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El Kremlim busca recuperar influencia

Rusia en África, ¿un regreso ilusorio?

Octubre de 2019. Cerca de cuarenta jefes de Estado deambulaban por los pasillos de la antigua villa olímpica de Sochi, la ciudad balnearia ubicada al borde del Mar Negro donde se habían realizado los Juegos de Invierno en 2014. Promovida por el presidente Vladimir Putin, la primera Cumbre ruso-africana finalizó con la proclamación de objetivos ambiciosos –el Kremlin apuntaba a duplicar los intercambios comerciales en cinco años– y con la promesa de una nueva cita, probablemente en Adís Abeba (Etiopía), sede de la Unión Africana, en 2022.

Esa gran misa diplomática fue percibida en Occidente como la concreción del regreso de Moscú al continente africano, la traducción de un interés renovado por la región que se inscribe en una estrategia global. Un análisis más atento revela que en realidad este proceso comenzó hace unos quince años. Desde entonces evolucionó notablemente, tanto por la geografía de los países implicados como por los vectores de influencia utilizados, sin que se defina sin embargo un acercamiento coherente a escala africana.

La topografía de la influencia de Moscú en África durante mucho tiempo estuvo ligada a los vaivenes de la descolonización y de la lucha anti apartheid. Aunque este continente ya estaba presente en las reflexiones de Lenin desde los inicios de la década de 1920, será recién tres décadas más tarde, en el contexto de la caída de los imperios franceses y británicos, que se convertirá en un tema de política exterior para el Kremlin. Tras su explosiva irrupción en la crisis de Suez, en octubre de 1956, la Unión Soviética aportó apoyo económico y militar masivo al Egipto del presidente Gamal Abdel Nasser, al tiempo que se vinculaba cada vez más activamente con diferentes movimientos de liberación nacional. La China maoísta, que denunciaba la tibieza revolucionaria de su antiguo hermano mayor soviético, corría a Moscú por izquierda. A partir de 1956, la URSS tejió lazos privilegiados con el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino. La base rusa de Perevalnoe, en Crimea, recibía combatientes anti apartheid del Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela, de la Unión del Pueblo Africano de Zimbabwe (ZAPU) o del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO).

Influencia blanda
Esa ayuda militar estaba acompañada por una política de influencia “blanda”, como por ejemplo la apertura en 1961, en Moscú, de la Universidad de la amistad de los pueblos Patrice Lumumba, que recibiría dos décadas más tarde unos 26.500 estudiantes provenientes de Asia, América Latina y África (1). Moscú también enviaba importantes contingentes diplomáticos a los países africanos, al igual que al resto del Tercer Mundo: los nuevos Estados independientes enviaban a Moscú dos o tres diplomáticos, la URSS les mandaba de a centenas. En Togo, en 1960, había un diplomático soviético cada 18.000 habitantes (2)...

Durante los años 1970-1980, el continente africano se transformó en un escenario significativo –aunque periférico– del enfrentamiento Este-Oeste. El Kremlin trató de mover sus peones en Somalia, luego en Etiopía, hasta que decidió apuntar hacia el África austral bajo el impulso del desmantelamiento del Imperio portugués y la aceleración de la lucha anti apartheid. El compromiso soviético se hizo especialmente fuerte en Angola, donde enviaron más de 10.000 militares en misión a partir de 1975; allí jugaron un papel decisivo –junto a las tropas cubanas– durante el invierno de 1988, en la batalla de Cuito Cuanavale, que despejó el camino para la independencia de Namibia y debilitó irremediablemente al régimen de Pretoria.

A pesar de todo, África fue la región del mundo en la que el retiro estratégico decidido hacia fines de los años 1980 por el último secretario general del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov, en nombre de la normalización de las relaciones con Occidente, fue más rápido y más visible. Sucedió tras la caída de la URSS. Para Boris Yeltsin y los dirigentes rusos de la época, África pasó a ser sinónimo de atraso económico y de aventuras geopolíticas vanas y ruinosas. Así, a partir de 1992, Rusia anunció el cierre de nueve embajadas, cuatro consulados, y trece de sus veinte centros culturales (3). Ante la falta de financiamiento y de interés por parte de las nuevas autoridades, la mayoría de las sedes de las agencias de prensa de la ex Unión Soviética –a menudo utilizadas como cobertura para los servicios de inteligencia exterior durante la Guerra Fría– cerraron sus puertas. En 1993, los intercambios comerciales con África no llegaban al 2% del comercio exterior del país. En unos pocos meses, Rusia prácticamente desapareció del paisaje africano y sacrificó así varias décadas de inversiones económicas y políticas. Paradójicamente, esta desaparición se dio cuando África “despegaba” y cuando varios actores internacionales comenzaban a implantarse allí. El retraso que debería recuperar Moscú a partir de los años 2000 terminaría siendo aun más importante. Los primeros signos del interés renovado por África se remontan al año 2001. El ex ministro de Relaciones Exteriores (1996-1998) y Presidente del gobierno (1998-1999) Yevgeni Primakov, nombrado por Putin en la dirección de la Cámara de Comercio e Industria de Rusia, realizó aquel año una gira por Angola, Namibia, Tanzania y Sudáfrica (4). Pasarían cinco años antes de que se produjera la primera incursión rusa de este siglo en el continente. En marzo de 2006, Putin visitó Argelia, y le propuso la condonación de su deuda –4.700 millones de dólares– a cambio de la firma de contratos de venta de armas por unos 6.000 millones de dólares. Para Moscú era una forma de movilizar sus contactos de la época de la Guerra Fría y convertir viejas afinidades ideológicas en flujos de negocios clásicos.

Acuerdos con Libia
Ese mismo tipo de acercamiento sería implementado luego en Libia, otro ex Estado-cliente de la URSS. Durante la primavera de 2008, unas pocas semanas antes de ceder su lugar en el Kremlin a Dimitri Medvedev, Putin se reunió con Muamar Gadafi. Moscú borró de un plumazo los 4.600 millones de dólares de una deuda contraída por Libia en la época de la Unión Soviética, y Trípoli se comprometió a comprar 3.000 millones dólares en equipos militares, sobre todo aviones de combate, tanques y sistemas antiaéreos. También concluyeron un acuerdo para la participación de los Ferrocarriles Rusos (RJD) en la construcción de una línea entre Sirte y Bengasi. La visita de Gadafi a Moscú en octubre de 2008 –la primera desde 1986– pondría en evidencia la dificultad del Kremlin para concretar esas negociaciones, ante la voluntad del dirigente libio de seguir regateando.

Esta primera fase del regreso a África de los rusos estuvo también marcada por importantes inversiones de grupos industriales privados. Rusal, el primer productor mundial de aluminio, se implantó en Guinea, otro país que había mantenido estrechas relaciones con el “campo socialista”. Con posterioridad a la visita de Putin a Pretoria en septiembre de 2006, dos grandes grupos metalúrgicos y mineros, Evraz y Renova –controlados respectivamente por los oligarcas Roman Abramovich y Viktor Vekselberg–, compraron Highveld Steel and Vanadium Ltd y asumieron el 49% de participación en el capital de la United Manganese of Kalahari. El fuerte componente minero de las inversiones rusas se confirmó en 2010 cuando ARMZ, filial de Rosatom, el gigante público de la energía nuclear, adquirió un gran yacimiento de uranio en Tanzania. Alrosa, el campeón nacional ruso de la producción de diamantes, invirtió por su parte en Angola y, un poco después, en Zimbabwe.

Giro en los juegos de poder
Hacia el fin del mandato de Medvedev (2008-2012), la política rusa en África comenzó a institucionalizarse. En marzo de 2011, el Presidente nombró un representante especial para la cooperación con África. Eligió a Mijaíl Marguelov, quien hablaba árabe y, en ese entonces, presidía la Comisión de Asuntos Internacionales del Consejo de la Federación, la cámara alta del Parlamento, y ocuparía esas funciones hasta octubre de 2014. En diciembre de 2011 organizó el primer foro de negocios ruso-africano y contribuyó a estructurar la política de Moscú en el continente.

En 2011 se produjo también el único entredicho público durante los cuatro años de extraña cohabitación entre el presidente ruso y su primer ministro, Putin. Este último le reprochó a Medvedev no haber utilizado su derecho a veto a propósito de la intervención militar occidental contra Gadafi –una decisión que le arrancó su homólogo francés Nicolás Sarkozy– y advirtió sobre la posibilidad de un cambio de régimen en Trípoli. Este episodio –poco conocido en Occidente– (...)

Artículo completo: 4 289 palabras.

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Arnaud Dubien

Director del Observatorio franco-ruso, Moscú.

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