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La inasible estrategia del nuevo líder Keir Starmer

Purga laborista en el Reino Unido

“Debes pensar que soy muy ingenuo”, canta Edwyn Collins en la apertura del álbum favorito del líder laborista británico Keir Starmer, You Can’t Hide Your Love Forever. “Es cierto que sólo veo lo que quiero ver”. El año 2020, en el que Starmer no sólo logró alcanzar el liderazgo del Partido Laborista, sino también llevar a cabo una purga interna que no perdonó ni a sus propios partidarios, fue un caso de manual respecto de los beneficios de la falsa ingenuidad.

Las propuestas de Starmer durante su campaña de candidato a la dirección del partido parecían casi demasiado buenas para ser verdad: tras un trauma colectivo, cumplían con todas las demandas de las bases. La mayoría de los afiliados habían apoyado a Jeremy Corbyn y sufrido los numerosos vaivenes que marcaron su mandato, desde su breve derrota en las elecciones generales de junio de 2017 hasta la humillante debacle de diciembre de 2019, cuando fue objeto de una campaña conservadora divulgada en la prensa por tránsfugas del laborismo. A los miembros y militantes que sufrieron esa experiencia, Starmer aportaba una plataforma de “Diez Promesas”, que retomaba lo esencial del socialismo al estilo Corbyn: la renacionalización de los ferrocarriles y de los antiguos servicios públicos, un “New Green Deal”, la abolición de las tasas universitarias, el control de los alquileres y un ambicioso programa de viviendas sociales. Todo ello bajo el liderazgo de una personalidad más homogénea: ya no un antiimperialista convencido, sino una figura prominente de la buena sociedad, el fundador de un bufete de abogados especializados en defender los derechos humanos, ex fiscal general nombrado caballero por la Reina. Esta síntesis providencial parecía capaz de reunificar el partido y poner en marcha la máquina ganadora para las próximas elecciones.

Starmer no tuvo ninguna dificultad en superar a sus dos rivales, una de las cuales, Rebecca Long-Bailey, representaba el ala más a la izquierda del partido, y la otra, Lisa Nandy, su ala (cada vez más) a la derecha. En las elecciones internas de abril de 2020, cosechó cerca de la mitad de los votos que obtuviera su predecesor en las elecciones de 2015 y 2016. Pesos pesados corbynistas como Laura Parker, fundadora de Momentum, la corriente pro-Corbyn del laborismo, se habían unido a su candidatura. Pero nueve meses después, esta prometedora síntesis ya se ha desintegrado.

Promesas pendientes
La crisis resurgió, más grave que nunca. Haciendo propias las acusaciones de antisemitismo contra su predecesor, Starmer llegó hasta a prohibir que Corbyn ejerciera su mandato como diputado en el Parlamento; el secretario general del partido, David Evans, impide cualquier discusión sobre este desalojo en las células locales; y se desechó el programa que le permitió a la actual dirección acceder al poder. Las “diez Promesas” que anunciaban un nuevo amanecer para el laborismo han sido borradas de su página web.

Desde un principio era indudable que la estrategia de Starmer implicaba algo de oportunismo y manipulación. Por ejemplo, en un mitín en Liverpool, la ciudad más izquierdista del país, proclamó que durante la campaña no hablaría más con The Sun, el reaccionario tabloide del magnate Rupert Murdoch; una resolución que fue muy aplaudida por las bases, que boicoteaban a ese periódico desde su tendenciosa cobertura de la tragedia de Hillsborough en 1989 (1). Dicho esto, tan pronto como resultó electo se apresuró a concederle una entrevista.

En su primer video de campaña, difundido poco después de la estrepitosa derrota electoral de diciembre de 2019, Starmer era presentado como un heraldo de las luchas de los años 1980 y 1990 –período en el que gran parte de la envejecida izquierda del partido comenzó su carrera política–. Las movilizaciones en las que participó, como la huelga anti-Murdoch de las imprentas Wapping (1986), o la demanda de McDonald’s contra dos defensores de los derechos de los animales (en los años 1990), eran documentadas con borrosas imágenes de viejos archivos. Pero nada a partir de 2003. Ni una sola imagen, en particular, del período posterior a 2008, cuando Starmer se quitó la toga de abogado comprometido con la defensa de causas nobles para ponerse la prestigiosa vestimenta de director del Ministerio Público de Inglaterra y Gales (Director of Public Prosecutions). En este cargo, el hijo de la clase obrera –su padre era maquinista, su madre enfermera– brindaba plena satisfacción al orden dominante con sus posiciones a menudo duras y raramente progresistas. En cierto modo, los pocos meses que acaba de pasar al frente del laborismo reproducen, de forma acelerada, el proceso de mutación o adaptación realizado tras su nombramiento como fiscal, bajo la égida del primer ministro laborista Gordon Brown.

El escándalo
En 2015 fue elegido por primera vez miembro del Parlamento, en una circunscripción electoral londinense adepta al laborismo, y un año más tarde se convirtió en ministro del Brexit en el gabinete en las sombras del partido, donde muchos afiliados querían mantener al Reino Unido en Europa, pero muchos votantes se inclinaban en cambio por la salida, como lo demostraron las elecciones de 2019 (2). De hecho, en parte como resultado de su propia posición sobre el tema, los laboristas militaron en la votación por un segundo referéndum, una reivindicación tibia y torpe que no despertó el entusiasmo de los votantes y que Starmer se (...)

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Owen Hatherley

Autor de Red Metropolis: Socialism and the Government of London (Repeater Books, Londres, 2020).

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