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La capital rusa quiere limpiar su imagen

Moscú quiere ser una “ciudad global”

Desde hace diez años, la capital rusa cuida su comunicación. Adepta al marketing urbano de moda, la municipalidad de Moscú busca atraer a inversores y ejecutivos de multinacionales, al igual que las otras grandes metrópolis mundiales. Pero esta política no logra disimular el control que ejerce el Kremlin, al servicio de mayores brechas territoriales.

Al pie del Kremlin, los turistas –rusos o extranjeros–, armados con palos telescópicos para sacarse fotos, se amontonan sobre el puente flotante del nuevo parque Zaryadye, que sobrevuela el río Moscova. En una síntesis de la flora rusa, este parque integra paisajes de estepa, tundra, bosque y humedal. También tiene una cueva de hielo, un museo arqueológico, restaurantes gourmet, un centro multimedia donde se llevan a cabo proyecciones de películas y exposiciones, un auditorio para 1.600 personas y un anfiteatro al aire libre con una capacidad similar, en el que se realizan, desde la inauguración del parque el 9 de septiembre de 2017, los eventos internacionales más prestigiosos de la capital. En 2018, el parque Zaryadye, orgullo de los ediles, fue incluido en el ranking de la revista estadounidense Time como uno de los lugares más lindos del mundo para visitar.

Primer parque público moscovita que se construyó en más de cincuenta años, Zaryadye forma parte de un proyecto de embellecimiento y puesta en valor de la capital ante el mundo que emprendió el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, hace unos diez años. En 2010, cuando asumió su cargo, este ex funcionario federal –seguidor de larga data del presidente Vladímir Putin– se propuso limpiar la imagen de la ciudad para impulsarla en la competencia mundial que libran las grandes metrópolis. En otras palabras, el objetivo consiste en competir con Nueva York, Londres, Tokio o París y convertir Moscú en una “ciudad global”, según el concepto popularizado por la socióloga y economista estadounidense Saskia Sassen, quien por otra parte integró el jurado del concurso que seleccionó a los diseñadores del parque.

En una economía dependiente del precio –muy volátil– de los hidrocarburos, Moscú debe convertirse en un centro mundial de estabilidad financiera e innovación. Rusia, y sobre todo su plataforma privilegiada para establecer inversiones extranjeras, la metrópolis moscovita, buscan captar los flujos económicos y financieros internacionales al darle asilo a las oficinas centrales y a las filiales de empresas transnacionales, y al desarrollar actividades culturales así como el turismo.

Construir un relato metropolitano
Para eso, es preciso cumplir con una serie de condiciones. Además del respeto a la propiedad privada, un sistema fiscal ventajoso, una burocracia laxa y una sede exclusiva, las empresas transnacionales buscan un entorno urbano atractivo e infraestructuras colectivas de calidad para brindarles a sus ejecutivos. Estos son parte de los miembros de la famosa “clase creativa” –motor de la nueva economía– junto con científicos, ingenieros, artistas, trabajadores de medios de comunicación, educación, salud y justicia. De hecho, el padre de este concepto, Richard Florida (1), visita Moscú. En 2019, fue el invitado de honor del Moscow Urban Forum (MUF), una gran convención sobre cuestiones urbanas que reúne cada año a varios miles de espectadores y a cientos de actores –funcionarios públicos, economistas, urbanistas– de más de cincuenta países. Y que desde 2017 se celebra en... el parque Zaryadye.

Desde 2018, la compañía Mosinjproekt, coorganizadora del evento y “brazo constructor” de la municipalidad (que posee el 100% de la empresa), recurre a los servicios (por 10.000 euros mensuales) (2) de un representante de primera línea: Maurice Leroy, quien ocupa el cargo de subdirector general. El ex diputado del departamento francés de Loir-et-Cher y ex ministro de Vivienda del tercer gobierno de François Fillon (2010-2012, a cargo en ese entonces del Gran París), es el responsable de los grandes proyectos internacionales de la empresa pública moscovita. Leroy supervisó, entre otras cosas, la firma de un programa de cooperación entre Sobianin y el presidente de la Metrópolis del Gran París, Patrick Ollier, el 4 de julio de 2019. El acuerdo permitió que se posicionaran varias de las principales empresas francesas, como Électricité de France (EDF) y Suez. El MUF ofrece así una oportunidad única al gobierno municipal para promover los resultados de su política urbana ante los dirigentes e inversores internacionales.

Actualmente, Moscú está cubierta de eslóganes de un metro de alto con letras mayúsculas, que se encuentran en determinadas plazas del centro, y de logos coloridos y floreados. Se instalaron redes wi-fi por todas partes y la identidad visual de la municipalidad pasó a elaborarse en colaboración con la población, a través de aplicaciones disponibles para smartphones. En 2018, en el subterráneo, las pantallas transmitían el canal municipal Moskva 24, en el que, entre dos imágenes de hinchas brasileños haciendo jueguitos en la Plaza Roja durante el Mundial de Fútbol, se veía al alcalde inaugurando infraestructuras de todo tipo: parques, estaciones de subte, rutas, hospitales e incluso barrios enteros en las afueras de la ciudad. Porque construir ya no es suficiente; también hay que comunicarlo mediante la edificación de un relato metropolitano: el de una ciudad en movimiento, conectada a los grandes flujos mundiales.

Violencia y corrupción
Con esta gran dosis de comunicación, Sobianin pretende pasar la página de la era Yuri Luzhkov, alcalde de la capital entre 1992 y 2010, cuyo balance es duramente criticado en la actualidad. En la mente de los ciudadanos, su mandato quedó asociado a la explosión demográfica de la ciudad. En efecto, en la década de 1990, las empresas constructoras empezaron a obtener permisos de obra sin dificultad alguna. La densidad de la ciudad pasó de 8.280 habitantes por kilómetro cuadrado en 1989 a 10.681 en 2010, una cifra cercana a la de las grandes ciudades asiáticas. Atravesada por las vibraciones de los taladros, Moscú arrastraba también la mala imagen que se había forjado en la primera mitad de los años noventa, cuando la tasa de homicidio se cuadruplicó. Por otra parte, incluso después de que los grupos criminales hubieran cesado los tiroteos en medio de las calles, la ciudad se vio salpicada con regularidad por asuntos de corrupción.

El alcalde Luzhkov encarnaba en sí mismo el concepto de conflicto de intereses. Su mujer, Yelena Baturina, con quien se casó el día anterior en vísperas de su nombramiento como jefe de la alcaldía en 1991, se convirtió en la directora de Inteko, el gigante de la construcción. Baturina se hizo rica durante el mandato de su marido, al punto de convertirse en la primera mujer multimillonaria del país. Asimismo, juntos pusieron en marcha, en un estilo que mezclaba pastiche y modernismo, grandes proyectos relacionados con el patrimonio histórico, que apuntaban a desdibujar la marca del sovietismo por un retorno a los orígenes prerrevolucionarios. La reconstrucción entre 1995 y 2000 de la Catedral de Cristo Salvador, que había sido dinamitada en 1931 por el poder comunista, y la inauguración en 1997 de una estatua del emperador Pedro el Grande, erigido sobre un barco con obenques de bronce, reflejan el gusto dudoso de la época.

Pero uno de los aspectos más estructurantes de la (...)

Artículo completo: 3 569 palabras.

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Vladimir Pawlotsky

Doctorando en Geografía en el Instituto Francés de Geopolítica (Universidad de París VIII).

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