de otra guerra: la que enfrenta a Armenia y Azerbaiyán en la meseta del Alto-Karabaj en el Cáucaso (1). Las esferas de influencia y las relaciones de fuerzas están en el corazón de la relación entre Moscú y Ankara. Sus ambiciones chocan dentro de un arco de crisis que se extiende desde el Norte de África hasta el Mar Caspio, pasando por el Levante y el Mar Negro.

Ambos países han construido una asociación geoeconómica en torno a proyectos energéticos vinculados a los sectores del gas y de la energía nuclear. En parte sumergido en el Mar Negro, desde 2003 el gasoducto Blue Stream suministra gas ruso a Turquía. En enero de 2020, su hermano menor TurkStream llegó a los mercados del sur y el sureste de Europa a través del puerto turco de Kıyıköy. Y el operador ruso Rosatom ha construido la primera central nuclear de Turquía por 25.000 millones de dólares en Akkuyu. Con 26.100 millones de dólares de intercambio en 2019 (2), la asociación comercial revela además una forma de complementariedad en los ámbitos del turismo y la agricultura. Mientras que 6,7 millones de turistas rusos visitaron Turquía en 2019 (3), este país será el segundo importador de productos agroindustriales rusos en 2020. Por último, su compra de baterías de defensa antiaérea rusas S-400 a finales de 2017 ilustró la vitalidad de la cooperación militar-industrial entre ambos países, para gran disgusto de Washington.

Políticamente, Ankara y Moscú hacen una lectura similar de los asuntos mundiales, basada en una común desconfianza y frustración acerca de Occidente, así como un interés compartido en un orden mundial multipolar, que debería permitirles afirmar sus respectivos proyectos de poder. En este sentido, en los últimos años sus políticas exteriores han tendido a militarizarse, revelando una nueva disposición para proyectar fuerzas.

Zonas de fricción
Sin embargo, esta hoja de ruta ha sacado nuevamente a la luz algunas zonas de fricción, donde las áreas de influencia tradicionales de ambos países se superponen. El presidente Recep Tayyip Erdoğan busca restaurar el rol estratégico de Turquía en el Norte de África y Medio Oriente, regiones que en su apogeo abarcaba el Imperio Otomano en el siglo XVII. Ahmet Davutoğlu, ex ministro de Relaciones Exteriores (2009-2014) devenido luego Primer Ministro y destituido en 2016, ya describía a su país como una potencia regional que, sin embargo, era capaz de ejercer su influencia cultural y política a escala mundial. Al tiempo que preconizaba la doctrina de “cero problemas con los vecinos”, inauguró una política exterior que movilizaba el islam político o incluso el panturquismo hacia las poblaciones turcófonas diseminadas a lo largo de un arco que se extendía desde el sur de Rusia hasta el Xinjiang chino, pasando por el Cáucaso (Azerbaiyán) y Asia Central (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguizistán).

En el conflicto del Alto Karabaj se expresa este último vector, con un énfasis belicoso que no cesó de afirmarse tras el fracaso de las “Primaveras Árabes” en Egipto y Siria y luego del intento de golpe de Estado de 2016 contra Erdoğan. Este último apoya abiertamente el programa revanchista de Azerbaiyán, país turcófono cuyos habitantes formarían parte de la nación turca en virtud del concepto de “Una nación, dos Estados”, que no dejó de recordar durante las seis semanas de guerra. Por su parte, Vladimir Putin ha puesto la soberanía en el centro de su proyecto de poder para Rusia, a la que quiere devolver su estatus de actor protagónico mundial. El éxito de la campaña militar siria le sirve como multiplicador de influencia. Por lo demás, el corazón de los intereses que Moscú considera vitales sigue siendo el espacio postsoviético, que las elites político-militares rusas siguen percibiendo como un glacis protector. Ahora bien, en vista de la postura que Turquía adoptó sobre el Alto Karabaj, es precisamente en esta zona que ahora parece estar dispuesta a desafiar a Moscú.

Ankara puede invocar cierto éxito en el Cáucaso. Con el fuerte apoyo político y la ayuda militar de Turquía, el ejército azerbaiyano reconquistó por el sur una parte de los territorios que sirven de zona tapón a la autoproclamada República de Artsakh, antes de tomar la simbólica ciudad de Shushi en el corazón del Alto Karabaj. A fin de evitar una derrota más dolorosa, el 10 de noviembre los armenios aceptaron un acuerdo de cese el fuego, que los obligaba a evacuar las zonas que aún controlaban: la región de Agdam y los enclaves azeríes en territorio armenio de la región de Gazaj (...)

Artículo completo: 2 380 palabras.

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Igor Delanoë

Director adjunto del Observatorio Franco-Ruso (Moscú) y doctor en Historia.

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